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DIOS PADRE
Formación Permanente 2007

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LA EXPERIENCIA DE DIOS EN LA LITURGIA
Introducción
1. La experiencia religiosa cristiana
es un acontecimiento interpersonal en el que intervienen tres
actores: las tres Personas divinas, el individuo y la comunidad.
En ella, pues, se da una sinergia en la que cada uno tiene
experiencia de todos. La experiencia de Dios en la liturgia está
protagonizada por estos tres mismos actores; por eso es, a la vez,
personal y comunitaria, hace recia la propia fe y afianza la
comunión con el cuerpo de los creyentes con una impronta
trinitaria.
2. La experiencia litúrgica de la
Trinidad es inseparable de la confesión de fe; lo expresa el
clásico axioma de Próspero de Aquitania (s. IV) lex orandi, lex
credendi. Participa en la celebración quien ha aceptado la fe
apostólica -el Credo- que le ha sido predicada: la
experiencia litúrgica de Dios está mediatizada por la fe eclesial.
Ahora bien, la experiencia litúrgica tiene una tal densidad que se
convierte en testimonio y en norma de la fe de la comunidad.
3. Por otra parte, la experiencia
litúrgica está relacionada con la práctica de la vida cristiana -a
la que el Catecismo de la Iglesia Católica llama bellamente
vivir en Cristo-, a la oración personal y a la historia como
ámbito dónde vivo y celebro mi fe desde mi relación íntima con
Dios. Estos factores nos muestran que la experiencia de Dios en la
liturgia es una "experiencia relativa", aunque la liturgia sea la
cumbre y la fuente de la actividad de la Iglesia (SC 10). En
efecto, no todo puede esperarse de la liturgia (SC 12), por más
que sea el engarce entre la confesión de fe (ortodoxia) y
la vida (ortopraxis).
4. En la experiencia litúrgica es
preciso distinguir entre:
a) "Liturgia" y "celebración": son dos
conceptos distintos, con sus matices propios, que habitualmente
usamos indistintamente, aunque están, de suyo, inseparablemente
ligados:
- Liturgia: es el culto
cristiano en tanto que actitud vital de escucha y práctica de la
Palabra de Dios, en el seno de la nueva Alianza sellada por la
sangre de Cristo y realizada en la Iglesia, bajo la acción del
Espíritu Santo. Por eso, la liturgia es una de las fuentes de la
espiritualidad y de la vida moral. Los actores de la liturgia son,
pues, la Trinidad y la Iglesia.
- Celebración: es el espacio
donde esta actitud vital se hace acto simbólico, ritual y festivo.
Su actor es la asamblea litúrgica, que implica necesariamente una
comunidad concreta.
Esta distinción nos hace
ver que, en la liturgia, no todo depende de nosotros, sino que hay
que tener en cuenta la acción trinitaria. Es decir, la experiencia
litúrgica de Dios está también mediatizada por su actuación en la
celebración: la liturgia es una experiencia de gracia, del amor de
Dios que se nos comunica.
b) "Experiencia real" y "experiencia
psicológica". La experiencia real es el resultado final, el poso
que deja la celebración litúrgica en nuestro corazón y en la
vivencia de nuestra fe; a menudo permanece oculto y es
imperceptible a corto plazo. La experiencia psicológica es la
sensación, el impacto inmediato que puede provocar la celebración:
emoción, alegría, paz ... e incluso rabia, frustración,
aburrimiento, etc.
La experiencia real suele evidenciarse
con posterioridad en la reflexión sobre la propia vida ante los
acontecimientos-nudo: una boda, una profesión religiosa, una
ordenación, etc. En todo caso, hay que tener en cuenta también el
tema de la aridez o sequedad espiritual (no siento nada) y
de la distracción (no puedo concentrarme), que atraviesan a
menudo nuestra experiencia litúrgica.
