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DISCURSO INAUGURAL DE LA
XC ASAMBLEA PLENARIA DE LA CEE
Mons. Ricardo Blázquez Pérez,
Presidente de la Conferencia Episcopal Española,
Obispo de Bilbao
19
de noviembre de 2007
1.- Beatificación de
498 mártires.
El día 28 de octubre fue
un día luminoso por fuera y por dentro; un sol radiante brillaba
en la plaza de San Pedro en Roma y un gozo grande llenaba el
corazón de los participantes. Fueron beatificados 498 mártires del
siglo XX en España; 2 Obispos (Ciudad Real y Cuenca), 24
sacerdotes diocesanos; 462 religiosos y religiosas, 1 diácono, 1
subdiácono, 1 seminarista y 7 laicos. Prácticamente todas las
diócesis estaban concernidas de cerca, o porque en ellas nacieron,
o porque en sus ámbitos desarrollaron su misión, o porque en ellas
dieron el supremo testimonio a nuestro Señor Jesucristo. En
consonancia con esta amplitud de lugares de origen, de ejercicio
de su vocación y de su amanecer a la vida eterna (el martirio era
celebrado en la Iglesia antigua como "dies natalis"), tomaron
parte en la celebración casi todos los Obispos de la Conferencia
Episcopal Española, mostrando así que la Iglesia local es la
"patria de todas las vocaciones".
El excelente libro,
publicado por EDICE y editado por la Directora de la Oficina para
las Causas de los Santos, Quiénes son y de dónde vienen. 498
mártires del siglo XX en España, con el estilo específico del
martirologio, nos informa suficientemente acerca de la trayectoria
de cada uno de los mártires, cuyos nombres ya están escritos en el
libro de la vida (cf. Apoc 3,5). Haciéndome eco de la Conferencia
Episcopal quiero expresar el agradecimiento a Dña. Mª Encarnación
González por el trabajo generoso, diligente y esforzado que
culminó en la beatificación del día 28. La fiesta litúrgica de los
nuevos beatos fue fijada por el Santo Padre Benedicto XVI para el
6 de noviembre en los lugares y modos establecidos por el
derecho.
Los historiadores
españoles y extranjeros han estudiado mucho y previsiblemente
continuarán estudiando lo que aconteció en España en el decenio de
los treinta; la bibliografía es abundantísima. Fue un periodo
agitado y doloroso de nuestra historia; la convivencia social se
rompió hasta tal punto que en guerra fratricida lucharon unos
contra otros. Con sus conclusiones los investigadores nos ayudan a
comprender hechos y datos, causas y consecuencias; sus
interpretaciones, debidamente contrastadas, nos acercan con la
mayor objetividad posible a la realidad muy compleja. Deseamos que
se haga plena luz sobre nuestro pasado: Qué ocurrió, cómo ocurrió,
por qué ocurrió, qué consecuencias trajo. Esta aproximación
abierta, objetiva y científica evita la pretensión de imponer a la
sociedad entera una determinada perspectiva en la comprensión de
la historia. La memoria colectiva no se puede fijar
selectivamente; es posible que sobre los mismos acontecimientos
existan apreciaciones diferentes, que se irán acercando si existe
el deseo auténtico de comprender la realidad.
Cada grupo humano
―una
sociedad concreta, la Iglesia católica en un espacio geográfico,
una congregación religiosa, un partido político, un sindicato, una
institución académica―
tienen derecho a rememorar su historia, a cultivar su memoria
colectiva, ya que de esta manera profundizan también en su
identidad. La Iglesia católica, por ejemplo, en el Concilio
Vaticano II buscó su reforma y renovación volviendo a las fuentes.
Este conocimiento que actualiza el pasado, además de ensanchar la
conciencia compartida por el grupo, puede sugerir actuaciones de
cara al futuro, ya que memoria y esperanza están íntimamente
unidas. Pero no es acertado volver al pasado para reabrir heridas,
atizar rencores y alimentar desavenencias. Miramos al pasado con
el deseo de purificar la memoria, de corregir posibles fallos, de
buscar la paz. Recordamos sin ira las etapas anteriores de nuestra
historia, sin ánimo de revancha, sino con la disponibilidad de
afirmar lo propio y de fomentar al mismo tiempo el respeto a lo
diferente, ya que nadie tiene derecho a sofocar los legítimos
sentimientos de otro ni a imponerle los propios. La búsqueda de la
convivencia en la verdad, la justicia y la libertad debe guiar el
ejercicio de la memoria. Con las siguientes palabras expresó lo
que venimos diciendo Mons. Antonio Montero, Arzobispo emérito de
Mérida-Badajoz, en su extraordinaria obra presentada en su momento
como tesis doctoral en la Universidad Pontificia de Salamanca:
"Que los hechos se conozcan bien, pero desprovistos en todo lo
posible de cualquier fermento pasional" (Historia de la
persecución religiosa en España 1936-1939, Madrid 1961, p.
