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DIOS PADRE
Formación Permanente 2007

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DIOS EN LA LITERATURA
(Publicamos la mayor parte de la ponencia,
―omitiendo
algunos fragmentos más familiares,
como las
referencias al P. Ollers o al
P.
Lizarbe―,
la biografía de Cabodevilla o la invitación final a la lectura,
que publicaremos aparte más adelante)
No fue fácil fijar
el tema
La poesía en general es
un mar sin orillas. La obra misma de un solo poeta, tampoco es
fácil de reducir a síntesis, porque cada vida puede abastecer de
temas, para alimentar varias tesis.
Eso en cuanto al campo.
Descubrir la presencia de Dios en la poesía es más simple.
Es evidente, que si la
poesía es tal, no es preciso consumir mucho tiempo en demostrar
que Dios está por medio.
La belleza es uno de
los atributos de Dios, como es una de las notas trascendentales
del ser, según se nos enseñó en Filosofía: "ens,
unum, verum, bonum et pulchrum convertuntur".
Que la poesía sea una
de las expresiones más bellas del arte, tampoco admite discusión.
Si la poesía, bella en
sí misma, proclama la belleza, -y eso lo cumple por definición-
directa o indirectamente, canta a Dios.
Lo veremos de paso en
alguno de los ejemplos que vamos a citar, si bien no pensamos
detenernos en la poesía, tal como explicaremos a la vuelta de
pocas páginas.
Es evidente que en este
campo, como en todos, también la mediocridad quiere púlpito y
existe poesía de garrafa, como existen poetas de "todo
a cien", pero de eso no hablamos.
Una poesía profana, que
para nada cite a Dios, pero esté inspirada en algún valor, escrita
en versos sonoros, musicales, cadenciosos, bien medidos,
proclamada con sentimiento, dicha con el corazón, lleva a Dios,
como el irrumpir de la aurora, como un suave atardecer, como la
grandiosidad de la tormenta, o sus réplicas en pintura o en
música.
Un ejemplo al azar, nos
lo sirve León Felipe:
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"¡ Qué
pena
si este camino
fuera
de muchísimas
leguas
y siempre
se repitieran
las mismas
cuestas,
las mismas
praderas,
los mismos rebaños,
las mismas recuas,
los mismos pueblos,
las mismas ventas!...
|
¡Qué
pena
si esta vida
tuviera
―esta vida
nuestra―
mil años
de existencia!...
¿Quién la haría hasta
el fin
llevadera?
¿Quién la soportaría
toda
sin protestas?...
¿Quién lee diez siglos
en la Historia
y no la cierra
al ver las mismas cosas
siempre
con distinta fecha?...
Los mismos hombres,
las mismas guerras,
los mismos tiranos,
las mismas cadenas,
los mismos esclavos,
las mismas protestas,
los mismos farsantes,
las mismas sectas
y los mismos,
los mismos poetas...
|
¡Qué
pena,
qué
pena
que
sea
así todo el tiempo
siempre
de la misma manera."
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Mi respuesta,
―como se irá
viendo―,
no se ajusta demasiado a la pregunta, quiero decir, al encargo que
se me encomendó, porque, aunque he sido lector de todo, no me he
especializado en poesía.
Lector de todo
Al declararme lector de
todo, quiero confesar desde ahora, que no he sido buen lector.
Mis lecturas no se han
visto acompañadas del sosiego y la calma que se requieren para
leer con provecho.
Veinte años de
preceptor no dan tranquilidad ni de día ni de noche, ni los días
de labor ni los fines de semana, para separar unos ratos en los
que apartarse a leer con deleite.
Tantas ganas contenidas
pueden ser las causantes del desorden de leer con ansia
descontrolada, como come sin encontrar satisfacción y hartura
quien, a fuerza de padecer hambres, perdió los mecanismos que
permiten regular el apetito y comer con templanza.
Estaríamos hablando de
lectura.
Es cierto que la
lectura facilita la tarea de escribir y aunque no me he planteado
nunca escribir para el público, pero, en lo que he escrito,
―principalmente
literatura epistolar―,
he tratado siempre de ser cuidadoso, aseado, y de expresarme con
dignidad y esmero.
Siempre en prosa, claro.
Es cierto que el
comentario que se me encomendó, también se podía fijar en la
poesía, pero me iba a encontrar menos cómodo.
¿Qué es la poesía?
Antes de proseguir,
dejemos dicho que la poesía es modo de expresión delicadísimo y
muy subido, gracia que toca el espíritu de muy pocos, arte que los
mismos privilegiados que lo disfrutan, no saben muy bien decir en
qué consiste.
Se pueden conocer todas
las figuras literarias y definirlas e ilustrarlas con ejemplos:
una sinalefa, una epanadiplosis, un retruécano, incluso un
calambur, y se pueden hacer meritorios esfuerzos trabajando en
ello, pero no pasarán, como alguien ha dicho con acierto: "de
un entretenimiento como hacer ejercicios de tiro, con más pulso
que imaginación", pero no hay que confundir
la poética con la poesía.
La poesía es lo que
queda cuando se han derrumbado todos los andamiajes que le daban
aparente sustento.
