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Los mártires del Coll nos
enseñan a pasar de perdonar a pedir perdón

(Peregrinación de la
Delegación de la Península Ibérica al Santuario del Coll: 1 mayo
2007)
I.- El
perdón a los enemigos
En la presentación que hicimos el año
pasado, durante la semana de Artajona 2006, concluíamos nuestras
reflexiones sobre el mensaje que nos dejaron nuestros mártires con
el recuerdo del P. Miquel Pons, caído en ademán de perdonar.
Recogíamos este mensaje, que ha de ser una profecía en medio de
nuestro mundo envenenado y desangrado por las guerras y los
terrorismos diarios.
Es un mensaje que nos legó el primer
mártir, Jesús, seguido por el protomártir cristiano, San Esteban.
Por esto, la historia del martirio
cristiano está radical e indisolublemente vinculada al perdón.
En el último quinquenio de la vida de
San Agustín, éste predicó diversas veces sobre el martirio de San
Esteban cuyas reliquias se habían encontrado, hacia el año 416.
Una parte de las mismas llegaron a África, mediante el presbítero
hispano Orosio. Algunas las piezas oratorias de San Agustín han
llegado hasta nosotros, y se pueden leer con facilidad.
El lema o título que les ha asignado el editor suele ser éste: "El
amor a los enemigos", y no suele faltar el comentario a Hechos
7,58-59: "Recibe mi espíritu. No les imputes este pecado".
En el sermón 315,2 el obispo de Hipona
recalca la semejanza que existió entre la pasión de Esteban y la
"de su Señor y Salvador".
Sus reflexiones son agudas e instructivas. Según el libro de los
Hechos, sabemos "cómo fueron elegidos y ordenados por los
apóstoles los siete diáconos, entre los cuales estaba San Esteban.
Los primeros fueron los apóstoles, siguiéndoles los diáconos; pero
los diáconos contaron con un mártir de entre sus filas antes que
los apóstoles; la primera víctima fue tomada de entre los
corderos, no de entre los carneros".
Comparaciones atrevidas, pero llenas de sentido.
Agustín nos transmite una enseñanza
profunda, que relativiza la situación eclesiástica de las
personas, mientras absolutiza el testimonio de amor. Lo más
importante no es ser apóstol, sino dar la vida por Cristo.
El obispo sigue comparando el martirio
de Cristo y el de Esteban. El primero quiso callar y el segundo
prefirió hablar. ¿Por qué? Porque Jesús debía cumplir la profecía,
según la cual sería llevado al suplicio como una oveja (Is 53,71);
Esteban, en cambio, daba cumplimiento al mandato de Jesús: "Lo que
yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz" (Mt 10,27).
Amparados por esta libertad exegética
del hiponense, nosotros meditamos como el silencio de nuestros
mártires y su ademán de perdonar está lleno de contenido para la
convivencia entre los pueblos, cuando nos hallamos en los albores
del s. XXI. A nosotros nos corresponde verter este silencio en
forma de comprensión y de perdón.
II.-
Nuestros mártires fueron como corderos llevados al matadero (Jr
11,19)
Una primera profecía del estilo del
martirio de nuestros hermanos es la manifestación de la mística de
la mansedumbre, de la paciencia, del silencio, del testimonio
callado, del ser testigos. Profecía que dignifica al testigo e
interpela la libertad de quien lo contempla, sin obligarlo a nada
y con la posibilidad de atraerlo a todo.
Por otra parte, todos tenemos no sólo
la posibilidad de hablar, sino que hemos recibido la misión de
predicar. En esto hemos de imitar a Esteban. Pero las
características de nuestro mensaje han de provenir de Jesús, que
nos recuerda que él es de corazón bondadoso y manso (Mt 11,29).
Nuestra contemplación carismática del
mundo, agresivo y competitivo, nos ha de llevar al entorno de
Jesús, y a tomar una clara postura evangélica.