5. La clave de
inteligencia de la liturgia es el Reino de Dios, presente ya en la
realidad y en la celebración bajo el velo de los símbolos. En el
"hoy" la liturgia es experiencia real, prenda, aunque balbuciente,
del Reino que está en vías de plenitud. Los sacramentos son
nuestra experiencia más densa del Reino en la fase actual de la
economía salvífica, de manera que, cuando el Reino llegue a su
consumación, los sacramentos ya no serán necesarios. Así, pues, en
la liturgia, se vive y se pretende vivir con más intensidad lo que
es el Reino de Dios, según nos lo dibuja el prefacio de la
solemnidad de Cristo Rey: El reino de la verdad y la vida, el
reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y
la paz.
En este
contexto, cabe tener en cuenta la experiencia de Dios en la
liturgia de las otras religiones, que son caminos por los que gran
parte de la humanidad se prende en la marcha del Reino (LG 16); la
Pascua del Señor da valor salvador a estas religiones. Así, pues,
no podemos recluirnos en nuestra experiencia litúrgica cristiana
de Dios como si fuera la única posible y digna de tener en cuenta;
las "semillas del Verbo" están esparcidas fuera de las fronteras
visibles de la Iglesia Católica y de su liturgia.
En suma, en la liturgia tenemos
experiencia del Dios liberador -del Dios-Pascua- que camina junto
a su pueblo en su itinerario hacia su casa. Esta experiencia es lo
que da sentido a la liturgia; de lo contrario, ésta se convierte
en una manifestación del poder del clero y de sus grupos afines,
como el protocolo que, en palabras de Jordi Pujol, es la
"escenificación del poder".
Cabe decir que el ministerio que cada
uno ejerce en la celebración incide en la experiencia de Dios que
se tiene en ella, a pesar de que hay una experiencia básica -que
yo entendería en términos de filiación y de hermandad-, compartida
por todos los participantes en la liturgia.
i. espacios de articulación
de la experiencia de dios en la liturgia
a) Los sacramentos: son los signos de
la Presencia del Resucitado en el camino del Reino, y tienen su
origen en los gestos salvadores de Jesús durante su vida terrena,
que su Iglesia continúa.
b) La liturgia de las horas: nos
muestra un Dios encarnado en el tiempo, que salva en la única
historia humana, que "jamás duerme y siempre vigila" (Ps 120,4). Y
nosotros correspondemos a su vigilancia paternal orando sin cesar,
como nos mandó Jesús.
c) Los sacramentales: nos hacen
vislumbrar un Dios presente en las cosas de cada día, un Dios
cotidiano, ocupado en las pequeñas cosas de los hombres, un Dios
comprometido con las realidades más simples, pero que tienen
alguna densidad humana.
d) Los lugares de la celebración: las
verdaderas piedras del templo de Dios son los cristianos, pero a
menudo las piedras materiales hablan. Nuestro Dios se deja atrapar
para ser más cercano, y nos habla a través de la belleza del arte
y del ingenio humano.
ii. características
específicas de la experiencia de dios en la liturgia
1. Una experiencia simbólica
En la actualidad es necesario llamar la
atención sobre la trascendencia de los símbolos en la experiencia
cristiana en general. A menudo los entendemos como simples
ilustraciones de lo que pensamos y decimos; y hacemos como si lo
importante fuese que hubiera muchos, simplemente seguidos, sin
articulación alguna.
No obstante, los símbolos tienen una
gran densidad humana (pregnancia): no solamente "expresan",
sino que también "constituyen" y vertebran a la persona humana; la
moldean.
En el caso de la experiencia litúrgica
de Dios, los símbolos son las vías por las que Dios se muestra, se
comunica y se encarna en la humanidad, dando valor a la
corporeidad y a la materialidad como epifanía y lugar de encuentro
con el Dios trascendente:
"El plan de la revelación se realiza
con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de forma
que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación
manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por
las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y
esclarecen el misterio contenido en ellas" (DV 2).