Es de nuevo León Felipe:
"Deshaced ese verso.
Quitadle los caireles
de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma...
Aventad las palabras...
y si después
queda algo todavía,
eso
será la poesía.
¿Qué
importa
que la estrella
esté remota
y deshecha
la rosa?
Aún tendremos
el brillo y el aroma."
Eso misterioso,
inasible, esa finura que las palabras, más que decir, permiten
adivinar, eso será la poesía, algo así decimos de la Divinidad,
que está, que se intuye, que se experimenta, que no se deja ver,
pero que se siente con una certeza que aventaja en seguridad a los
mejores argumentos que empleamos cuando nos movemos en otros
campos.
La Divinidad
por definición nos trasciende y nuestra mente, también por nuestra
condición de criaturas, no puede abarcar la comprensión de la
inmensidad del ser. He leído en algún lado que el mejor tratado
sobre Dios será el que exprese con mayor énfasis que Dios es
incomprensible. Ante eso nuestra razón en su empeño de
comprenderlo, es como un cesto de mimbre para acarrear agua. El
agua se derrama, pero algo de humedad queda en los mimbres.
La poesía, con
sus metáforas y sus finas figuras, nos acerca un poco a ese mundo
misterioso de lo asombroso y fascinante.
Los poetas y
también los teólogos tienen poco recorrido, por encontrar muy
pronto los caminos de la razón cortados, cuando se trata de hablar
directamente de Dios, cuya esencia es inabarcable, pero pueden
―y
lo han hecho con acierto―, dirigir oraciones a Dios, tanto de
súplica como de agradecimiento y alabanza, alimentando con ello
muy sabrosa poesía.
Muestran a
Dios indirectamente, cuando cantan a la creación y sobre todo al
hombre, principalmente desde la Encarnación y desde que Jesús dijo:
"El Padre y yo somos uno", o cuando respondió a Felipe:
"quien me
ve a mí, ve al Padre...", porque las acciones de Jesús son
revelación de Dios y lo que Jesús obra, es manifestación del modo
de actuar de Dios Padre.
Por otra parte,
Jesús se identificó de tal modo con el hombre, que su misión, su
amor a la humanidad, consistió en hacer humano lo inhumano y más
humano lo humano.
Desde que Dios
se fundió con nuestra condición, en lo más profundamente humano de
lo humano está nuestra semejanza con Dios.
Caso aparte
son los que, además de poetas son santos, aquellos cuya
inspiración arranca del amor, los que conocen a Dios por el único
camino por el que se puede llegar a Él como indicaba san Juan (1
Jn. 4,7): "el que ama, conoce a Dios".
Por esos
derroteros han hecho camino muchas plumas fecundas. Nuestra
abundante y rica literatura mística es buen ejemplo.
Seleccionado tema
Antes de decidirme por la muestra de algún autor, para orientar estas
líneas, quiero expresar que hice varios tanteos.
Pensé en
Rabindranath Tagore, a quien leí en la juventud y en quien se
encuentran muchos y profundos parecidos con san Juan de la Cruz.
Pero, aunque
internet es ventana que permite asomarse a todos los campos, no
estoy acostumbrado a trabajar con esa herramienta, (tampoco mi
vista lo toleraría), y lo deseché.
Pensé en Pemán,
alimento también de lecturas juveniles. Ahí también la vena y la
veta religiosas saltan a la vista.
Cómo no
recordar los versos del Divino Impaciente, cuando nos emocionaba
con aquellas prisas de Javier, que no le permitían apartarse un
poco del camino para saludar y despedir a su madre y, cuando
Mascareñas notaba que al atardecer le brillaban los ojos y le
preguntaba si se encontraba mal, disimulaba su llanto, diciendo
que le molestaba un poco la ventisca.
Nos emocionaba
en aquellos tiempos, cuando nuestros compañeros, quizá alguno de
vosotros, "en un frágil barco, se engolfaban en la mar y decían un
adiós a la patria, pensando que podía ser el último".
En aquellos
tiempos de heroísmo nos emocionaba Pemán:
"Yo he visto al
Padre que traje
desde Roma,
maravillas.
Cuando de
allí, a Portugal
con mi séquito
venía,
pasamos, allá
en Navarra,
casi por la puerta misma
del Castillo
de Javier
donde su madre
tenía.
Yo le advertí
que con sólo
detener la
comitiva
breves horas,
abrazarla
sin dificultad
podía,
pues era fácil
que nunca
la viera más
en la vida.
'La eternidad
es muy larga
―me dijo―
y llevamos prisa'
Y aguijó la mula coja
que desde Roma
traía.
Pero yo, Ataide, vi
luego
que cuando el
sol se ponía,
quebraba su
luz en algo
que le
brillaba en la vista.
Como yo le
preguntaba
con sencillez
me decía:
¡Es que me lloran un poco
los ojos con la
ventisca!"
Es hermoso aunque no
sea cierto, porque cuando Javier pasó por Fuenterrabía, su madre
hacía 11 años que había fallecido, en 1529. No cabía tal despedida.