VIII). Y alguien, que perdió a sus padres profundamente católicos
en aquella persecución, ha afirmado en manifestaciones recientes:
"Un cristiano no puede dejarse llevar del odio, aunque sea en
nombre de la justicia".
Al recordar la historia
nos encontraremos seguramente con hechos que marcaron el tiempo y
con personas relevantes. En muchas ocasiones tendremos motivos
para dar gracias a Dios por lo que se hizo y por las personas que
actuaron; y probablemente en otros momentos, ante actuaciones
concretas, sin erigirnos orgullosamente en jueces de los demás,
debemos pedir perdón y reorientarnos, ya que la "purificación de
la memoria", a que nos invitó Juan Pablo II, implica tanto el
reconocimiento de las limitaciones y de los pecados como el cambio
de actitud y el propósito de la enmienda. No es casual
coincidencia que entre las celebraciones del Año Jubilar
adquirieran un sentido peculiar tanto la conmemoración de los
testigos de la fe del siglo XX, en el marco incomparable del
Coliseo de Roma, como la impresionante celebración del perdón el
primer domingo de Cuaresma en la basílica de San Pedro, en que el
Papa, abrazado a la cruz del Señor, pidió perdón por los pecados
de los hijos de la Iglesia. Ya antes, en la Carta apostólica
Tertio Millenio Adveniente nn. (33-37), en el umbral del
tercer milenio, exhortó a que la Iglesia se preparara para
reconocer las "formas de antitestimonio y de escándalo" por
haberse alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, y al
mismo tiempo declaró que era preciso que las Iglesias locales no
perdieran "el recuerdo de quienes han sufrido el martirio"; máxime
teniendo presente que, en el siglo pasado, la Iglesia ha sido de
nuevo Iglesia de mártires. Los que nos han precedido como
cristianos en la Iglesia pueden haber sido testigos luminosos del
Evangelio, y en otras ocasiones pueden haber realizado lo que el
Evangelio desaprueba. Todos nosotros, conscientes de nuestra
fragilidad, debemos pedir diariamente a Dios Padre que nos libre
de caer en la tentación.
La Conferencia Episcopal
Española, sintonizando con el espíritu de Juan Pablo II, hizo
público poco antes de cruzar el umbral del año 2000 un documento
titulado La fidelidad de Dios dura siempre. Mirada de fe al
siglo XX (20 de noviembre de 1999), en que se unían pasado,
presente y futuro como en el canto del Magníficat de la Virgen
María. Acción de gracias por los dones recibidos, reconocimiento
de nuestros pecados y petición de perdón, y confianza en las
promesas de Dios. De aquel documento son las siguientes palabras
que pertenecen a la segunda parte: "También España se vio
arrastrada a la guerra civil más destructiva de su historia. No
queremos señalar culpas de nadie en esta trágica ruptura de la
convivencia entre los españoles. Deseamos más bien pedir el perdón
de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el
Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes
trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros
derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre
injustificables, y en el caso de muchos hermanos y hermanas como
ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la
reconciliación y la paz. Que esta petición de perdón nos obtenga
del Dios de la paz la luz y la fuerza necesarias para saber
rechazar siempre la violencia y la muerte como medio de resolución
de las diferencias políticas y sociales" (n. 14). Debemos estudiar
la historia para conocerla siempre mejor; y una vez leídas sus
páginas, aprendamos sus principales lecciones: La convivencia de
todos en las diversidades legítimas, la afirmación de la propia
identidad de manera no agresiva sino respetuosa de otras, la
colaboración entre todos los ciudadanos para construir la casa
común sobre los cimientos de la justicia, de la libertad y de la
paz. Recordamos la historia no para enfrentarnos sino para recibir
de ella o la corrección por lo que hicimos mal o el ánimo para
proseguir en la senda acertada.
La palabra mártir tiene
varias acepciones en el Diccionario de la Real Academia Española
de la Lengua. De las diferentes acepciones recuerdo ahora dos: 1)
"Persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de
la religión cristiana", y 2) "Persona que muere o padece mucho en
defensa de otras creencias, convicciones y causas". Aunque
nosotros nos referimos a los mártires cristianos, mostramos
nuestro respeto a las personas que han mantenido sus convicciones
y han servido a sus causas hasta afrontar las últimas
consecuencias. La beatificación de los mártires por la autoridad
apostólica de la Iglesia no supone desconocimiento ni
minusvaloración del comportamiento moral de otras personas,
sostenido con sacrificios y radicalidad. Ante toda persona que
lucha honradamente por la libertad de los oprimidos, por la
defensa de los pobres y por la solidaridad entre todos los hombres
inclinamos nuestra cabeza, remitiendo a Dios el juicio último de
su vida y de la nuestra.
