Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

27 septiembre 2007

 

 

 

DIOS PADRE


 

Formación Permanente 2007

 

 

 

 

 

7


DIOS EN LA LITERATURA

 

 

(Publicamos la mayor parte de la ponencia, omitiendo algunos fragmentos más familiares, como las referencias al P. Ollers o al P. Lizarbe, la biografía de Cabodevilla o la invitación final a la lectura, que publicaremos aparte más adelante)

 

 

No fue fácil fijar el tema

 

La poesía en general es un mar sin orillas. La obra misma de un solo poeta, tampoco es fácil de reducir a síntesis, porque cada vida puede abastecer de temas, para alimentar varias tesis.

 

Eso en cuanto al campo. Descubrir la presencia de Dios en la poesía es más simple.

 

Es evidente, que si la poesía es tal, no es preciso consumir mucho tiempo en demostrar que Dios está por medio.

 

La belleza es uno de los atributos de Dios, como es una de las notas trascendentales del ser, según se nos enseñó en Filosofía: "ens, unum, verum, bonum et pulchrum convertuntur".

 

Que la poesía sea una de las expresiones más bellas del arte, tampoco admite discusión.

 

Si la poesía, bella en sí misma, proclama la belleza, -y eso lo cumple por definición- directa o indirectamente, canta a Dios.

 

Lo veremos de paso en alguno de los ejemplos que vamos a citar, si bien no pensamos detenernos en la poesía, tal como explicaremos a la vuelta de pocas  páginas.

 

Es evidente que en este campo, como en todos, también la mediocridad quiere púlpito y existe poesía de garrafa, como existen poetas de "todo a cien", pero de eso no hablamos.

 

Una poesía profana, que para nada cite a Dios, pero esté inspirada en algún valor, escrita en versos sonoros, musicales, cadenciosos, bien medidos, proclamada con sentimiento, dicha con el corazón, lleva a Dios, como el irrumpir de la aurora, como  un suave atardecer, como la grandiosidad de la tormenta, o sus réplicas en pintura o en música.

 

Un ejemplo al azar, nos lo sirve León Felipe:

 

"¡ Q

pena

si este camino

fuera

de muchísimas

leguas

y siempre

se repitieran

las mismas

cuestas,

las mismas

praderas,

los mismos rebaños,

las mismas recuas,

los mismos pueblos,

las mismas ventas!...

¡Qué

pena

si esta vida

tuviera

esta vida

nuestra

mil años

de existencia!...

¿Quién la haría hasta el fin

llevadera?

¿Quién la soportaría toda

sin protestas?...

¿Quién lee diez siglos en la Historia

y no la cierra

al ver las mismas cosas siempre

con distinta fecha?...

Los mismos hombres,

las mismas guerras,

los mismos tiranos,

las mismas cadenas,

los mismos esclavos,

las mismas protestas,

los mismos farsantes,

las mismas sectas

y los mismos,

los mismos poetas...

 

¡Qué

pena,

qué

pena

que

sea

así todo el tiempo

siempre de la misma manera."

 

 

Mi respuesta, como se irá viendo―, no se ajusta demasiado a la pregunta, quiero decir, al encargo que se me encomendó, porque, aunque he sido lector de todo, no me he especializado en poesía.

 

 

Lector de todo

 

Al declararme lector de todo, quiero confesar desde ahora, que no he sido buen lector.

 

Mis lecturas no se han visto acompañadas del sosiego y la calma que se requieren para leer con provecho.

 

Veinte años de preceptor no dan tranquilidad ni de día ni de noche, ni los días de labor ni los fines de semana, para separar unos ratos en los que apartarse a leer con deleite.

 

Tantas ganas contenidas pueden ser las causantes del desorden de leer con ansia descontrolada, como come sin encontrar satisfacción y hartura quien, a fuerza de padecer hambres, perdió los mecanismos que permiten regular el apetito y comer con templanza.

 

Estaríamos hablando de lectura.

 

Es cierto que la lectura facilita la tarea de escribir y aunque no me he planteado nunca escribir para el público, pero,  en lo que he escrito, principalmente literatura epistolar―, he tratado siempre de ser cuidadoso, aseado, y de expresarme con dignidad y esmero.

 

Siempre en prosa, claro.

 

Es cierto que el comentario que se me encomendó, también se podía fijar en la poesía, pero me iba a encontrar menos cómodo.

 

 

¿Qué es la poesía?

 

Antes de proseguir, dejemos dicho que la poesía es modo  de expresión delicadísimo y muy subido, gracia que toca el espíritu de muy pocos, arte que los mismos privilegiados que lo disfrutan,  no saben muy bien decir en qué consiste.

 

Se pueden conocer todas las figuras literarias y definirlas e ilustrarlas con ejemplos: una sinalefa, una epanadiplosis, un retruécano, incluso un calambur, y se pueden hacer meritorios esfuerzos trabajando en ello, pero no pasarán, como alguien ha dicho con acierto: "de un entretenimiento como hacer ejercicios de tiro, con más pulso que imaginación", pero no hay que confundir la poética con la poesía.