El P. José Enrique Ruiz de Galarreta en su obrita
"La huella de Javier",
escrita con motivo del Quinto Centenario (el año pasado), señala
que el no acercarse a sus familiares a su paso a Portugal en 1540,
pudo deberse a que ellos no asumieron nunca la renuncia de Javier
a la canonjía de la Catedral de Pamplona, que hubiera servido para
levantar la quebrantada economía familiar y para recobrar el
antiguo prestigio perdido por los Jasso Azpilcueta.
En cualquier caso, por las mismas razones que Rabindranath, la obra
de Pemán tendría que rastrearla en Internet, lo que me resultaba
incómodo.
Nuestros místicos también ofrecían materia sugestiva, Santa
Teresa, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León.
Incluso buenos poetas modernos, que he seguido algo, como León
Felipe, interpretan versos de esos clásicos.
Puede
ser buen ejemplo esta glosa de L. Felipe a los versos de Fray Luis:
"Y dexas, Pastor santo,
Tu grey en este valle hondo,
escuro..."
"Aquí vino... (habla León Felipe)
y se fue.
Vino,
nos marcó nuestra tarea
y se fue.
Tal vez detrás de aquella nube
hay
alguien que trabaja
lo mismo que nosotros,
y tal vez las estrellas
no
son más que ventanas encendidas
de
una fábrica
donde
Dios tiene que repartir
una
labor también.
Aquí vino
y se fue.
Vino,
llenó nuestra caja de caudales
con millones de siglos y de siglos,
nos dejó una caja de herramientas
y se fue.
Él
que lo sabe todo,
sabe
que estando solos
sin dioses que nos miren
trabajamos mejor.
Detrás de ti no hay nadie, nadie,
ni un maestro, ni un amo, ni un patrón.
Pero
tuyo es el tiempo. El tiempo y esa gubia
con
que Dios comenzó la creación."
Un tiempo
leímos también a un poeta religioso, que acabó no siéndolo, debido
a la influencia de Alberti, Neruda y otros escritores de izquierda.
A Miguel Hernández le conocimos, sobre todo, por la elegía a la muerte de
Ramón Sijé.
La aparición
de esta pieza, suscitó la admiración de prestigiosos hombres de
letras como Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset y otros.
Hay en su
producción otras composiciones de mérito, pero hoy nos fijamos
sólo en la faceta religiosa, que fue intensa al principio,
influenciado, tal vez, por Ramón Sijé y que acabó cambiando de
postura, de proyección.
Son famosos sus poemas religiosos en la revista el
"Gallo en Crisis" de
Orihuela, de los que el crítico José María de Cossío dice:
Aquella
revista católica a la que dio aliento y tono principalmente Ramón
Sijé, el malogrado escritor a quien Miguel Hernández dedicara su
conmovedora elegía, llegó a publicar hasta seis números y en todos
colaboró nuestro poeta Miguel.
Estas poesías
pertenecen al período juvenil y católico del poeta de Orihuela,
con los tres sonetos a María Santísima y otros escritos de un
trasfondo acentuadamente conservador.
Extrañamente
no cita el auto sacramental.
Son famosos sus versos eucarísticos:
"¡Tú! que has sacado a Dios de los Trigales
Candeal y
redondo".
Otra alusión a
la Eucaristía se da, cuando se queja de las huelgas y dirige sus
severos reproches por el abandono del cultivo de la vid y del
trigo y la quema de cosechas, hechos no infrecuentes en el 1934:
"se cosecha
ceniza,
parva de llamaradas
en la sagrada Forma de
la Era."
En la fiesta del Corpus
de 1934 escribía:
"cereal geometría
de la tierra,
la celeste sustancia,
oculta su
presencia
en una sombra blanca".
Estos otros versos
cantan la hermosura de María:
"¡ Oh elegida !
por Dios antes que nada.
Reina del Alba; Propia del zafiro,
nieta de Adán,
creada en el retiro
de la virginidad
siempre increada."
Elijo José María
Cabodevilla.
Pero, mostradas
estas muestras, valga la redundancia, suficientes para dejar
atendida la invitación a este encargo, la doy por obedecida, para
expresar en lo que me resta, mi impresión sobre un autor, que no
es poeta, pero que es escritor de una prosa prodigiosa, escritor
íntegramente religioso, de quien no se conocen en su amplia
bibliografía escritos profanos, autor cuya pluma sólo escribió de
Dios y del hombre, reconocido maestro espiritual, a pesar de su
tendencia al retiro y a huir de la notoriedad, autor de quien
conozco todos sus libros, de quien he leído todos sus libros,
―alguno más de una vez― y de quien tengo casi todos los libros, la
mayor parte a mano, para hacer, si fuera preciso, una consulta.
No voy a hacer una
tesis doctoral, sino una visión rápida, insinuando algunos puntos,
animando a leer alguna de sus obras, porque son buena fuente donde
abrevar la curiosidad de las más altas y espirituales aspiraciones.
Porque los que
tenemos que hablar, debemos de vez en cuando leer un poco y este
es maestro de confianza. Quedaréis prendados de su ingenio, de su
agudeza, de su inteligencia y a la vez de su delicadeza y finura.