El nº 2 de la DV nos da pistas sobre el
papel del simbolismo litúrgico en la relación con Dios:
a) Su contexto es la autorrevelación
amorosa de Dios a la humanidad, y no el mundo ideal de las ideas
(Platón). Los símbolos litúrgicos nos remiten a un Ser personal,
que tiene la voluntad de salvarnos y de que entremos en comunión
con Él:
"Dios invisible, habla a los hombres
como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos, para
invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía"
(DV 2).
b) Mediante los símbolos, es Dios mismo
quien se nos hace presente en la celebración, haciendo pasar ante
nosotros "toda su bondad" (Ex 33,19) y estableciendo con nosotros
un diálogo. La liturgia es, pues, un acontecimiento dialogal en el
que Dios nos comunica sus entrañas de salvación y nosotros le
comunicamos a Él nuestra adhesión vital a su palabra y a su
proyecto -el Reino-, y también nuestros gozos y esperanzas,
nuestras tristezas y angustias (cfr. GS 1), es decir, le
presentamos nuestra existencia toda para que sea transfigurada por
la Pascua. La liturgia no es un movimiento unilateral de abajo
hacia arriba. El doble sentido de la bendición es una prueba de
ello: recibimos la bendición del Padre por el Hijo en el Espíritu,
y nuestra alabanza -nuestro "bien-decir" de Dios- se dirige al
Padre por el Hijo en el Espíritu.
Por tanto, los símbolos litúrgicos no
expresan primordialmente "valores" (amistad, amor, justicia,
paz...), sino que muestran una realidad personal, la de Dios y la
nuestra; si acaso, engendran dichos valores en orden a la
construcción del Reino. De esta manera, para entrar cabalmente en
este mundo simbólico que es la liturgia, es preciso tener fe en
este Dios personal; de ahí que, quienes no la tienen, no pueden
participar en la celebración, ¡ni siquiera por motivos de
protocolo o por solidaridad! Naturalmente, esto no significa que
haya que echar a nadie de nuestra asamblea litúrgica, sino que
debemos tener claro que uno acude a ellas movido por la fe que nos
suscita la llamada del Señor mediante la predicación de su
Palabra. Los cristianos no somos gente con una idéntica opinión o
que compartimos unos valores semejantes, sino que tenemos una sola
fe.
Por otra parte, los símbolos litúrgicos
están jerarquizados; los hay más densos y menos densos, aunque
todos remiten a la Pascua. Algunos de entre los más significativos
son:
- el agua: muestra el poder regenerador
y vivificador de Dios;
- el pan y el vino: dan fe del poder de
comunión de Dios, que nos hace una sola cosa con él y entre
nosotros, haciéndonos participar de su propia vida y misión;
- la luz: revela el poder iluminador y
guiador de Dios;
- el aceite: evoca el poder sanador de
Dios, capaz de reorientar mi vida.
En todo caso, es necesaria
una iniciación al simbolismo litúrgico, que es un cometido que
corresponde a la catequesis -mistagogía-, porque no es
cierto que los símbolos hablen por sí mismos; su expresividad está
inscrita en un contexto determinado y en el seno de un grupo de
iniciados en los "misterios". Quienes se inician, deben recorren
un camino jalonado por etapas, para que sea posible una verdadera
asimilación personal de lo que los símbolos contienen y
significan. Y la iniciación simbólica corre pareja a la iniciación
a la oración personal, donde el cristiano trabaja, confirma y
ensancha su íntima relación con el Dios viviente del que ha hecho
memoria en comunidad celebrando los sacramentos:
"Con todo, la participación en la
sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto, el
cristiano, llamado a orar en común debe, no obstante, entrar
también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún, debe
orar sin tregua, según enseña el Apóstol" (SC 12).
La categoría de "misterio" vertebra la
experiencia simbólica de Dios en la liturgia. Ordinariamente,
entendemos por "misterio" lo que está oculto, lo desconocido, que
nos atrae o nos produce rechazo o miedo, incluso con un cierto
morbo. El misterio se termina cuando es desvelado.