 

La poesía es lo que queda cuando se han derrumbado todos los andamiajes que le daban aparente sustento.

 

Es de nuevo León Felipe:

 

"Deshaced ese verso.

Quitadle los caireles de la rima,

el metro, la cadencia

y hasta la idea misma...

 

Aventad las palabras...

 y si después queda algo todavía,

eso

será la poesía.

 

¿Qué

importa

que la estrella

esté remota

y deshecha

la rosa?

Aún tendremos

el brillo y el aroma."

 

Eso misterioso, inasible, esa finura que las palabras, más que decir, permiten adivinar, eso será la poesía, algo así decimos de la Divinidad, que está, que se intuye, que se experimenta, que no se deja ver, pero que se siente con una certeza que aventaja en seguridad a los mejores argumentos que empleamos cuando nos movemos en otros campos.

 

La Divinidad por definición nos trasciende y nuestra mente, también por nuestra condición de criaturas, no puede abarcar la comprensión de la inmensidad del ser. He leído en algún lado que el mejor tratado sobre Dios será el que exprese con mayor énfasis que Dios es incomprensible. Ante eso nuestra razón en su empeño de comprenderlo, es como un cesto de mimbre para acarrear agua. El agua se derrama, pero algo de humedad queda en los mimbres.

 

La poesía, con sus metáforas y sus finas figuras, nos acerca un poco a ese mundo misterioso de lo asombroso y fascinante.

 

Los poetas y también los teólogos tienen poco recorrido, por encontrar muy pronto los caminos de la razón cortados, cuando se trata de hablar directamente de Dios, cuya esencia es inabarcable, pero pueden y lo han hecho con acierto, dirigir oraciones a Dios, tanto de súplica como de agradecimiento y alabanza, alimentando con ello muy sabrosa poesía.

 

Muestran a Dios indirectamente, cuando cantan a la creación y sobre todo al hombre, principalmente desde la Encarnación y desde que Jesús dijo: "El Padre y yo somos uno", o cuando respondió a Felipe: "quien me ve a mí, ve al Padre...", porque las acciones de Jesús son revelación de Dios y lo que Jesús obra, es manifestación del modo de actuar de Dios Padre.

 

Por otra parte, Jesús se identificó de tal modo con el hombre, que su misión, su amor a la humanidad, consistió en hacer humano lo inhumano y más humano lo humano.

 

Desde que Dios se fundió con nuestra condición, en lo más profundamente humano de lo humano está nuestra semejanza con Dios.

 

Caso aparte son los que, además de poetas son santos, aquellos cuya inspiración arranca del amor, los que conocen a Dios por el único camino por el que se puede llegar a Él como indicaba san Juan (1 Jn. 4,7): "el que ama, conoce a Dios".

 

Por esos derroteros han hecho camino muchas plumas fecundas. Nuestra abundante y rica literatura mística es buen ejemplo.

 

 

Seleccionado tema

 

Antes de decidirme por la muestra de algún autor, para orientar estas líneas, quiero expresar que hice varios tanteos.

 

Pensé en Rabindranath Tagore, a quien leí en la juventud y en quien se encuentran muchos y profundos parecidos con san Juan de la Cruz.

 

Pero, aunque internet es ventana que permite asomarse a todos los campos, no estoy acostumbrado a trabajar con esa herramienta, (tampoco mi vista lo toleraría), y lo deseché.

 

Pensé en Pemán, alimento también de lecturas juveniles. Ahí también la vena y la veta religiosas saltan a la vista.

 

Cómo no recordar los versos del Divino Impaciente, cuando nos emocionaba con aquellas prisas de Javier, que no le permitían apartarse un poco del camino para saludar y despedir a su madre y, cuando Mascareñas notaba que al atardecer le brillaban los ojos y le preguntaba si se encontraba mal, disimulaba su llanto, diciendo que le molestaba un poco la ventisca.

 

Nos emocionaba en aquellos tiempos, cuando nuestros compañeros, quizá alguno de vosotros, "en un frágil barco, se engolfaban en la mar y decían un adiós a la patria, pensando que podía ser el último".

 

En aquellos tiempos de heroísmo nos emocionaba Pemán:

 

"Yo he visto al Padre que traje

desde Roma, maravillas.

Cuando de allí, a Portugal

con mi séquito venía,

pasamos, allá en Navarra,

casi por la puerta misma

del Castillo de Javier

donde su madre tenía.

 

 Yo le advertí que con sólo

detener la comitiva

breves horas, abrazarla

sin dificultad podía,

pues era fácil que nunca

la viera más en la vida.

 

'La eternidad es muy larga

me dijoy llevamos prisa'

Y aguijó la mula coja

que desde Roma traía.

 

Pero yo, Ataide, vi luego

que cuando el sol se ponía,

quebraba su luz en algo

que le brillaba en la vista.

 

Como yo le preguntaba

con sencillez me decía:

¡Es que me lloran un poco

los ojos con la ventisca!"

 

Es hermoso aunque no sea cierto, porque cuando Javier pasó por Fuenterrabía, su madre hacía 11 años que había fallecido, en 1529. No cabía tal despedida.