Vamos a decir
unas palabras de José María Cabodevilla.
Comienza la
producción literaria.
Aunque su paso
por el Seminario fuera tan fugaz, no puede caber duda de su
pertenencia a la diócesis de Pamplona, pues, terminados sus
estudios, fue destinado por el Arzobispo Olaechea a la parroquia
de San José de Oroz Betelu, de la que tomó posesión el 31 de
Agosto de 1953.
En ella permaneció dos
años y en ese escenario nació la primera de sus obras, San Josecho
a lápiz en 1955.
Fue en esa
fecha cuando el Arzobispo Olaechea lo cedió a Monseñor Morcillo,
arzobispo de Zaragoza, quien en 1964 lo llevó definitivamente a
Madrid, encomendándole el encargo de dedicarse ministerialmente a
leer y escribir.
Ya en Zaragoza,
adonde se acercó para disponer de la importante biblioteca mariana
de El Pilar, escribió en 1957 Señora Nuestra, que marcaría la
pauta de su fecunda producción posterior. Tenía 28 años.
A los 34 años
publicó Cristo Vivo, otro gran libro que le muestra como gran
conocedor de las Sagradas Escrituras. Se le había encargado una
Vida de Jesús, pero él, como dice el subtítulo de la obra:
"Vida
de Cristo y vida cristiana", escribe una larga meditación que
responde personalmente a la pregunta: "Y vosotros, ¿quién decís
que soy yo?".
El escritor.
En el homenaje
al P. Schökel que antes hemos mencionado dice Cabodevilla:
"El P. Alonso disfrutaba de las palabras, cada una de las cuales tiene su
música, su historia, su colorido y su textura. A Schökel le
gustaban las palabras lo mismo que a otros les gustan otras cosas."
De él dice
Bernardino Hernando:
"José María
Cabodevilla tiene el estilo de un escritor de raza, que puede
decir con Faulkner: 'las palabras son mi comida y mi bebida'.
Es un escritor
verdadero y puro, sólo escribía y escribía solo.
Como artista literario tenía algo de artesano, por su amor a las palabras, por
el mimo con que las trata, por la minuciosidad con que las engarza
y por la pasión con que las maneja y se deja manejar por ellas. En
las palabras hay un espesor histórico, compuesto por todos los
hablantes que nos han precedido y al que el buen uso añade, con
los días, nuevo peso".
Carro Celada señala que en
Señora Nuestra se descubre, además de lo importante
que es Nuestra Señora, algunas de las aficiones de Cabodevilla y
las palabras que a él le gustan.
Es una cita larga, pero es una página deliciosa, que vale la pena escuchar. Se
encuentra en Señora Nuestra, en el capítulo titulado: "Señora de
las cosas".
"El mundo está
bien hecho. Porque lo hizo Dios. Porque Dios sigue permaneciendo
en el mundo. Porque, merced a Él, hay belleza. La belleza es una
señal de la presencia de Dios aquí abajo. Una prueba apologética.
Y un regalo del Padre. Todo. El agua. ¡Hay tantas cosas hermosas ¡
Sentir la lluvia azotando el rostro. Oír los grifos de casa,
abiertos todos a la vez, un día de verano, después de un penoso
viaje. Ver las mangas de riego funcionando en los jardines. Beber
distintas aguas y saber apreciar. Oler la tierra mojada. El agua,
Señor. Y la madera. Y las formas geométricas puras y armoniosas,
reposadas, el cono y el octaedro y todas, para tenerlas delante y
verlas muchas veces y aprender sosiego. Las calles llovidas. El
sol que entraba por la ventana, durante la clase de griego. La
ternura áspera, paterna, avergonzada de los hombres. La mar y unos
pinos altos, con poco viento. Las palabras, la palabra 'noticia',
o 'membrillo', o
'sabiduría'. La tormenta. Un cuaderno con buenos
dibujos. La vajilla delicada. Los números, la única pureza. El sol
en los charcos, Las frutas. Una raqueta de tenis. Los ademanes
pausados, las frases correctas, cordiales. Oír el tren a lo lejos,
a medianoche. El amor sereno, fuerte y vigilante. La sombra de los
toldos, la sombra del nogal, la sombra del monasterio, la buena
sombra. Un jersey confortable. Saber silbar bien. La respiración
tranquila, acompasada, de los hijos, mientras duermen. Una edición
impresa en tipos nobles, muy cuidados, con amplio margen y decoro.
Las viñas, por la tarde. Las luces de los tranvías, a través de la
niebla.
Mantel blanco. La suave
presión de la escopeta en la mejilla. Una prosa limpia, sencilla,
castigada. El vuelo de las gaviotas. Contemplar los troncos
ardiendo en la chimenea. El saludable y excitante olor de la calle,
olor de pescado, de pan, de brea, de cuero. El recuerdo de la
abadía de María Laach, para dar sentido y equilibrio a la vida. La
mañana de Reyes. Una pelota de colores en la playa. Los caballos.
Los aviones. Una manta sobre las piernas. Los trajes vistosos de
esquiar, sobre la nieve. Tomar con suerte una curva cerrada en
moto. La madera. La buena música.(...) La música. El mundo está bien
hecho. Hay cosas espléndidas, sencillas, cosas magníficas...
