|
Beatificación de 498 mártires
del siglo XX en España
(28 de
octubre de 2007)

Homilía pronunciada
por el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación
para las Causas de los Santos, en la misa de beatificación (28
octubre 2007)
Eminentísimos
señores cardenales,
Excelentísimos señores obispos y hermanos en el sacerdocio,
Respetables autoridades,
Hermanas y hermanos en Cristo:
1. Por encargo y delegación del Papa Benedicto XVI, he tenido la
dicha de hacer público el documento mediante el cual el Santo
Padre proclama beatos a cuatrocientos noventa y ocho mártires que
derramaron su sangre por la fe durante la persecución religiosa en
España, en los años mil novecientos treinta y cuatro, treinta y
seis y treinta y siete. Entre ellos hay obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas y fieles laicos, mujeres y hombres; tres de
ellos tenían dieciséis años y el mayor setenta y ocho.
Este grupo tan numeroso de beatos manifestaron hasta el martirio
su amor a Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia Católica y su
intercesión ante Dios por todo el mundo. Antes de morir perdonaron
a quienes les perseguían --es más, rezaron por ellos--, como
consta en los procesos de beatificación instruidos en las
archidiócesis de Barcelona, Burgos, Madrid, Mérida-Badajoz, Oviedo,
Sevilla y Toledo; y en la diócesis de Albacete, Ciudad Real,
Cuenca, Gerona, Jaén, Málaga y Santander.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: «El martirio es el
supremo testimonio de la verdad de la fe” (a 2473). En efecto,
seguir a Jesús, significa seguirlo también en el dolor y aceptar
las persecuciones por amor del Evangelio (cf. Mt
24,9-14;Mc.13,9-13; Lc 21,12-19): «Y seréis odiados de todos por
causa de mi nombre” (Mc 13,13; cf. Jn 15,21). Cristo nos había
anticipado que nuestras vidas estarían vinculadas a su destino.
2. El logotipo de esta beatificación, de una importancia notable
por el gran número de nuevos beatos, tiene como elemento central
una cruz de color rojo, símbolo del amor llevado hasta derramar la
sangre por Cristo. Acompaña a la cruz una palma estilizada, que
intencionalmente se asemeja a unas lenguas de fuego, en la que
vemos representada la victoria alcanzada por los mártires con su
fe que vence al mundo (cfr. 1 Jn 1, 4), así como también el fuego
del Espíritu Santo que se posa sobre los Apóstoles el día de
Pentecostés, y asimismo la zarza que arde y no se consume con una
llama, en la que Dios se presenta a Moisés en el relato del Éxodo
y es expresión de su mismo ser: el Amor que se da y nunca se
extingue.
Estos símbolos están enmarcados por una leyenda circular, que
recuerda un mapa del mundo: «Beatificación mártires de España».
Dice «mártires de España» y no «mártires españoles», porque España
es el lugar donde fueron martirizados, y es también la Patria de
gran parte de ellos, pero hay también quienes provenían de otras
naciones, concretamente de Francia, México y Cuba. En cualquier
caso, los mártires no son patrimonio exclusivo de una diócesis o
nación, sino que, por su especial participación en la Cruz de
Cristo, Redentor del universo, pertenecen al mundo entero, a la
Iglesia universal.
Se ha elegido como lema para esta beatificación unas palabras del
Señor recogidas en el Evangelio de San Mateo: «Vosotros sois la
luz del mundo» (Mt 5,14). Como declara el Concilio Vaticano II al
comienzo de su Constitución sobre la Iglesia, Jesucristo es la luz
de las gentes [1]; esa luz se refleja a lo largo de los siglos en
el rostro de la Iglesia y hoy, de manera especial, resplandece en
los mártires cuya memoria estamos celebrando. Jesucristo es la luz
del mundo (Jn 1, 5-9), que alumbra nuestras inteligencias para
que, conociendo la verdad, vivamos de acuerdo con nuestra dignidad
de personas humanas y de hijos de Dios y seamos también nosotros
luz del mundo que alumbra a todos los hombres con el testimonio de
una vida vivida en plena coherencia con la fe que profesamos.
3. «He combatido bien mi batalla, he corrido hasta la meta, he
mantenido la fe» (2 Tim 4, 7). Así escribe San Pablo, ya al final
de su vida, en el texto de la segunda lectura de este domingo. Con
su muerte, estos mártires hicieron realidad las mismas
convicciones de San Pablo.