 

El P. José Enrique Ruiz de Galarreta en su obrita "La huella de Javier", escrita con motivo del Quinto Centenario (el año pasado), señala que el no acercarse a sus familiares a su paso a Portugal en 1540, pudo deberse a que ellos no asumieron nunca la renuncia de Javier a la canonjía de la Catedral de Pamplona, que hubiera servido para levantar la quebrantada economía familiar y para recobrar el antiguo prestigio perdido por los Jasso Azpilcueta.

 

En cualquier caso, por las mismas razones que Rabindranath, la obra de Pemán tendría que rastrearla en Internet, lo que me resultaba incómodo.

 

Nuestros místicos también ofrecían materia sugestiva, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León.

 

Incluso buenos poetas modernos, que he seguido algo, como León Felipe, interpretan versos de esos clásicos.

 

Puede ser buen ejemplo esta glosa de L. Felipe a los versos de Fray Luis:

 

"Y dexas, Pastor santo,

Tu grey en este valle hondo, escuro..."

 

"Aquí vino... (habla León Felipe)

y se fue.

Vino, nos marcó nuestra tarea

y se fue.

Tal vez detrás de aquella nube

hay alguien que trabaja

lo mismo que nosotros,

y tal vez las estrellas

no son más que ventanas encendidas

de una fábrica

donde Dios tiene que repartir

una labor también.

Aquí vino

y se fue.

Vino, llenó nuestra caja de caudales

con millones de siglos y de siglos,

nos dejó una caja de herramientas

y se fue.

Él que lo sabe todo,

sabe que estando solos

sin dioses que nos miren

trabajamos mejor.

Detrás de ti no hay nadie, nadie,

ni un maestro, ni un amo, ni un patrón.

Pero tuyo es el tiempo. El tiempo y esa gubia

con que Dios comenzó la creación."

 

Un tiempo leímos también a un poeta religioso, que acabó no siéndolo, debido a la influencia de Alberti, Neruda y otros escritores de izquierda.

 

A Miguel Hernández le conocimos, sobre todo, por la elegía a la muerte de Ramón Sijé.

 

La aparición de esta pieza, suscitó la admiración de prestigiosos hombres de letras como Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset y otros.

 

Hay en su producción otras composiciones de mérito, pero hoy nos fijamos sólo en la faceta religiosa, que fue intensa al principio, influenciado, tal vez, por Ramón Sijé y que acabó cambiando de postura, de proyección.

 

Son famosos sus poemas religiosos en la revista el "Gallo en Crisis" de Orihuela, de los que el crítico José María  de Cossío dice:

 

Aquella revista católica a la que dio aliento y tono principalmente Ramón Sijé, el malogrado escritor a quien Miguel Hernández dedicara su conmovedora elegía, llegó a publicar hasta seis números y en todos colaboró nuestro poeta Miguel.

 

Estas poesías pertenecen al período  juvenil y católico del poeta de Orihuela, con los tres sonetos a María Santísima y otros escritos de un trasfondo acentuadamente conservador.

 

Extrañamente no cita el auto sacramental.

 

Son famosos sus versos eucarísticos:

 

"¡Tú! que has sacado a Dios de los Trigales

Candeal y redondo".

 

Otra alusión a la Eucaristía se da, cuando se queja de las huelgas y dirige sus severos reproches por el abandono del cultivo de la vid y del trigo y la quema de cosechas, hechos no infrecuentes en el 1934:

 

"se cosecha ceniza,

parva de llamaradas

en la sagrada Forma de la Era."

 

En la fiesta del Corpus de 1934 escribía:

 

"cereal geometría de la tierra,

la celeste sustancia,

oculta su presencia

en una sombra blanca".

 

Estos otros versos cantan la hermosura de María:

 

"¡ Oh elegida ! por Dios antes que nada.

Reina del Alba; Propia del zafiro,

nieta de Adán, creada en el retiro

de la virginidad siempre increada."

 

 

Elijo José María Cabodevilla.

 

Pero, mostradas estas muestras, valga la redundancia,  suficientes para dejar atendida la invitación a este encargo, la doy por obedecida, para expresar en lo que me resta, mi impresión sobre un autor, que no es poeta, pero que es escritor de una prosa prodigiosa, escritor íntegramente religioso, de quien no se conocen en su amplia bibliografía escritos profanos, autor cuya pluma sólo escribió de Dios y del hombre, reconocido maestro espiritual, a pesar de su tendencia al retiro y a huir de la notoriedad, autor de quien conozco todos sus libros, de quien he leído todos sus libros, alguno más de una vez y de quien tengo casi todos los libros, la mayor parte a mano, para hacer, si fuera preciso, una consulta.

 

No voy a hacer una tesis doctoral, sino una visión rápida, insinuando algunos puntos, animando a leer alguna de sus obras, porque son buena fuente donde abrevar la curiosidad de las más altas y espirituales aspiraciones.

 

Porque los que tenemos que hablar, debemos de vez en cuando leer un poco y este es maestro de confianza. Quedaréis prendados de su ingenio, de su agudeza, de su inteligencia y a la vez de su delicadeza y finura.