En consecuencia, no es posible que
dominen en nosotros las tradiciones mundanas, que nos hacen
propensos a tomar venganzas, a gritar y hasta a proferir
agresiones verbales, en una supuesta defensa de la Iglesia. Jesús
y Esteban excusan a sus perseguidores. "No saben lo que hacen" (Lc
23,34).
Tampoco podemos guiarnos por nuevos
mandamientos, que introducen tensión y a veces oposición entre
pertenencias irrenunciables, como son ser cristiano o argentino,
dominicano, español, gallego, catalán, rwandés, congoleño,
camerunés, nigeriano, etc.
Son falsas alternativas si plantean
optar entre Cristo y una etnia, sea ibérica, etón, hutu o maya.
Son dilemas pecaminosos, porque cada forma de la humanidad
proviene de la misma mano de Dios, que proclamó que toda persona
era buena (Gn 1,31).
La humanidad ha introducido muchas
discriminaciones, las diversidades, en su mayor parte, son
creacionales. De aquí que la Congregación hoy, en una humanidad
cada vez más globalizada, ha de sentir la urgente llamada a crear
operativamente nuevas formas de vivir, que integren la diversidad
dentro del mundo. En efecto, la identidad cristiana nunca
sacrifica la identidad de los pueblos (LG, 13).
Éste es un problema que tiene enorme
actualidad, debido al galopante proceso de globalización.
Posiblemente todavía no hemos sacado
las consecuencias prácticas del proceso de implantación de la
Congregación en diversos países, tan diferentes y problemáticos.
Todo este proceso vocacional nos implica en una modernización de
nuestra mente y de nuestra forma de relacionarnos, de nuestro
vocabulario y de nuestra forma de convivencia.
Es en estas circunstancias que hemos de
ser testigos silenciosos de la bondad creadora de Dios, de manera
que manifestemos con nuestro respeto, nuestra admiración y nuestro
cariño por los demás, con todo lo que esto significa cultural y
socialmente, que nos perdonamos y nos dejamos perdonar.
Ser
religiosos en un mundo en transformación: una responsabilidad
histórica.
Formamos la nueva congregación, que
arraiga en países lastrados por una conflictividad étnica agravada
con la injusticia económica.
Y en estas circunstancias corremos el
riesgo de movernos con esquemas mentales anticuados. La
experiencia va demostrando que, a medida que vamos leyendo más,
informándonos más, nos hacemos personas más capaces de comprender.
La historia de nuestros mártires y de tantas víctimas de entonces
y de otras situaciones violentas e injustas no se tejió
exclusivamente en blanco y negro. Las víctimas tuvieron verdugos
directos e indirectos. Porque si por una parte es bien cierto que
los responsables de un asesinato son los que empuñan y matan con
un arma, no obstante nadie llega a este momento de iniquidad sin
un proceso anterior, que nunca justificará el crimen, pero que nos
hará entender por qué vías estas personas llegaron a tal extremo.
Un exponente de esta situación lo
encontramos en el jefe de una patrulla de la FAI, que registró el
Casal de la Visitació, en "L’Ametlla del Vallès" (Barcelona). Allí
predicaba ejercicios el P. Alfons M. Thió Rodés, S.I. Aquel joven
miliciano entró en la sacristía
y al ver colgado en la pared un
crucifijo, exclamó: ¡Tan bueno como eras tú y tan malos como son
los que te siguen!.
El P. Thió pasó la noche escondido en
el bosque, preocupado por su vida, pero meditaba:
Era evidente que la nueva sociedad que
surgía en aquellos días rechazaba de una manera rotunda y decidida
a Jesucristo y a sus ministros. Me preguntaba yo: ¿rechazan a los
ministros por causa de Jesús, o rechazan a Jesús por causa de sus
ministros? La primera tesis es muy halagüeña, pero la segunda es
también posible, y en el rechazarla de plano ¿no habrá nada de
fariseísmo?
Que
para asesinar a nuestros mártires bastara el hecho de que "eran
religiosos", debe hacernos pensar. Cómo fue posible que ser
religioso mereciera ser causa de muerte. ¿Por qué caminos se había
llegado desde el reconocimiento social, a la condena a muerte?