Los mártires no consiguieron la gloria sólo para sí mismos. Su
sangre, que empapó la tierra, fue riego que produjo fecundidad y
abundancia de frutos. Así lo expresaba, invitándonos a conservar
la memoria de los mártires, el Santo Padre Juan Pablo II en uno de
sus discursos: «Si se perdiera la memoria de los cristianos que
han entregado su vida por confesar la fe, el tiempo presente, con
sus proyectos y sus ideales, perdería una de sus características
más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos
dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito
en la historia» [2].
No podemos contentarnos con celebrar la memoria de los mártires,
admirar su ejemplo y seguir adelante en nuestra vida con paso
cansino. ¿Qué mensaje transmiten los mártires a cada uno de
nosotros aquí presentes?
Vivimos en una época en la cual la verdadera identidad de los
cristianos está constantemente amenazada y esto significa que
ellos o son mártires, es decir, adhieren a su fe bautismal en modo
coherente, o tienen que adaptarse.
Ya que la vida cristiana es una confesión personal cotidiana de la
fe en el Hijo de Dios hecho hombre esta coherencia puede llegar en
algunos casos hasta la efusión de la sangre.
Pero como la vida de un solo cristiano donada en defensa de la fe
tiene el efecto de fortalecer toda la Iglesia, el hecho de
proponer el ejemplo de los mártires significa recordar que la
santidad no consiste solamente en la reafirmación de valores
comunes para todos sino en la adhesión personal a Cristo Salvador
del cosmos y de la historia. El martirio es un paradigma de esta
verdad desde el acontecimiento de Pentecostés.
La confesión personal de la fe nos lleva a descubrir el fuerte
vínculo entre la conciencia y el martirio.
«El sentido profundo del testimonio de los mártires», según
escribía el cardenal Ratzinger, está en que «ellos testimonian la
capacidad de la verdad sobre el hombre como límite de todo poder y
garantía de su semejanza con Dios. Es en este sentido que los
mártires son los grandes testimonios de la conciencia, de la
capacidad otorgada al hombre de percibir, más allá del poder,
también el deber y por lo tanto abrir el camino hacia el verdadero
progreso, hacia la verdadera elevación humana» (J. Ratzinger,
«Elogio della coscienza», Roma, «Il Sabato» 16 de marzo de 1991,
p. 89).
4. Los mártires se comportaron como buenos cristianos y, llegado
el momento, no dudaron en ofrendar su vida de una vez, con el
grito de «¡Viva Cristo Rey!» en los labios. A los hombres y a las
mujeres de hoy nos dicen en voz muy alta que todos estamos
llamados a la santidad, todos, sin excepción, como ha declarado
solemnemente el Concilio Vaticano II al dedicar un capítulo de su
documento más importante --la Constitución «Lumen gentium», sobre
la Iglesia-- a la «llamada universal a la santidad». ¡Dios nos ha
creado y redimido para que seamos santos! No podemos contentarnos
con un cristianismo vivido tibiamente.
La vida cristiana no se reduce a unos actos de piedad individuales
y aislados, sino que ha de abarcar cada instante de nuestros días
sobre la tierra. Jesucristo ha de estar presente en el
cumplimiento fiel de los deberes de nuestra vida ordinaria,
entretejida de destalles aparentemente pequeños y sin importancia,
pero que adquieren relieve y grandeza sobrenatural cuando están
realizados con amor de Dios. Los mártires alcanzaron la cima de su
heroísmo en la batalla en la que dieron su vida por Jesucristo. El
heroísmo al que Dios nos llama se esconde en las mil escaramuzas
de nuestra vida de cada día. Hemos de estar persuadidos de que
nuestra santidad --esa santidad, no lo dudemos, a la que Dios nos
llama-- consiste en alcanzar lo que Juan Pablo II ha llamado el «nivel
alto de la vida cristiana ordinaria» [3].
El mensaje de los mártires es un mensaje de fe y de amor. Debemos
examinarnos con valentía, y hacer propósitos concretos, para
descubrir si esa fe y ese amor se manifiestan heroicamente en
nuestra vida.
Heroísmo también de la fe y del amor en nuestra actuación como
personas insertas en la historia, como levadura que provoca el
fermento justo. La fe, nos dice Benedicto XVI, contribuye a
purificar la razón, para que llegue a percibir la verdad [4]. Por
eso, ser cristianos coherentes nos impone no inhibirnos ante el
deber de contribuir al bien común y moldear la sociedad siempre
según justicia, defendiendo --en un diálogo informado por la
caridad-- nuestras convicciones sobre la dignidad de la persona,
sobre la vida desde la concepción hasta la muerte natural, sobre
la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre
un hombre y una mujer, sobre el derecho y deber primario de los
padres en lo que se refiere a la educación de los hijos y sobre
tantas otras cuestiones que surgen en la experiencia diaria de la
sociedad en que vivimos.