 

Vamos a decir unas palabras de José María Cabodevilla.

 

 

Comienza la producción literaria.

 

Aunque su paso por el Seminario fuera tan fugaz, no puede caber duda de su pertenencia a la diócesis de Pamplona, pues, terminados sus estudios, fue destinado por el Arzobispo Olaechea a la parroquia de San José de Oroz Betelu, de la que tomó posesión el 31 de Agosto de 1953.

 

En ella permaneció dos años y en ese escenario nació la primera de sus obras, San Josecho a lápiz en 1955.

 

Fue en esa fecha cuando el Arzobispo Olaechea lo cedió a Monseñor Morcillo, arzobispo de Zaragoza, quien en 1964 lo llevó definitivamente a Madrid, encomendándole el encargo de dedicarse ministerialmente a leer y escribir.

 

Ya en Zaragoza, adonde se acercó para disponer de la importante biblioteca mariana de El Pilar, escribió en 1957 Señora Nuestra que marcaría la pauta de su fecunda producción posterior. Tenía 28 años.

 

A los 34 años publicó Cristo Vivo, otro gran libro que le muestra como gran conocedor de las Sagradas Escrituras. Se le había encargado una Vida de Jesús, pero él, como dice el subtítulo de la obra: "Vida de Cristo y vida cristiana", escribe una larga meditación que responde personalmente a la pregunta: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?".

 

 

El escritor.

 

En el homenaje al P. Schökel que antes hemos mencionado dice Cabodevilla: "El P. Alonso disfrutaba de las palabras, cada una de las cuales tiene su música, su historia, su colorido y su textura. A Schökel le gustaban las palabras lo mismo que a otros les gustan  otras cosas."

 

De él dice Bernardino Hernando:

 

"José María Cabodevilla tiene el estilo de un escritor de raza, que puede decir con Faulkner: 'las palabras son mi comida y mi bebida'.

Es un escritor verdadero y puro, sólo escribía y escribía solo.

Como artista literario tenía algo de artesano, por su amor a las palabras, por el mimo con que las trata, por la minuciosidad con que las engarza y por la pasión con que las maneja y se deja manejar por ellas. En las palabras hay un espesor histórico, compuesto por todos los hablantes que nos han precedido y al que el buen uso añade, con los días, nuevo peso".

 

Carro Celada señala que en Señora Nuestra se descubre, además de lo importante que es Nuestra Señora, algunas de las aficiones de Cabodevilla y las palabras que a él le gustan.

 

Es una cita larga, pero es una página deliciosa, que vale la pena escuchar. Se encuentra en Señora Nuestra, en el capítulo titulado: "Señora de las cosas".

 

"El mundo está bien hecho. Porque lo hizo Dios. Porque Dios sigue permaneciendo en el mundo. Porque, merced a Él, hay belleza. La belleza es una señal de la presencia de Dios aquí abajo. Una prueba apologética. Y un regalo del Padre. Todo. El agua. ¡Hay tantas cosas hermosas ¡ Sentir la lluvia azotando el rostro. Oír los grifos de casa, abiertos todos a la vez, un día de verano, después de un penoso viaje. Ver las mangas de riego funcionando en los jardines. Beber distintas aguas y saber apreciar. Oler la tierra mojada. El agua, Señor. Y la madera. Y las formas geométricas puras y armoniosas, reposadas, el cono y el octaedro y todas, para tenerlas delante y verlas muchas veces y aprender sosiego. Las calles llovidas. El sol que entraba por la ventana, durante la clase de griego. La ternura áspera, paterna, avergonzada de los hombres. La mar y unos pinos altos, con poco viento. Las palabras, la palabra 'noticia', o 'membrillo', o 'sabiduría'. La tormenta. Un cuaderno con buenos dibujos. La vajilla delicada. Los números, la única pureza. El sol en los charcos, Las frutas. Una raqueta de tenis. Los ademanes pausados, las frases correctas, cordiales. Oír el tren a lo lejos, a medianoche. El amor sereno, fuerte y vigilante. La sombra de los toldos, la sombra del nogal, la sombra del monasterio, la buena sombra. Un jersey confortable. Saber silbar bien. La respiración tranquila, acompasada, de los hijos, mientras duermen. Una edición impresa en tipos nobles, muy cuidados, con amplio margen y decoro. Las viñas, por la tarde. Las luces de los tranvías, a través de la niebla.

 

Mantel blanco. La suave presión de la escopeta en la mejilla. Una prosa limpia, sencilla, castigada. El vuelo de las gaviotas. Contemplar los troncos ardiendo en la chimenea. El saludable y excitante olor de la calle, olor de pescado, de pan, de brea, de cuero. El recuerdo de la abadía de María Laach, para dar sentido y equilibrio a la vida. La mañana de Reyes. Una pelota de colores en la playa. Los caballos. Los aviones. Una manta sobre las piernas. Los trajes vistosos de esquiar, sobre la nieve. Tomar con suerte una curva cerrada en moto. La madera. La buena música.(...) La música. El mundo está bien hecho. Hay cosas espléndidas, sencillas, cosas magníficas...