A continuación
citará a San Pablo en (1 Cor. 3, 22-23): "Todas las cosas son
vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios".
Todas las cosas
fueron creadas al servicio del hombre. Por eso el cristiano no
puede despreciar el mundo, tiene que acogerlo en su espíritu y
acabarlo, completar en este mundo lo que falta a la redención de
Jesucristo.
Cómo sonaba,
qué clara, qué persuasiva, la voz de Pío XII en aquella mañana de
Todos los Santos de 1950. Era una fina plegaria a Nuestra Señora
de Asunción. Una oración impregnada de alegría, de aceptación del
mundo, de reconocimiento de todo lo bello: "E noi, poveri
peccatori, noi a cui il corpo appesantisce il volo dell´ anima, vi
supplichiamo di purificare i nostri sensi, affinché apprendiamo,
fin da quaggiù, a gustare Iddio, Iddio solo, nell´incanto delle
creature".
A lo largo de su obra son frecuentes las alusiones a las cosas por las que
siente predilección. En el Cielo con palabras terrenas dirá:
"Si
se me permite una confidencia personal, diré que para mí el cielo
tiene que estar hecho todo de madera".
En todo caso
hemos tratado de presentar una muestra de la elegancia y buen
gusto de una sensibilidad.
Amor a la tierra.
En sus escritos hay
algunas notas muy características suyas, como por ejemplo, las
alusiones a la tierra, a la que siempre profesó un no disimulado
cariño.
En la dedicatoria del
Pato Apresurado dirá que: "la humanidad se divide
en dos grandes mitades, los que son navarros y los que desearían
serlo". El que no dejó ninguna figura literaria sin usar, tenía
que emplear esta hipérbole, que viene a ser la versión a aquellas
tierras de lo que entre nosotros se dice, cuando dividimos el
mundo en "Mallorca i fora Mallorca". Son frases simpáticas sin
mayores malicias ni peores intenciones. Son modos cariñosos de
decir, de ponderar el aprecio por los valores caseros.
Cabodevilla
hace mención frecuente en sus escritos de lugares y personas
conocidos.
Cuando en El
Cielo con palabras terrenas, número 43, propone un cartel para
hacer propaganda del cielo, dice:
"Me pregunto cómo tendría que ser un cartel destinado a hacer propaganda del
cielo. Para empezar, se necesitaría la colaboración de un teólogo,
un técnico en publicidad, un experto en historia de los símbolos,
un niño, un pintor abstracto y otro hiperrealista, un actor, un
psicosociólogo, un hombre feliz, un hombre desgraciado, un
especialista en Mozart, un visionario y, finalmente, un campesino
del Baztán en el papel de objetor."
En el Pato
Apresurado, página 101 al describir el regreso del indiano
Valentín Yoldi Esparza, que vuelve a los 82 años de Argentina,
cargado de plata, para acabar sus días en su natal San Martín de
Unx, dice:
El corazón
elabora su propia geografía, dulce, disparatada e imperiosa. No
sabía, por supuesto, cuál es exactamente en kilómetros cuadrados
la extensión de Navarra. El sabía otras cosas: por ejemplo, que no
hay en el mundo universo cerezas como las de Echauri, ni zuritas
como las de Baztán por San Fermín Chiquito, ¿Y qué me dices de las
torcaces de Echalar?
A continuación
da la receta para preparar un sabroso plato inolvidable, que tiene
que ser servido con vino tinto Plandenes de Cascante.
En La Jirafa
tiene ideas muy elevadas, despide el viaje que ha hecho con el Sr.
Deiró de Madrid a Barcelona con otra mención de la tierra:
"Próxima estación Sans. No, yo bajo en Gracia, me cae más cerca del hotel.
¿Se quedará muchos días en Barcelona? ¿El viernes, dice usted?, ¿
en el Talgo de la tarde?. Entonces vamos a coincidir de nuevo. Por
mi parte, encantado. Recuérdeme que tengo que decirle algo más
sobre la risa de Dios, concretamente sobre ciertos ecos de esa
risa (sólo son ecos, por supuesto) que alguna vez se dejan oír en
el Valle de Aézkoa, en Navarra, si sopla viento sur y si el año es
bisiesto. ¿De acuerdo? Es usted muy amable, señor Deiró".
Otra faceta
de Cabodevilla es que, a fuerza de estar atento a la vida y a
sus mil detalles que no escapan a un fiel observador, sus escritos
están salpicados de innumerables anécdotas, que ilustran los temas
que expone, ganan la atención del lector y suelen acompañarse de
saludables moralejas.
Al modo como
Jesús dijo: "Yo soy la Luz", y también dijo:
"Vosotros sois la luz.
De tal modo brillen vuestras obras buenas que glorifiquen al Padre
que está en los cielos".
Se podría
decir también que Jesús sembró de milagros su lucha contra el mal.
Los milagros
son propios de Dios, que puede suspender las leyes naturales, o,
como diría Cabodevilla repitiendo a San Agustín, lo que nosotros
conocemos de las leyes naturales. Hay que decir que en varios
lugares, Cabodevilla ha recurrido al verdadero sentido del milagro
como lo "asombroso".