Concluimos, unidos al Papa Benedicto XVI y a la Iglesia universal,
que vive en los cinco Continentes, invocando la intercesión de los
mártires beatificados hoy y acudiendo confiadamente a Nuestra
Señora Reina de los mártires para que inflamados por un vivo deseo
de santidad sigamos su ejemplo.
__________________________________
[1] Concilio Vaticano II, Const. «Lumen gentium»,
n. 1.
[2] Juan Pablo II, «Mensaje a la VIII Sesión Pública de las
Academias Pontificias», 2003, n. 6.
[3] Juan Pablo II, Carta
Apostólica «Nuovo Millennio ineunte», 6-1-2001, n. 31. 4
[4] Benedicto XVI, encíclica «Deus
caritas est», nn. 28-29.
Homilía pronunciada
en la basílica de San Pedro del Vaticano por el cardenal Bertone
en la misa de acción de gracias por los 498 nuevos beatos con la
participación de unos 8.000 peregrinos (29 octubre 2007)
Queridos Hermanos en el
Episcopado,
Amados sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:
La Beatificación de cuatrocientos noventa y ocho mártires de
España, que celebramos ayer, ha sido una ocasión para constatar
una vez más cómo la cadena de cristianos que han sido atraídos por
el ejemplo de Jesús y sostenidos por su amor no se ha interrumpido
desde los comienzos de la predicación apostólica.
Ahora estamos reunidos para elevar una ferviente acción de gracias
al Señor por este acontecimiento eclesial. Queremos acogernos a la
intercesión de estos hermanos nuestros, cuya vida se ha convertido
para nosotros, y para el pueblo de Dios que peregrina en España y
en otros países, en un potente foco de luz y en una apremiante
invitación a vivir el Evangelio radicalmente y con sencillez,
dando testimonio público y valiente de la fe que profesamos.
Todo martirio tiene lugar ciertamente en circunstancias históricas
trágicas que, asumiendo a veces la forma de persecución, llevan a
una muerte violenta por causa de la fe. Pero, en medio de ese
drama, el mártir sabe trascender el momento histórico concreto y
contemplar a sus semejantes desde el corazón de Dios. Gracias a
esa luz que le viene de lo alto, y en virtud de la sangre del
Cordero (cf. Ap 12,11), el mártir antepone la confesión de la fe a
su propia vida, contrarrestando así la agresión con la plegaria y
con la entrega heroica de sí mismo. Amando a sus enemigos y
rogando por los que lo persiguen (cf. Mt 5,44), el mártir hace
visible el misterio de la fe recibida y se convierte en un gran
signo de esperanza, anunciando con su testimonio la redención para
todos. Al unir su sangre a la de Cristo sacrificado en la cruz, la
inmolación del mártir se transforma en ofrenda ante el trono de
Dios, implorando clemencia y misericordia para sus perseguidores.
Como nos enseña el Papa Juan Pablo II, «ellos han sabido vivir el
Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución... hasta el
testimonio supremo de la sangre... Ellos muestran la vitalidad de
la Iglesia... Más radicalmente aún, demuestran que el martirio es
la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza» (Ecclesia in
Europa, 13).
De esta forma, el martirio es para la Iglesia un signo elocuente
de cómo su vitalidad no depende de meros proyectos o cálculos
humanos, sino que brota más bien de la total adhesión a Cristo y a
su mensaje salvador. Bien sabían esto los mártires, cuando
buscaron su fuerza no en el afán de protagonismo, sino en el amor
absoluto a Jesucristo, a costa incluso de la propia vida.
Para comprender mejor el verdadero sentido cristiano del martirio
debemos, pues, dejar que hablen los propios mártires. Ellos, con
su ejemplo, nos han confiado un testamento que a veces no nos
atrevemos a abrir. En cambio, si les prestamos atención, sus vidas
nos hablarán sin duda de fe, de fortaleza, de generosa valentía y
de ardiente caridad, frente a una cultura que trata de apartar o
menospreciar los valores morales y humanos que nos enseña el
propio Evangelio.
De todos es conocido que el siglo XX dio a la Iglesia en España
grandes frutos de vida cristiana: la fundación de congregaciones e
institutos religiosos dedicados a la enseñanza, a la asistencia
hospitalaria y a los más pobres y a diversas obras culturales y
sociales. Destacan también grandes ejemplos de santidad, así como
un elevado número de mártires obispos, sacerdotes, seminaristas,
religiosos, religiosas y fieles laicos.