¿Qué había pasado?
No es ahora el momento de recomponer la
historia de estos antecedentes. Sino que hemos de entrar por un
proceso más simple y comprensible.
Hemos de hacer un ensayo de ponernos en
el lugar del otro (de los asesinos), para leer el drama de su vida
y de la de sus padres, vecinos, compañeros de trabajo, etc.
Podemos intentar recrear el lenguaje
tabernario, en el cual entren a colación las humillaciones,
agresiones, e injusticias de terratenientes y empresarios amigos
de los obispos o de los abades y provinciales religiosos.
Metámonos en el comité de trabajadores explotados, porque se les
chupa la sangre año tras año, generación tras generación, y cuando
se busca una forma sindical para proceder a las reivindicaciones
que justifica hasta la Rerum Novarum, un patrono católico
las aborta.
Intentemos acercarnos a los medios en
los cuales la mortalidad infantil es alarmante, y al lado de
posibles soluciones, que vendrían de unos salarios más justos, los
mencionados católicos, patrocinadores de monumentos religiosos, y
subvencionadores de colegios o de fiestas patronales, escatiman
aquello que es justo.
Podríamos describir más crudamente
estas situaciones. Pero no interesa despertar sentimientos ni
emociones, sino solamente indicar algunos caminos para ponernos en
el lugar de los asesinos.
Este proceso es importante, porque en
los siglos XIX y XX, concretamente, muchos cristianos, de todos
los estamentos y de todos los ministerios, eran cómplices públicos
de un desorden social y político, que desató revoluciones.
El grave problema consistía en que
mientras masas innumerables querían llegar a las algarrobas del
hijo pródigo, unos representantes de Cristo en la tierra, situados
por doquier, las hurtaban y preferían que sirvieran para alimentar
otros puercos.
Mientras el fondo de las
reivindicaciones estaba en los estómagos vacíos, con los pulmones
tísicos, muchos eclesiásticos encendían grandes disputas sobre los
derechos de la Iglesia y los privilegios de los eclesiásticos.
En situaciones populares, en las cuales
sobreabundan las carencias, es muy fácil caer en la tentación de
buscar o de aceptar los privilegios. Y esta forma de ser
religiosos comienza a anudar la cadena de marginaciones que van
padeciendo las masas creyentes e inocentes, hasta que esta
credulidad se transforma en resistencia y venganza. Aceptar
privilegios es antievangélico.
Volviendo a nuestros mártires, hemos de
reconocer que es cierto que surgió el marxismo ateo. Se jugaba la
causa de Dios. Pero también este movimiento radicaba en
situaciones de injusticia establecida.
Esto no obstante, a nuestros mártires
no los tocaron los comunistas, digamos convencionales. Éstos
fueron responsables de muchos crímenes, pero en otros lugares y en
otros momentos. A los mártires del Coll los prendieron y
asesinaron los comunistas anarquistas. Y, considero que ha llegado
el momento de que intentemos, desde un corazón semejante al de
Cristo, acercarnos a aquellas personas, de modo que comprendamos
cuáles fueron sus móviles, aunque sea para condenarlos, pero
salvando sus personas, y entendiendo una parte de su causa. El
gesto del P. Pons que muere trazando el signo del perdón, sigue
profetizando sobre nosotros, al cabo de más de 70 años.
III.- Pedir
perdón a los enemigos
En consecuencia, en el caso de nuestros
siete mártires, estamos persuadidos de que lo fueron porque eran
religiosos; pero fueron martirizados dentro de un contexto en el
que el catolicismo no era indiferente a aquella organización
social, entonces declaradamente injusta.
a) La
santidad de la Iglesia está siempre en vilo
En el Credo confesamos que la Iglesia
es santa. Esta expresión no es meramente teórica ni formal.
Refleja una realidad.
Por ello, no podemos salvar la santidad
de la Iglesia repitiendo que su fundador es santo, que la palabra
y los sacramentos son santos, y muchos de sus miembros también.