Los mártires cristianos
―también
los 498 beatificados el día 28 de octubre―
certifican con su muerte la importancia de la fe en Dios. Esta fe
los orientó mientras vivían y, en sublime lección, afrontaron la
muerte poniendo en manos de Dios su existencia entera, confiados
en su amor y en su fidelidad. A la hora de la verdad, el poder de
la fe fue para ellos lo decisivo. Con la luz y la fuerza de la fe
pusieron en juego lo más personal y básico, es decir, la misma
vida. Podemos decir con palabras de J. Ortega y Gasset
pronunciadas en un contexto distinto: Los incitó a morir lo que
los había excitado a vivir. Los mártires, situados ante la
alternativa, no deseada ni provocada por ellos, de renegar de la
fe en Dios y así salvar la vida, o de mantenerse adheridos al
Señor y así perderla, prefirieron en un gesto admirable entregar
la vida temporal, confiando que de su amor omnipotente recibirían
la Vida eterna. En ellos se cumplieron literalmente las palabras
de Jesús: "Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la
salvará" (Mc 8,35). Comparadas con esa alternativa sobre la vida o
la muerte, otras opciones de carácter cultural, político,
ideológico, o social quedan en un nivel muy distinto. La fe en
Dios, la confianza en la verdad del Evangelio, la esperanza en la
Vida eterna, ejercieron sobre los mártires un poder que nos
sobrecoge. El martirio es como un test que comprueba
inequívocamente la calidad de un cristiano. La estatura espiritual
y moral de los hombres alcanza en los mártires la talla suprema.
Los mártires,
consiguientemente, nos interrogan acerca de la valentía y de la
humildad de nuestra fe; y, por lo mismo, denuncian sin palabras
los acomodos y componendas a que podemos someter la altísima
relevancia de la fe. Benedicto XVI dijo el domingo 28 después de
rezar el "ángelus": "Damos gracias a Dios por el gran don de estos
testigos heroicos de la fe que, movidos exclusivamente por su amor
a Cristo, pagaron con su sangre su fidelidad a Él y a la Iglesia.
Con su testimonio iluminan nuestro camino espiritual hacia la
santidad, y nos alientan a entregar nuestras vidas como ofrenda de
amor a Dios y a los hermanos".
Los mártires proclaman
con su sangre convertida en elocuente palabra: Podéis arrancarnos
la vida, pero no la fe en Dios que nos ama; el poder de la Verdad,
ejercido suavemente sobre nuestra conciencia, pone un límite
infranqueable que nos fortalece para no ceder ni a halagos ni a
amenazas. Porque el alma sólo es de Dios, hay una zona en el
centro de la personalidad del hombre donde únicamente Dios es el
Señor; el hombre tiene las llaves de la puerta de su corazón que
sólo libremente abre a Dios (cf. Apoc 3,20); los mártires tienen
una zona reservada al amor a Dios y donde brilla la dignidad del
hombre creado a su imagen y semejanza, que no pueden forzar ni la
crueldad de los tormentos ni el temor a la muerte.
Me permito citar unas
palabras muy atinadas, que unen teología, mística y poesía, de un
eminente teólogo de nuestra Iglesia: "Esta divina palabra
―Dios―
no la podemos olvidar, ni asegurar como propiedad, ni usar como
moneda de cambio para los gastos diarios. Tampoco podemos
callarla, ni dejarla en vacío o arrojarla contra el prójimo.
Tenemos que devolverle su peso y su luz, su lumbre y su gracia.
Porque ella sigue siendo santa y santificadora, a pesar de haber
sido manchada y ensangrentada por los hombres. Ha habitado en
tantos corazones justos, ha suscitado tanto amor y esperanza,
tanta paz y justicia, que al proferirla vienen a nosotros como
olas bienhechoras toda la verdad, la compasión, todas las flores y
frutos que han brotado en su seno" (O. González de Cardedal,
Dios, Salamanca 2004, p. 9). Los mártires, siguiendo a Jesús,
que dio un bello testimonio con su confesión ante Poncio Pilato
(cf. 1 Tim 6,13), profesaron admirablemente la fe en Dios; en su
corazón Dios se convirtió en fuente de amor, de valor, de
serenidad, de esperanza y de perdón. Los mártires, que desde el
principio de la historia de la Iglesia suscitaron la admiración no
sólo de los hermanos cristianos sino también de los paganos,
riegan y vivifican el árbol de la Iglesia. Con fórmula concisa
expresó Tertuliano esta misteriosa fecundidad: La sangre de los
mártires es como una semilla, la sangre de los mártires es semilla
de cristianos.