 

A continuación citará a San Pablo en (1 Cor. 3, 22-23): "Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo y Cristo de Dios".

 

Todas las cosas fueron creadas al servicio del hombre. Por eso el cristiano no puede despreciar el mundo, tiene que acogerlo en su espíritu y acabarlo, completar en este mundo lo que falta a la redención de Jesucristo.

 

Cómo sonaba, qué clara, qué persuasiva, la voz de Pío XII en aquella mañana de Todos los Santos de 1950. Era una fina plegaria a Nuestra Señora de Asunción. Una oración impregnada de alegría, de aceptación del mundo, de reconocimiento de todo lo bello: "E noi, poveri peccatori, noi a cui il corpo appesantisce il volo dell´ anima, vi supplichiamo di purificare i nostri sensi, affinché apprendiamo, fin da quaggiù, a gustare Iddio, Iddio solo, nell´incanto delle creature".

 

A lo largo de su obra son frecuentes las alusiones a las cosas por las que siente predilección. En el Cielo con palabras terrenas dirá: "Si se me permite una confidencia personal, diré que para mí el cielo tiene que estar hecho todo de madera".

 

En todo caso hemos tratado de presentar una muestra de la elegancia y buen gusto de una sensibilidad.

 

 

Amor a la tierra.

 

En sus escritos hay algunas notas muy características suyas, como por ejemplo,  las alusiones a la tierra, a la que siempre profesó un no disimulado cariño.

 

En la dedicatoria del Pato Apresurado dirá que: "la humanidad se divide en dos grandes mitades, los que son navarros y los que desearían serlo". El que no dejó ninguna figura literaria sin usar, tenía que emplear esta hipérbole, que viene a ser la versión a aquellas tierras de lo que entre nosotros se dice, cuando dividimos el mundo en "Mallorca i fora Mallorca". Son frases simpáticas sin mayores malicias ni peores intenciones. Son modos cariñosos de decir, de ponderar el aprecio por los valores caseros.

 

Cabodevilla hace mención frecuente en sus escritos de lugares y personas conocidos.

 

Cuando en El Cielo con palabras terrenas, número 43, propone un cartel para hacer propaganda del cielo, dice:

 

"Me pregunto cómo tendría que ser un cartel destinado a hacer propaganda del cielo. Para empezar, se necesitaría la colaboración de un teólogo, un técnico en publicidad, un experto en historia de los símbolos, un niño, un pintor abstracto y otro hiperrealista, un actor, un psicosociólogo, un hombre feliz, un hombre desgraciado, un especialista en Mozart, un visionario y, finalmente, un campesino del Baztán en el papel de objetor."

 

En el Pato Apresurado, página 101 al describir el regreso del indiano Valentín Yoldi Esparza, que vuelve a los 82 años de Argentina, cargado de plata, para acabar sus días en su natal San Martín de Unx, dice:

 

El corazón elabora su propia geografía, dulce, disparatada e imperiosa. No sabía, por supuesto, cuál es exactamente en kilómetros cuadrados la extensión de Navarra. El sabía otras cosas: por ejemplo, que no hay en el mundo universo cerezas como las de Echauri, ni zuritas como las de Baztán por San Fermín Chiquito, ¿Y qué me dices de las torcaces de Echalar?

 

A continuación da la receta para preparar un sabroso plato inolvidable, que tiene que ser servido con vino tinto Plandenes de Cascante.

 

En La Jirafa tiene ideas muy elevadas, despide el viaje que ha hecho con el Sr. Deiró de Madrid a Barcelona con otra mención de la tierra:

 

"Próxima estación Sans. No, yo bajo en Gracia, me cae más cerca del hotel. ¿Se quedará muchos días en Barcelona? ¿El viernes, dice usted?, ¿ en el Talgo de la tarde?. Entonces vamos a coincidir de nuevo. Por mi parte, encantado. Recuérdeme que tengo que decirle algo más sobre la risa de Dios, concretamente sobre ciertos ecos de esa risa (sólo son ecos, por supuesto) que alguna vez se dejan oír en el Valle de Aézkoa, en Navarra, si sopla viento sur y si el año es bisiesto. ¿De acuerdo? Es usted muy amable, señor Deiró".

 

Otra faceta de Cabodevilla es que, a fuerza de estar atento a la vida y a sus mil detalles que no escapan a un fiel observador, sus escritos están salpicados de innumerables anécdotas, que ilustran los temas que expone, ganan la atención del lector y suelen acompañarse de saludables moralejas.

 

Al modo como Jesús dijo: "Yo soy la Luz", y también dijo: "Vosotros sois la luz.  De tal modo brillen vuestras obras buenas que glorifiquen al Padre que está en los cielos".

 

Se podría decir también que Jesús sembró de milagros su lucha contra el mal.

 

Los milagros son propios de Dios, que puede suspender las leyes naturales, o, como diría Cabodevilla repitiendo a San Agustín, lo que nosotros conocemos de las leyes naturales. Hay que decir que en varios lugares, Cabodevilla ha recurrido al verdadero sentido del milagro como lo "asombroso".