Con esto estamos rehuyendo la llamada a la santidad que cada uno
recibe en el bautismo. Sólo por ser bautizados somos santificados,
santos y destinados a la santidad.
Los misioneros de los SS. CC. no
podemos trivializar la confesión de fe. Como no podemos cambiar el
credo, surge el imperativo de cambiar la vida, la comunidad.
b) Nuestros mártires lo
fueron como víctimas de provocadoras disonancias entre Evangelio y
vida.
Jesús y Esteban eran los primeros en la
historia de la Iglesia. Sus acusadores no lograron aducir motivos
para su condena. Pasados XX siglos, una sociedad informada,
crítica, que se considera adulta, se siente capaz y facultada para
juzgar el pasado de todas las instituciones. Que esta sociedad,
que al fin y al cabo es la nuestra, sea la última instancia para
dar un veredicto definitivo es una cuestión muy diferente, y como
ciudadano y como creyente, considero que no. Sin embargo, cuando
socialmente se juzgan determinadas instituciones, entre otras la
Iglesia, un mínimo de coherencia ha de llevar a preguntarnos por
la parte de razón que tendrán los otros, algunos muy fieles de la
misma Iglesia.
Esta inquietud pertenece al patrimonio
evangélico, que nos advierte de que ninguno está libre de pecado,
y que el justo peca hasta siete veces al día.
Esta conciencia de la posibilidad y de
la realidad del pecado pertenece al Padre nuestro y a la
institución de la Eucaristía, y a su celebración.
La teología patrística, precisamente
porque se inspiraba en el Padre Nuestro y en la Palabra liberadora
de Dios no fue muy recatada, a la hora de reconocer el pecado de
la Iglesia. Es muy conocido el teologúmeno de la Casta meretrix,
estudiado por Hans Urs von Balthasar, Yvès-M. Congar, Karl
Rhaner, etc.
Los Padres estaban libres de complejos
históricos, y de ambiciones de poder, por lo cual fueron muy
valientes, cuando repetían que ni los santos están libres del
pecado de cada día,
y el Vaticano II, en diversos pasajes (Lumen Gentium, 8,3;
Unitatis Redintegratio, 3,5), reconoció la existencia de
pecado en la Iglesia Santa.
A menudo, cuando se ventilan asuntos de
la Iglesia, pretendemos que nos traten como a los demás. Y esto es
irrenunciable en determinados aspectos; pero en otros no. No
podemos nivelarnos, cuando se nos pide que perdonemos, porque
hacerlo sería renunciar a lo más original del Evangelio.
No podemos nivelarnos, cuando sentimos
la tentación de agredir, de acusar, de insultar.
La tentación de mundanizar el
cristianismo y nivelar la Iglesia con las demás instituciones es
muy fuerte y se manifiesta cuando pedimos que nos traten como a
los demás. "No sois de este mundo, aunque estéis en este mundo".
Ahora bien, Jesús repite que hemos de seguir otros modelos: "entre
vosotros no ha de ser así".
Las bienaventuranzas nos encaminan por
otros derroteros: "Ay, cuando digan bien de vosotros" (Lc
6,24-26).
Sabemos que esta nivelación es patente
para millones de radiooyentes o lectores de determinada prensa.
c) Una nueva vía para la
santidad de la Iglesia: la oposición a la iglesia del poder, de la
prepotencia, para compartir con el pobre.
No sólo el Evangelio y los Padres de la
Iglesia fueron coherentes. También, si pasamos a la historia que
nos ocupa, no podemos ser tan superficiales e ingenuos, que
creamos que nosotros somos los que con nueva perspicacia y con la
distancia que nos brinda el tiempo transcurrido hayamos realizado
análisis más serenos y mejor fundamentados, que antes de 1936.