En todo caso
Cabodevilla dice que Dios nos hace partícipes de la capacidad de
obrar milagros, que en principio, serían cosa exclusiva suya.
Así cuenta
algo que a él le contaron:
"He oído que
en una Oficina de Correos de Valencia, se recibió no hace mucho,
una carta con este destinatario: 'San Antonio de Padua, en el
cielo'. Tal vez por un exceso de curiosidad, tal vez por si el
contenido daba más detalles acerca de una dirección que no
figuraba en ningún casillero, el oficial de turno abrió el sobre.
La carta venía firmada por un obrero en paro, el cual pedía al
santo diez mil pesetas, que necesitaba urgentemente. Allí mismo
los empleados de la oficina hicieron una colecta y recogieron ocho
mil, que acto seguido fueron enviadas al remitente. Unos días más
tarde llegó otra carta con la misma dirección y la misma firma:
decía así: 'San Antonio bendito, yo sabía que tú me ayudarías,
pero ten cuidado otra vez que te pidan dinero, porque en Correos
se han quedado con dos mil de las diez mil que me enviaste'".
Cabodevilla es
hombre de fe seria, profunda, recia, que en sus escritos muestra
una gran confianza en Dios, pero al tiempo que se confiesa
creyente, no comete el error de ciertos predicadores que casi
prometen a sus oyentes que podrán tocar las llagas del resucitado.
Habla del
cielo con gran esperanza, pero no oculta la dureza del dolor.
En la introducción a su obra El Cielo con palabras terrenas cita a
Bertrand Russell quien cuenta que, a una señora que acababa de
perder a su hija joven, alguien le preguntó qué pensaba que había
sido de ella. Creo, - respondió, - que estará gozando de Dios en
el cielo, pero preferiría que no me hablase de cosas tan
desagradables.
No deja de
poner el foco en quienes se fijan en los demás para ver en ellos
lo que podrían descubrir más cerca si se miraran a sí mismos.
Alguien fue al
médico para decirle:
―Dr., mi
hermano está loco, dice que es una gallina.
¿Por qué no
lo internáis en algún centro?
―Porque
necesitamos los huevos.
En su libro La memoria es un árbol, pág. 75, cap. V, apartado 5, habla de
aquel predicador que, desesperado porque no podía conseguir la
atención de la feligresía, fue a consultar con su Obispo, que
además era orador sagrado de gran prestigio.
El Obispo le
aconsejó que comenzara sus alocuciones con algo fuerte que
impactara al auditorio.
Mañana es la
fiesta de la Inmaculada. Empieza de un modo parecido a éste:
"Estoy enamorado de una mujer, que además está casada. Su nombre es María."
A partir de ahí, cuando ya los hayas cautivado, puedes fácilmente mantener la
atención.
Al día
siguiente, el buen hombre se plantó ante su público y les dijo:
"Ayer me dijo
el señor Obispo que está enamorado de una mujer. Recuerdo bien
que me dijo que está casada, pero no puedo recordar su nombre."
A la hora menos pensada te sale con una ocurrencia que hace que la lectura,
siempre densa, a pesar de ser atractiva, estéticamente perfecta,
rica en imaginación y en conceptos, se mantenga llena de interés,
sin decaer nunca.
El humor en
la obra de Cabodevilla.
Pero no caigamos en el
error de pensar que se trata de un señor que se dedicó a contar
chistes.
Las anécdotas
a lo largo de las 33 obras, riquísimas en contenidos,
permanentemente mantenidos página tras página, son simplemente un
poquito de sal para sazonar mucha sabiduría.
Lo que sí es
destacable y admirado por sus lectores, es el sentido del humor
que recorre todos sus escritos, pero eso es una muestra más de que
fue un hombre dotado de una inteligencia poco común, trabajada
implacablemente, y a eso es lo que hay que poner atención en su
obra, porque sin esa clave del humor, difícilmente podría
entenderse nada.
A ello dedicó
una de sus obras La Jirafa tiene ideas muy elevadas y siguiendo
ese escrito, su amigo y periodista, maestro de periodismo,
Bernardino Hernando, hace un análisis del que saco estos breves
apuntes:
"El humor es
una forma de pensar y de sentir. Sólo tienen humor los sabios, es
decir, los humildes." Si todos podemos estar al cabo de la calle,
José María estaba siempre al cabo de la ciudad entera. El
"humor, - escribió él, - es una concepción de la vida y de la
muerte, el humor es una manera de vivir y de morir."
Sin la clave
del humor difícilmente podría entenderse la importante obra de
este hombre.
Es el humor lo
que hace valientes, audaces y comprometidos sus libros.
Así habla él
en La Jirafa:
"¡El humor es subversivo, porque hace preguntas impertinentes, porque señala los
agujeros, porque muestra lo absurdo detrás de lo que parece
razonable, lo ridículo detrás de lo más solemne, lo incierto
detrás de lo más indiscutible. El humor resulta incómodo, porque
pone en entredicho cualquier respuesta que nosotros tendemos a
considerar definitiva, es decir, definitivamente tranquilizadora.