Estos mártires no han sido propuestos al pueblo de Dios por su
implicación política, ni por luchar contra nadie, sino por ofrecer
sus vidas como testimonio de amor a Cristo y con la plena
conciencia de sentirse miembros de la Iglesia. Por eso, en el
momento de la muerte, todos coincidían en dirigirse a quienes les
mataban con palabras de perdón y de misericordia. Así, entre
tantos ejemplos parecidos, resulta conmovedor escuchar las
palabras que uno de los religiosos Franciscanos de la Comunidad de
Consuegra dirigía a sus hermanos: «Hermanos, elevad vuestros ojos
al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de breves
momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que
os van a dar muerte».
Por eso, estos nuevos Beatos han enriquecido a la Iglesia de
España con su sacrificio, siendo hoy para nosotros testimonio de
fe, de esperanza firme contra todo temor y de un amor hasta el
extremo (cf. Jn 13,1). Su muerte constituye para todos un
importante acicate que nos estimula a superar divisiones, a
revitalizar nuestro compromiso eclesial y social, buscando siempre
el bien común, la concordia y la paz.
Estos queridos hermanos y hermanas nuestros, entre los cuales se
encontraban también dos franceses, dos mexicanos y un cubano,
precisamente por su amor a la vida entregaron la suya a Cristo.
Vivieron una vida ejemplar, dedicados plenamente a sus diferentes
apostolados, convencidos de la opción religiosa que habían hecho o
del cumplimiento de sus deberes familiares. Estos testigos
humildes y decididos del Evangelio son luminarias que orientan
nuestra peregrinación terrena. Al venerar hoy a todos ellos que,
como nos enseña el libro del Apocalipsis, «vienen de la gran
tribulación» (ibíd., 7,14), suplicamos al Señor que nos conceda su
fe intrépida, su firme esperanza y su profunda caridad.
Queridos hermanos y hermanas, nos encontramos en Roma, donde en
los comienzos de la Iglesia un sinfín de mártires confesaron su fe
en Cristo hasta derramar su sangre. Tanto aquellos cristianos de
la primera hora, como los que ayer han sido beatificados, no sólo
han de suscitar en nosotros un mero sentimiento de admiración.
Ellos no son simples héroes o personajes de una época lejana. Su
palabra y sus gestos nos hablan a nosotros y nos impulsan a
configurarnos cada vez más plenamente con Cristo, encontrando en
Él la fuente de la que brota la auténtica comunión eclesial, para
dar en la sociedad actual un testimonio coherente de nuestro amor
y entrega a Dios y a nuestros hermanos.
Ellos nos ayudan con su ejemplo y su intercesión para que, en la
hora presente, no nos dejemos vencer por el desaliento o la
confusión, evitando la inercia o el lamento estéril. Porque éste
es también, como lo fue el suyo, un tiempo de gracia, una ocasión
propicia para compartir con los demás el gozo de ser discípulos de
Cristo.
Con su vida y el testimonio de su muerte nos enseñan que la
auténtica felicidad se halla en escuchar al Señor y en poner en
práctica su Palabra (cf. Lc 11,28). Por eso el servicio más
precioso que podemos prestar hoy a nuestros hermanos es ayudarles
a encontrarse con Cristo, que es «el Camino, la Verdad y la Vida»
(cf. Jn 14,6), el único que puede saciar las más nobles
aspiraciones humanas.
Dios quiera que esta Beatificación suscite en España una fuerte
llamada a reavivar la fe cristiana e intensificar la comunión
eclesial, pidiendo al Señor que la sangre de estos mártires sea
semilla fecunda de numerosas y santas vocaciones al sacerdocio y a
la vida consagrada, así como una constante invitación a las
familias, fundadas en el sacramento del Matrimonio, a que sean
para sus hijos ejemplo y escuela del verdadero amor y «santuario»
del gran don de la vida.
Finalmente, pidamos también al Señor que el ejemplo de santidad de
los nuevos mártires alcance para la Iglesia en España y en las
otras Naciones de las cuales algunos de ellos eran originarios,
muchos frutos de auténtica vida cristiana: un amor que venza la
tibieza, una ilusión que estimule la esperanza, un respeto que dé
acogida a la verdad y una generosidad que abra el corazón a las
necesidades de los más pobres del mundo.
Que la Virgen María, Reina de los Mártires, nos obtenga de su
divino Hijo esta gracia que ahora, con total confianza, ponemos en
sus manos de Madre. Amén.
|