No se trata de eso, sino que ya
entonces aquella situación era combatida por cristianos,
comenzando por los papas, algunos obispos, muchos religiosos y
religiosas. Ya cité, el año pasado como la alfabetización alcanzó
altas cotas en Guipúzcoa, Girona y Mallorca, gracias a las nuevas
congregaciones religiosas, y cómo la mortalidad infantil bajó a
niveles equiparables a los de centro-europa en Mallorca, gracias a
la higiene que introdujeron estas instituciones.
Las formas de oponerse eran diversas.
Hasta muchas maneras de trabajar contra la injusticia eran poco
conscientes, pero bien reales. Es lo que Paul Preston califica de
factores subversivos relacionados con
la misión de la iglesia hacia los pobres. Los religiosos y
religiosas que se ocupaban del enfermo, instruían al ignorante,
alimentaban al hambriento, vestían al desnudo y visitaban al preso
se comportaban de modo subversivo a los ojos de la jerarquía
eclesiástica. Sin embargo, esto no salvó a muchos de ellos de la
muerte a manos de los anticlericales, durante la guerra civil.
En efecto, no siempre hemos evaluado el
alcance social de nuestras obras, de nuestras posturas y de los
signos que emitimos en la predicación, en la enseñanza, y hasta a
través de nuestra presencia exterior, sea de los lugares o de los
edificios, o de nuestro modo de vestir.
Una de las maneras de emitir estos
signos fue la que se propusieron determinadas congregaciones
dedicadas a la enseñanza popular y a la asistencia de los enfermos
y ancianos o niños pobres. Otras veces las formas eran bastante
clarividentes. Hasta ya habían denunciado aquel desorden
determinados sectores carlistas, y lo combatían grupos de la nueva
falange.
Es importante no perder de vista estas
realidades, si no queremos ser los últimos en informarnos de lo
que pasó. Una política determinada, que se apoyaba en el
daltonismo, no puede vendarnos los ojos. No corresponde a la
realidad que todo fuera o rojo o azul. Todo fue más complicado, y
las colaboraciones con uno u otro bando más declarado dependieron
de las circunstancias y de las posibilidades de sobrevivir, o de
perder lo menos posible en el campo de las convicciones.
En consecuencia, cuando nos situamos
ante estos mártires, es difícil no sentir una cierta complicidad.
Existen dos posibles formas de ser
cómplices. Una, la que nos hace entender a los martirizadores,
porque descubrimos en ellos una ambición de justicia y a veces
hasta el deseo de que la Iglesia fuera de otra manera. Esta
iglesia diversa la reclamaban aunque fuera con medios injustos,
cuando confundían la opresión con el cristianismo. Asesinando a
los cristianos, buscaban lo que era fundamental en el Mandamiento
Nuevo. Otros sabían distinguir opresión del cristianismo, por esto
los hubo que deseaban el cristianismo, pero no aquel que conocían.
La otra complicidad puede aproximarnos
a los que eran realmente opresores, a los que defraudaban el
salario justo, que los catecismos tradicionales declaraban como
pecado que clamaba venganza al cielo, pero al mismo tiempo eran
personas de comunión diaria, benefactores de monasterios,
parroquias, seminarios, colegios y hospitales. Esta complicidad
puede manifestarse hoy si nos declaramos inconmovibles ante las
grandes injusticias entre continentes, países, razas. Si no
sentimos la quemazón por la organización insolidaria de nuestro
mundo, no sabemos lo que hacemos. No nos condenemos unos a otros;
hemos de comprendernos, pero también hemos de ayudarnos
fraternalmente a desengancharnos de quienes cultivaron el campo
del cual emanaron las revoluciones.
d) Una nueva vía para la
santidad de la Iglesia: La cordialidad, que sabe pedir perdón.
Ante esta historia tan sumaria y hasta
simplista, como miembros conscientes de la Iglesia, como
pertenecientes a una Congregación misionera, hemos de sentir una
responsabilidad colectiva, no tanto para fomentar un enfermizo
sentimiento de culpabilidad, cuanto para recomponer nuestro mundo,
para rehacer las relaciones la nueva humanidad, a partir de la
nueva cordialidad.