Resulta incómodo, pero saludable. En materia de religión el humor
viene a demostrar a los creyentes cuan frágil es, cuan
inconsistente, no sólo la base de su montaje racional, sino
también la techumbre de ese edificio donde ellos buscan vanamente
protegerse contra el formidable estruendo de la risa de Dios. (y
termina el párrafo, citando el dicho judío:) El hombre piensa,
Dios ríe.
Muy al
principio de su carrera, en Los Artículos desarticulados, escribió:
"El humor es
un agua con algo de lágrimas, experiencia dolorosa pasada por el
cerebro y el corazón, cargada de inteligencia y muchísima ternura".
Es indisimulable la ternura que él siente por sus personajes hasta
cuando, con humor, refleja el pensamiento imbécil de aquellos
cortesanos de Versalles para quienes el campo es sólo el lugar
"donde los pájaros están crudos".
En el equilibrio entre inteligencia y ternura, esfuerzo y placer, rigor
y generosidad, ingenio y precisión, está toda su literatura. Todo
su estilo. Todo su humor. Todo él. (B. H.).
Los pensadores
que se asoman a su obra, admiran su profundidad, y a la vez, la
exactitud de su lenguaje, siempre medido, melodioso, preciso,
siempre adornado de ese humor sabio, que les lleva a llamarle el
Chesterton español.
Y no hay duda
que tiene sus parecidos:
En la dedicatoria de Señora Nuestra se cita a Chesterton con esta frase
que vuelve de revés lo que consideraríamos correcto: "Lo que es
digno de ser hecho, es digno de ser mal hecho".
Un reflejo de
eso puede ser el título: "Palabras son amores", porque siempre
hemos entendido que "Amores son las obras".
No es infrecuente que a una frase le dé la vuelta y en su nueva
situación, aún diciendo lo mismo, lo dice de modo mucho más
agresivo, comprometido y cortante:
Cuando
recordamos el mandamiento del amor al prójimo en su versión más
conocida, citando incluso, su antigüedad y su cuna, el Levítico
(19,18): "amar al prójimo como a sí mismo", probemos de decir en
vez de: "ama al prójimo como te amas tú",
"ámate como amas al
prójimo", y veremos cómo lo mismo es totalmente diferente.
Un maestro
como Cabovevilla, que dominaba todos los recursos del lenguaje,
manejaba todas las figuras literarias con un dominio y una soltura
admirables, hace juegos de palabras, llenos de gracia, de
sabiduría, y de enjundiosos mensajes.
No me puedo
resistir a señalar, aunque sea muy de paso su libro: Carta abierta a un señor Obispo, que es una visión crítica, pero llena
de amor a una Iglesia que, como todos, soñaba más perfecta.
Es sabido,
aquí mismo se ha señalado en su momento, que dos de sus compañeros
del Seminario de Pamplona, Javier Osés y José María Conget fueron
Obispos. También Antonio Montero, compañero de estudios en Roma.
No sé con qué
motivo se escribió este estudio por encargo de Ediciones 99 SA, el
año 1974.
Es, como todos
los suyos, un escrito inteligente, ingenioso y sutil,
particularmente incisivo en el asunto de Iglesia-Estado, pero me
voy a fijar en algo más superficial, para terminar esta breve
alusión al humor que impregna todos sus escritos.
Empieza, ya en
su primera página, remontándose a las clases de Lógica, para citar
las llamadas locuciones contradictorias, los famosos "Oxímoron": círculo cuadrado, silencio ensordecedor, instante eterno, pero a
esos ejemplos clásicos, añade alguno de su propia invención y
cosecha: "Amadísimo Prelado".
Lo que voy a
señalar no es lo central de la obra, es una simple muestra, de
cómo se puede hacer una gran crítica sin herir y dejando en
evidencia, situaciones que no suelen ser tan raras:
"Antigua como
una antigua vestimenta, la Iglesia es también complicada, prolija,
recargada, igual que la indumentaria antigua. Observa, querido
amigo, cuántos aderezos y guarniciones, tunicela, capisayo y
mantelete, frunces y volantes, dónde te dejas el balandrán, cómo
omitir la toga pretexta, y lo que propiamente se llaman perifollos,
garambainas y perendengues.
Traduce: qué
hacer, Señor, con tantas ordenanzas, calendarios, rescriptos,
constituciones, curias, monitorios, cautelas, dicasterios,
congruas y sinodales. Son elementos que en sastrería se denominan
exactamente, 'cortapisas'. Tú me dirás cómo se puede caminar con
tanto ajuar encima. Para el otoño próximo se anuncia una
declaración de la jerarquía sobre los graves sucesos de la semana
pasada."
Carta abierta
a un señor Obispo es la obra número 17 de su bibliografía:
En la postrera
de sus obras, y además póstuma, Orar con las cosas, para
desmitificar ciertas figuras, dice en su página 34, en el capítulo
titulado El Damero: "Cada día el señor Obispo escribe cinco cartas
y recibe cuatro visitas, el resto del tiempo anda buscando las
gafas".