 

En todo caso Cabodevilla dice que Dios nos hace partícipes de la capacidad de obrar milagros, que en principio, serían cosa exclusiva suya.

 

Así cuenta algo que a él le contaron:

 

"He oído que en una Oficina de Correos de Valencia, se recibió no hace mucho, una carta con este destinatario: 'San Antonio de Padua, en el cielo'. Tal vez por un exceso de curiosidad, tal vez por si el contenido daba más detalles acerca de una dirección que no figuraba en ningún casillero, el oficial de turno abrió el sobre. La carta venía firmada por un obrero en paro, el cual pedía al santo diez mil pesetas, que necesitaba urgentemente. Allí mismo los empleados de la oficina hicieron una colecta y recogieron ocho mil, que acto seguido fueron enviadas al remitente. Unos días más tarde llegó otra carta con la misma dirección y la misma firma: decía así: 'San Antonio bendito, yo sabía que tú me ayudarías, pero ten cuidado otra vez que te pidan dinero, porque en Correos se han quedado con dos mil de las diez mil que me enviaste'".

 

Cabodevilla es hombre de fe seria, profunda, recia, que en sus escritos muestra una gran confianza en Dios, pero al tiempo que se confiesa creyente, no comete el error de ciertos predicadores que casi prometen a sus oyentes que podrán tocar las llagas del resucitado.

 

Habla del cielo con gran esperanza, pero no oculta la dureza del dolor.

 

En la introducción a su obra El Cielo con palabras terrenas cita a Bertrand Russell quien cuenta que, a una señora que acababa de perder a su hija joven, alguien le preguntó qué pensaba que había sido de ella. Creo, - respondió, - que estará gozando de Dios en el cielo, pero preferiría que no me hablase de cosas tan desagradables.

 

No deja de poner el foco en quienes se fijan en los demás para ver en ellos lo que podrían descubrir más cerca si se miraran a sí mismos.

 

Alguien fue al médico para decirle:

 

Dr., mi hermano está loco, dice que es una gallina.

¿Por qué no lo internáis en algún centro?

Porque necesitamos los huevos.

 

En su libro La memoria es un árbol, pág. 75, cap. V, apartado 5, habla de aquel predicador que, desesperado porque no podía conseguir la atención de la feligresía, fue a consultar con su Obispo, que además era orador sagrado de gran prestigio.

 

El Obispo le aconsejó que comenzara sus alocuciones con algo fuerte que impactara al auditorio.

Mañana es la fiesta de la Inmaculada. Empieza de un modo parecido a éste:

 

"Estoy enamorado de una mujer, que además está casada. Su nombre es María."

A partir de ahí, cuando ya los hayas cautivado, puedes fácilmente mantener la atención.

 

Al día siguiente, el buen hombre se plantó ante su público y les dijo:

 

"Ayer me dijo el señor Obispo que está enamorado de una mujer. Recuerdo bien que me dijo que está casada, pero no puedo recordar su nombre."

 

A la hora menos pensada te sale con una ocurrencia que hace que la lectura, siempre densa, a pesar de ser atractiva, estéticamente perfecta, rica en imaginación y en conceptos, se mantenga llena de interés, sin decaer nunca.

 

 

El humor en la obra de Cabodevilla.

 

Pero no caigamos en el error de pensar que se trata de un señor que se dedicó a contar chistes.

 

Las anécdotas a lo largo de las 33 obras, riquísimas en contenidos, permanentemente mantenidos página tras página, son simplemente un poquito de sal para sazonar mucha sabiduría.

 

Lo que sí es destacable y admirado por sus lectores, es el sentido del humor que recorre todos sus escritos, pero eso es una muestra más de que fue un hombre dotado de una inteligencia poco común, trabajada implacablemente,  y a eso es lo que hay que poner atención en su obra, porque sin esa clave del humor, difícilmente podría entenderse nada.

 

A ello dedicó una de sus obras La Jirafa tiene ideas muy elevadas y siguiendo ese escrito, su amigo y periodista, maestro de periodismo, Bernardino Hernando, hace un análisis del que saco estos breves apuntes:

 

"El humor es una forma de pensar y de sentir. Sólo tienen humor los sabios, es decir, los humildes." Si todos podemos estar al cabo de la calle, José María estaba siempre al cabo de la ciudad entera. El "humor, - escribió él, - es una concepción de la vida y de la muerte, el humor es una manera de vivir y de morir."

 

Sin la clave del humor difícilmente podría entenderse la importante obra de este hombre.

 

Es el humor lo que hace valientes, audaces y comprometidos sus libros.