Hubo una forma de ser Iglesia
intransigente, que no dimana del Corazón de Jesús ni de la
imitación de su Madre.
Contra la santidad de la iglesia iban
las flagrantes injusticias sociales mencionadas, y a menudo
amparadas por altos eclesiásticos.
Contra la santidad iba la intoxicación
que practicaban bastantes clérigos, ya en los albores de la II
República, de que la Iglesia era perseguida.
De hecho, era previsible el recorte de privilegios, pero no la
persecución.
Contra la santidad de la Iglesia fueron
unas palabras del cardenal Isidre Gomà, en el Congreso Eucarístico
de Budapest, de 1938:
¡Nada de mediación, nada de
reconciliación: la victoria por el filo de la espada!
Por
la nueva cordialidad, los Misioneros de los SS. CC., hemos de
pedir perdón por estas manifiestas contradicciones con el
Traspasado, de cuyo costado brota sangre para la Nueva Alianza y
el de todos los pecados. También de los nuestros.
Los odres nuevos no podemos fabricarlos
con actitudes viejas. El vestido nuevo ha de ser el del pedir
perdón en nombre de la vida religiosa y de la misma iglesia, de
todo aquello en lo cual hayamos podido contribuir a que la imagen
de Jesús samaritano, evangelizador de los pobres, perdonador de
pecadores quede desfigurada por ambiciones de grandeza social,
deseos de aliarnos con los bienpensantes fríos con los pobres e
ignorantes y de hacer causa común con los honrados ciudadanos
hostiles a la algarabía policroma de los inmigrantes. La familia
emigrante de Nazaret no podría retornar a nuestras comunidades,
porque en sueños recibiría el aviso que sería mejor acogida en
otros ambientes más cordiales.
La espiritualidad del corazón no queda
estancada. Por esto, nuestro encuentro en esta casa en la cual
pasaron sus últimos años nuestros mártires, queremos renacer a una
nueva vida en Cristo. No nos basta lo que hemos caminado con Él.
En primer lugar, queremos imitar a
Zaqueo. El devolvió multiplicado lo que había defraudado. Nosotros
al menos queremos compensar aquello que con facilidad podríamos
haber dado a nuestra sociedad, como es un testimonio más claro a
favor de la justicia, una transparencia más diáfana de que sobre
todo nos interesa la causa de Cristo, con preferencia al poder y a
las amistades que nos han distanciado de nuestros barrios más
pobres, de nuestros feligreses más sencillos y carenciados, de
nuestros alumnos menos dotados, de nuestros hermanos menos
agradables.
Ante la morada de nuestros mártires, la
nueva cordialidad misionera nos interpela, y nos propone meditar
las consecuencias del mensaje evangélico: "Si cuando presentas tu
ofrenda ante el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna
cosa contra ti, deja la ofrenda ve primero a reconciliarte con tu
hermano, y luego volverás a presentar tu ofrenda" (Mt 5,23).
Cualquier observador se percata que en
nuestra sociedad la Iglesia es una de las instituciones menos
valorada. No se trata de que nos acomplejemos y olvidemos la
enorme aportación que la Iglesia hace a la convivencia, a la
reconciliación, a la educación, a la salud e higiene de los
pueblos. Posiblemente sea la institución mundial más efectiva en
estos campos. Pero, la realidad es que millones de hermanos tienen
algo contra la Iglesia, que también y gozosamente somos nosotros.
Entonces, el Evangelio nos pide una
reflexión, para darnos cuenta de lo que nos arguye nuestro
hermano. Muchas veces habrá alguna razón. No seamos simplistas y
expeditivos, de forma que nos despreocupemos de estas
interpelaciones. La antropología del corazón nos invita a ahondar
en el análisis de las dificultades de la convivencia, dentro de la
Iglesia, que a veces transcienden y escandalizan.
Llegados aquí, tomamos conciencia de
que existe una dura tensión entre la santidad dada, recibida, la
bautismal, la sacramental, la que el Espíritu ofrece en cada uno
de los sacramentos, y la santidad vivida, mostrada, atestiguada.