Cuando el autor de la
Carta a los Hebreos establece el contraste entre la antigua
alianza sellada por Dios con Israel junto al monte Sinaí y la
nueva alianza sellada con la humanidad, pondera entre otros
elementos la excelencia de la sangre de Jesucristo, Mediador de la
nueva y eterna alianza, sobre la sangre de Abel. La pasión de
Jesús ha otorgado a sus palabras y a la Escritura entera su
significación definitiva y salvífica. A diferencia de la sangre de
Abel, que clamaba desde el suelo hasta Dios pidiendo venganza (cf.
Gén 4,10), la sangre de Jesús habla mejor que la de Abel" (Heb
12,24): La voz que viene del cielo es en adelante la de la sangre
de Jesús, que ofrece perdón (cf. A. Vanhoye, Sacerdotes
antiguos, sacerdote nuevo, Salamanca 1984, pp. 215-216).
Porque Jesús el Maestro murió perdonando (cf. Lc 23,34), lo
imitaron desde el principio (cf. Act 7,60), y fueron sus
discípulos invitados a bendecir a los perseguidores (cf. Rom
12,14). Como Dios estaba en Cristo perdonando a la humanidad, puso
en boca del Apóstol "la palabra de la reconciliación" (cf. 2 Cor
5,19). Llama la atención que el ofrecimiento del perdón a los
perseguidores haya sido una constante, a veces con expresiones
bellísimas, de nuestros mártires.
Los mártires, habiendo
sido perdonados y queridos por Dios, ofrecen también el perdón. No
denuncian ni señalan a nadie, no guardan rencor en su corazón;
siguiendo a Jesús, su sangre pronuncia también una palabra de
perdón. Esta reacción de los mártires es de una generosidad
humanamente incomprensible; sólo puede explicarse porque el
Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesucristo, alienta en su
corazón. Apoyados en la conducta de los mártires, que murieron
perdonando, se afirmó reiteradamente en la beatificación y en su
entorno anterior y posterior este mensaje: La beatificación de los
mártires no va contra nadie, a nadie se echa en cara su muerte, a
nadie se acusa, a nadie se pide cuentas. He aquí algunas
expresiones autorizadas de la coherencia que debe existir entre la
conducta de los mártires y la nuestra: "Con sus palabras y gestos
de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar
incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la
convivencia pacífica" (Benedicto XVI). "Su muerte constituye para
todos un importante acicate que nos estimula a superar divisiones,
a revitalizar nuestro compromiso eclesial y social, buscando
siempre el bien común, la concordia y la paz" (Card. T. Bertone).
"Los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para
que todos fomentemos el espíritu de reconciliación" (Mensaje de la
Conferencia Episcopal Española del día 26 de abril de 2007). Su
muerte es una siembra de paz y de reconciliación generosa entre
todos. Hacemos memoria de un capítulo de la historia de nuestra
Iglesia, muy doloroso en su tiempo y hoy hondamente gozoso, que
nos invita a asimilar la magnífica lección de fe en Dios y de
misericordia que nos dejaron los mártires. ¡Que su ejemplo e
intercesión nos fortalezcan en la transmisión de la fe, en la
comunión eclesial, en la colaboración al bien común de la sociedad
y en los trabajos por la paz!
Los mártires nos enseñan
a mantener la fidelidad a Dios, el amor a Jesucristo y el servicio
a los hombres, no sólo en el último trance y en las situaciones
cruciales de la vida, sino también en la existencia cotidiana.
Frente al desgaste por el paso del tiempo y contra la amenaza de
la rutina, la entereza de los mártires nos invita a superar la
mediocridad. La fidelidad sacrificada y constante tiene que ver
también con lo heroico. ¡Que el discurrir ordinario y a veces
monótono de la vida no trivialice el amor sino lo acrisole!
Los mártires reflejan la
vitalidad de nuestras diócesis y congregaciones religiosas en las
que o bien nacieron y crecieron en la fe, cumplieron su misión o
rindieron el supremo testimonio de amor a nuestro Señor
Jesucristo. En la hora de la prueba definitiva sorprende el vigor
de su fe. Estos mártires son nuestros y dignifican a nuestras
familias y comunidades cristianas, pero no son patrimonio
exclusivo de nuestras Iglesias locales, ya que pertenecen a
Jesucristo y por ello a la Iglesia universal. Más aún, tienen
mucho que decir a nuestra sociedad y a toda la humanidad, ya que
su grandeza moral levanta la calidad del mundo; su forma de morir
nos dice que merece la pena buscar la fuente de donde mana
semejante generosidad y entrega.
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