 

Así habla él en La Jirafa:

 

"¡El humor es subversivo, porque hace preguntas impertinentes, porque señala los agujeros, porque muestra lo absurdo detrás de lo que parece razonable, lo ridículo detrás de lo más solemne, lo incierto detrás de lo más indiscutible. El humor resulta incómodo, porque pone en entredicho cualquier respuesta que nosotros tendemos a considerar definitiva, es decir, definitivamente tranquilizadora. Resulta incómodo, pero saludable. En materia de religión el humor viene a demostrar a los creyentes cuan frágil es, cuan inconsistente, no sólo la base de su montaje racional, sino también la techumbre de ese edificio donde ellos buscan vanamente protegerse contra el formidable estruendo de la risa de Dios. (y termina el párrafo, citando el dicho judío:) El hombre piensa, Dios ríe.

 

Muy al principio de su carrera, en Los Artículos desarticulados, escribió:

 

"El humor es un agua con algo de lágrimas, experiencia dolorosa pasada por el cerebro y el corazón, cargada de inteligencia y muchísima ternura".

 

Es indisimulable la ternura que él siente por sus personajes hasta cuando, con humor,  refleja el pensamiento imbécil de aquellos cortesanos de Versalles para quienes el campo es sólo el lugar "donde los pájaros están crudos".

 

En el equilibrio entre inteligencia y ternura, esfuerzo y placer, rigor y generosidad, ingenio y precisión, está toda su literatura. Todo su estilo. Todo su humor. Todo él. (B. H.).

 

Los pensadores que se asoman a su obra, admiran su profundidad, y a la vez, la exactitud de su lenguaje, siempre medido, melodioso, preciso, siempre adornado de ese humor sabio, que les lleva a llamarle el Chesterton español.

 

Y no hay duda que tiene sus parecidos:

 

En la dedicatoria de Señora Nuestra se cita a Chesterton con esta frase que vuelve de revés lo que consideraríamos correcto: "Lo que es digno de ser hecho, es digno de ser mal hecho".

 

Un reflejo de eso puede ser el título: "Palabras son amores", porque siempre hemos entendido que "Amores son las obras".

 

No es infrecuente que a una frase le dé la vuelta y en su nueva situación, aún diciendo lo mismo, lo dice de modo mucho más agresivo, comprometido y cortante:

 

Cuando recordamos el mandamiento del amor al prójimo en su versión más conocida, citando incluso, su antigüedad y su cuna, el Levítico (19,18): "amar al prójimo como a sí mismo", probemos de decir en vez de: "ama al prójimo como te amas tú", "ámate como amas al prójimo", y veremos cómo lo mismo es totalmente diferente.

 

Un maestro como Cabovevilla, que dominaba todos los recursos del lenguaje, manejaba todas las figuras literarias con un dominio y una soltura admirables, hace juegos de palabras, llenos de gracia, de sabiduría, y de enjundiosos mensajes.

 

No  me puedo resistir a señalar, aunque sea muy de paso  su libro: Carta abierta a un señor Obispo, que es una visión crítica, pero llena de amor a una Iglesia que, como todos, soñaba más perfecta.

 

Es sabido, aquí mismo se ha señalado en su momento, que dos de sus compañeros del Seminario de Pamplona, Javier Osés y José María Conget fueron Obispos. También Antonio Montero, compañero de estudios en Roma.

 

No sé con qué motivo se escribió este estudio por encargo de Ediciones 99 SA, el año 1974.

 

Es, como todos los suyos, un escrito inteligente, ingenioso y sutil, particularmente incisivo en el asunto de Iglesia-Estado, pero me voy a fijar en algo más superficial, para terminar esta breve alusión al humor que impregna todos sus escritos.

 

Empieza, ya en su primera página, remontándose a las clases de Lógica, para citar las llamadas locuciones contradictorias, los famosos "Oxímoron": círculo cuadrado, silencio ensordecedor, instante eterno, pero a esos ejemplos clásicos, añade alguno de su propia invención y cosecha: "Amadísimo Prelado".

 

Lo que voy a señalar no es lo central de la obra, es una simple muestra, de cómo se puede hacer una gran crítica sin herir y dejando en evidencia, situaciones que no suelen ser tan raras:

 

"Antigua como una antigua vestimenta, la Iglesia es también complicada, prolija, recargada, igual que la indumentaria antigua. Observa, querido amigo, cuántos aderezos y guarniciones, tunicela, capisayo y mantelete, frunces y volantes, dónde te dejas el balandrán, cómo omitir la toga pretexta, y lo que propiamente se llaman perifollos, garambainas y perendengues.

 

Traduce: qué hacer, Señor, con tantas ordenanzas, calendarios, rescriptos, constituciones, curias, monitorios, cautelas, dicasterios, congruas y sinodales. Son elementos que en sastrería se denominan exactamente, 'cortapisas'. Tú me dirás cómo se puede caminar con tanto ajuar encima. Para el otoño próximo se anuncia una declaración de la jerarquía sobre los graves sucesos de la semana pasada."

 

Carta abierta a un señor Obispo es la obra número 17 de su bibliografía:

 

En la postrera de sus obras, y además póstuma, Orar con las cosas,  para desmitificar ciertas figuras, dice en su página 34, en el capítulo titulado El Damero: "Cada día el señor Obispo escribe cinco cartas y recibe cuatro visitas, el resto del tiempo anda buscando las gafas".