Experimentamos que en nuestra vida
cotidiana marcamos una gran distancia entre lo que rezamos en los
salmos, lo que proclamamos en la Palabra, y nuestra vida y hasta
en la vida de los cristianos. Y es ahí donde se juega
existencialmente nuestro credo.
Rezamos que tenemos sed del Dios vivo,
pero podemos omitir la Lectio divina y atropellar salmos y
lecturas.
En tiempo pascual rememoramos las
características de la comunidad primera, pero podemos obviar el
sentido comunitario de la Congregación, podemos evitar la comunión
de fe, podemos escamotear la comunión de bienes, podemos impedir
la comunión eucarística, que podría expresarse en alguna
celebración comunitaria periódica.
Proclamamos que hemos de perdonar
setenta veces siete, y a los setenta años de la guerra, no siempre
tenemos la serenidad de espíritu para asumir que las violencias
fueron muchas, con muchos orígenes, y que las sumas finales que se
conocen elevan el número de los asesinados o juzgados sumariamente
a una cantidad mayor en el bando del alzamiento, que en el de la
República.
Aclamamos que la sangre de Cristo ha
sido derramada por la Nueva Alianza, y discriminamos a
inmigrantes, a prisioneros, a terroristas, y hasta podemos
desearles la muerte.
Celebramos Pentecostés, y no toleramos
la menor diversidad eclesial, social, política... Admiramos el don
de lenguas, como signo de universalidad, y nos molestan hasta las
modalidades del mismo idioma, de otra región o país. No hablemos
si hablan otra lengua.
Repetimos las palabras del envío de
Jesús a todo el mundo, mientras nos cuesta pasar de una casa a
otra.
Leemos que no salgan malas palabras de
nuestra boca, pero podemos gritar contra quienes piensan de modo
diferente del nuestro, y hasta tenemos la valentía de obligarlos a
que callen, o manejamos un vocabulario soez que fatiga.
Pablo nos recuerda la máxima de Jesús:
"Es más feliz quien da que el que recibe"; pero no logramos
implicarnos en la obra social de la Congregación, sea a través de
la Procura de Misiones, o mediante la Fundación Concordia.
Cada año en la Vigilia Pascual
celebramos y proclamamos que Dios creó el cielo y la tierra, y la
humanidad, no a unos pocos. Sin embargo, no nos inquietamos mucho
en descubrir qué parte de responsabilidad nos corresponde en el
proceso de destrucción de la naturaleza, a favor de una minoría.
Posiblemente a veces ni queremos mencionar el problema en la
predicación, que hacemos desde una Congregación que proclama que
se ocupa del corazón.
Un corazón puro tiene la capacidad de
averiguar dónde, porqué, cómo, tantos millones de personas se van
alejando de las expresiones eclesiales del cristianismo. Algo
pasa. Algo nos atañe. De este algo, también hemos de pedir perdón,
antes de acercarnos al altar.
Si queremos seguir siendo personas
profundas, con interioridad, el mensaje cristiano nos ayudará a
jugar nuestras vidas por los injustos. El Nuevo Testamento es bien
claro en proclamar que Jesús, el inocente, murió por nosotros,
pecadores.
Y en la carta a los Rm 5,5-7, nos
interpela al recordarnos que si difícilmente hallaríamos a alguien
dispuesto a morir por un justo, esto no obstante, Cristo se
entregó por los injustos. Nosotros, salvados y reconciliados, no
siempre mantenemos la calidad de esta justicia. Por eso, puede
tener sentido reconocer nuestra incoherencia, y también suplicar
el perdón de la gran comunidad y del mismo mundo. También el
perdón de aquellas personas que asesinaron a nuestros hermanos.
Sermones, 314-319, en Obras completas de San Agustín,
XXV: Sermones. (5º), 273-338. Sermones sobre los
mártires. (Traducción y notas de Pío
de
Luis, BAC 448,
Madrid, 1984, pp. 590-628.
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