Gran
escritor de estilo original.
Pasamos a decir una
palabra sobre su estilo literario:
Se ha dicho
que el estilo es el uso inteligente y apasionado de la
expresividad y ésta la forma "el comportamiento anómalo y
excepcional de la lengua, desviado del estándar comunicativo, por
móviles estético-comunicativos".
La expresividad literaria es propiedad del ingenio verbal, patrimonio
de muy pocos escritores.
Para entendernos, dice B. Hernando, tratando de salirse de tecnicismos:
"la inmensa mayoría de los hablantes y escribientes, usan el
idioma como autómatas, acudiendo sólo a los recursos establecidos
por la costumbre. Quienes escapan de esa automatización son
llamados escritores.
Dijimos en
otro lugar que Cabodevilla es un escritor de raza, que utilizó
todos y cada uno de los recursos de la expresividad literaria.
Hay en su
escritura, en su estilo, una pasmosa coherencia. Todo él está en
su primer libro y desde el primero al último se va desgranando la
misma batería de ingenio verbal.(B.H.).
No quiero
insistir en algo evidente y tan fácil de comprobar, asomándose a
cualquiera de sus obras.
Mercedes Salisachs,
una gran admiradora.
Pero sí deseo dejar
constancia de la admiración de Mercedes Salisachs, que le
descubrió en su primer libro, "San Josecho a lápiz", y, prendada
de su prosa prodigiosa, le leyó fielmente hasta el final de sus
obras, convencida de que estaba leyendo al mejor escritor
contemporáneo de lengua castellana.
Ella se expresa así:
"No escribía
para triunfar. Su triunfo era ejercer la humildad. Humildad tan
flagrante como importante era su obra. Encaminada también a ayudar,
a enseñar, a apoyar y a reflexionar.
... Sus grades
conocimientos y su envidiable erudición siempre se enfocaban
hacia un realismo espiritual, que nunca dejaba de pisar firme en
tierra.
Todo eso y
mucho más era lo que caracterizaba a quien para mí ha sido el
mejor escritor contemporáneo de España.
Un escritor
que supo "decir", sin herir susceptibilidades, las mayores bajezas
de la condición humana.
No especifica sus palabras, pero puede servir de ejemplo, entre muchos, lo que
se lee en la última de sus obras, Orar con las cosas, capítulo,
dedicado a LA AGUJA, página 38:
"¿Quién no ha oído hablar de promiscuidad? Dentro de ese edificio, un piso con
derecho a cocina. En ese piso alquilado, una habitación
realquilada. En esta habitación cada noche hay que plegar la mesa
y las sillas para extender los colchones. Un colchón donde marido
y mujer tratan de comportarse con cierta discreción, ya que en el
colchón de al lado duermen sus dos hijos, hijo e hija. Papá, ¿qué
quiere decir promiscuidad? En este segundo colchón los hijos
engendrarán muy pronto un nieto".
Hace falta
mucha delicadeza y finura para poder decir estas verdades tan
crudas y ásperas sin escandalizar, mucha destreza en el manejo de
la lengua, para decirlo casi sin decirlo, pero diciéndolo, porque
el mal no está en que se diga, sino en que se produzcan
situaciones que obliguen a decirlo.
Termino con Mercedes Salisachs, para coincidir con ella, que también yo lo he
echado en falta en la Real Academia y en muchos foros doctos.
Dice Mercedes:
"José María Cabodevilla lo comprendió todo. Por eso no vacilaba en
convertir ese 'todo' en un camino hacia Dios. Sin alharacas ni
grandes alardes intelectuales ni retorcidas filosofías, pero con
ese don tan preclaro que sólo los grandes pensadores y maestros
literarios son capaces de exponer.
Maestro
espiritual.
En la vida de José María Cabodevilla y en la fortuna de poder sacar todo el
fruto a sus talentos de escritor, tuvo que ver su providente
encuentro con Monseñor Morcillo, arzobispo de Zaragoza, que
primero lo pidió prestado al Arzobispo Olaechea de Pamplona y
luego se lo llevaría a Madrid en 1964, dándole el encargo de
dedicarse ministerialmente, de modo exclusivo a leer y escribir.
Joaquín L.
Ortega al comentar que, por esa circunstancia, el arzobispo
Morcillo tenía bien ganado el privilegio de ser el único que había
prologado un libro suyo, (Señora Nuestra), olvida que fue también
el mismo Arzobispo quien introdujo con una nota de presentación la
obra Hombre y Mujer del mismo autor, si bien esta nota parece
compuesta con algunos recortes de aquella primera presentación.
En todo caso,
muy bien merecido, porque dedicar a José María a escribir fue uno
de los grandes aciertos de la vida del Arzobispo Morcillo.
Cuenta Don
Antonio Montero, que cuando un grupito de amigos acompañaron a
Cabodevilla a la Sacramental de San Justo para darle sepultura,
decidieron que el epitafio que mejor señalaba la trayectoria de su
vida era: José María Cabodevilla, sacerdote de Jesucristo.
El dijo de sí
mismo una de las pocas veces que habló de su persona: "me interesa
aclarar una cosa: soy u |