 

 

Gran escritor de estilo original.

 

Pasamos a decir una palabra sobre su estilo literario:

 

Se ha dicho que el estilo es el uso inteligente y apasionado de la expresividad y ésta la forma "el comportamiento anómalo y excepcional de la lengua, desviado del estándar comunicativo, por móviles estético-comunicativos".

 

La expresividad literaria es propiedad del ingenio verbal, patrimonio de muy pocos escritores.

 

Para entendernos, dice B. Hernando, tratando de salirse de tecnicismos: "la inmensa mayoría de los hablantes y escribientes, usan el idioma como autómatas, acudiendo sólo a los recursos establecidos por la costumbre. Quienes escapan de esa automatización son llamados escritores.

 

Dijimos en otro lugar que Cabodevilla es un escritor de raza, que utilizó todos y cada uno de los recursos de la expresividad literaria.

 

Hay en su escritura, en su estilo, una pasmosa coherencia. Todo él está en su primer libro y desde el primero al último se va desgranando la misma batería de ingenio verbal.(B.H.).

 

No quiero insistir en algo evidente y tan fácil de comprobar, asomándose a cualquiera de sus obras.

 

 

Mercedes Salisachs, una gran admiradora.

 

Pero sí deseo dejar constancia de la admiración de Mercedes Salisachs, que le descubrió en su primer libro, "San Josecho a lápiz", y, prendada de su prosa prodigiosa, le leyó fielmente hasta el final de sus obras, convencida de que estaba leyendo al mejor escritor contemporáneo de lengua castellana.

 

Ella se expresa así:

 

"No escribía para triunfar. Su triunfo era ejercer la humildad. Humildad tan flagrante como importante era su obra. Encaminada también a ayudar, a enseñar, a apoyar y a reflexionar.

 

... Sus grades conocimientos y su envidiable erudición  siempre se enfocaban hacia un realismo espiritual, que nunca dejaba de pisar firme en tierra.

 

Todo eso y mucho más era lo que caracterizaba a quien para mí ha sido el mejor escritor contemporáneo de España.

 

Un escritor que supo "decir", sin herir susceptibilidades, las mayores bajezas de la condición humana.

 

No especifica sus palabras, pero puede servir de ejemplo, entre muchos, lo que se lee en la última de sus obras, Orar con las cosas, capítulo, dedicado a LA AGUJA, página 38:

 

"¿Quién no ha oído hablar de promiscuidad? Dentro de ese edificio, un piso con derecho a cocina. En ese piso alquilado, una habitación realquilada. En esta habitación cada noche hay que plegar la mesa y las sillas para extender los colchones. Un colchón donde marido y mujer tratan de comportarse con cierta discreción, ya que en el colchón de al lado duermen sus dos hijos, hijo e hija. Papá, ¿qué quiere decir promiscuidad? En este segundo colchón los hijos engendrarán muy pronto un nieto".

 

Hace falta mucha delicadeza y finura para poder decir estas verdades tan crudas y ásperas sin escandalizar, mucha destreza en el manejo de la lengua, para decirlo casi sin decirlo, pero diciéndolo, porque el mal no está en que se diga, sino en que se produzcan situaciones que obliguen a decirlo.

 

Termino con Mercedes Salisachs, para coincidir con ella, que también yo lo he echado en falta en la Real Academia y en muchos foros doctos.

 

Dice Mercedes: "José María Cabodevilla lo comprendió todo. Por eso no vacilaba en convertir ese 'todo' en un camino hacia Dios. Sin alharacas ni grandes alardes intelectuales ni retorcidas filosofías, pero con ese don tan preclaro que sólo los grandes pensadores y maestros literarios son capaces de exponer.

 

 

Maestro espiritual.

 

En la vida de José María Cabodevilla y en la fortuna de poder sacar todo el fruto a sus talentos de escritor, tuvo que ver su providente encuentro con Monseñor Morcillo, arzobispo de Zaragoza, que  primero lo pidió prestado al Arzobispo Olaechea de Pamplona y luego se lo llevaría a Madrid en 1964, dándole el encargo de dedicarse ministerialmente, de modo exclusivo a leer y escribir.

 

Joaquín L. Ortega al comentar que, por esa circunstancia, el arzobispo Morcillo tenía bien ganado el privilegio de ser el único que había prologado un libro suyo, (Señora Nuestra), olvida que fue también el mismo Arzobispo quien introdujo con una nota de presentación la obra Hombre y Mujer del mismo autor, si bien esta nota parece compuesta con algunos recortes de aquella primera presentación.

 

En todo caso, muy bien merecido, porque dedicar a José María a escribir fue uno de los grandes aciertos de la vida del Arzobispo Morcillo.

 

Cuenta Don Antonio Montero, que cuando un grupito de amigos acompañaron a Cabodevilla a la Sacramental de San Justo para darle sepultura, decidieron que el epitafio que mejor señalaba la trayectoria de su vida era: José María Cabodevilla, sacerdote de Jesucristo.

 

El dijo de sí mismo una de las pocas veces que habló de su persona: "me interesa aclarar una cosa: soy u