En cambio, entendemos aquí por
"misterio" lo inabarcable e inagotable; éste es el sentido del
simbolismo litúrgico. Nosotros no hemos contemplado a Dios cara a
cara, pero Jesús nos lo ha revelado: Dios es Amor (1Jn 4,8). Él
mismo, Jesús, es "imagen de Dios invisible" (Col 1,15) y por Él
sabemos cómo actúa Dios: como un abbá (Mt 6,9). Y conocemos sus
planes: el Reino.
Lo que subraya el simbolismo litúrgico
es que Dios es mayor que nosotros, que actúa soberanamente con su
poder transformador en la persona humana de una manera ilimitada.
Además, otro aspecto del misterio de Dios es que actúa en lo
escondido de nuestro ser, más allá de nuestra conciencia refleja.
De este misterio se desprende que, en
la liturgia, no todo depende de nosotros en orden a su eficacia;
no basta que la celebración esté bien preparada para que nos
provoque un impacto espiritual. A veces, las que han sido
preparadas apresuradamente nos tocan el corazón. Esto significa
que -y ésta es la actitud clave ante el misterio que acontece ante
nosotros- en las celebraciones tenemos que "abandonarnos",
"dejarnos llevar" y "hacer" por Dios que se nos comunica por medio
de los símbolos.
2. Una experiencia objetiva
Entendemos por "experiencia objetiva"
lo opuesto a lo meramente individual (una experiencia sólo mía),
porque sería una experiencia intransferible; y también por lo
opuesto a lo meramente psicológico (sólo lo pienso yo o
así se me ocurre), porque podría tratarse de algo irracional,
de un sueño, de un brote de locura. De hecho, la primera acusación
que se hace a los místicos y a los profetas es que están locos.
Cuando hablamos de "experiencia
objetiva" de Dios en la liturgia, nos referimos a una experiencia
que se puede discernir, evaluar, compartir y aquilatar a partir de
una serie de elementos objetivadores.
El primero de ellos es la confesión de
la Trinidad que se nos ha revelado en la Palabra de Dios y a la
que invocamos frecuentemente en la liturgia: nos santiguamos en su
nombre, y nos dirigimos a ella en las oraciones. Pero sobre todo
es la Trinidad quien actúa, misteriosamente, en la celebración
transformando los corazones de los participantes e incidiendo en
la humanidad y en la creación.
Otro elemento objetivador de nuestra
experiencia litúrgica de Dios es la comunidad, el marco donde
celebramos la salvación. Esto significa, para empezar, una manera
de celebrar que se remonta al Señor mismo: "Lo que yo recibí del
Señor, y a mi vez os he transmitido..." (1Cor 11,23). Se trata de
una tradición constituida por palabras, gestos, símbolos, ritos y
textos que cada generación se apropia, recrea y enriquece desde su
lugar de encarnación. La comunidad confronta nuestra vivencia de
Dios y nuestra manera de celebrar; este control de calidad no sólo
corresponde al ministerio ordenado, porque todos formamos el
Cuerpo de Cristo.
Sin la comunidad celebrante, la
experiencia de Dios se desvanece en los pliegues de mi "yo",
corriendo el riesgo de convertirme en un "iluminado". Y esto vale
también para los ministros ordenados, que no sólo están "al
frente" de la comunidad, sino también dentro de ella. Quienes han
recibido el sacramento del orden, tienen el peligro de entenderse
a sí mismos como un grupo autosuficiente, que todo lo sabe y a
nadie precisa; es una forma insidiosa de idolatría.
La comunión litúrgica con la comunidad
va más allá del mero cumplimiento de las normas litúrgicas:
empieza y termina en el amor concreto. La liturgia nos enseña a
amar a mis "concelebrantes" y a ser solidarios con ellos.
La Palabra proclamada en la liturgia es
otro criterio objetivante de mi experiencia de Dios. La Palabra
expresa lo que Dios "piensa" sobre la humanidad, revelado por
Jesús:
"En la Sagrada Escritura, pues, se
manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la
admirable condescendencia de la sabiduría eterna, "para que
conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación
de palabra ha usado teniendo providencia y cuidado de nuestra
naturaleza". Porque la palabra de Dios expresada con lenguas
humanas se ha hecho semejante al habla humana, como en otro tiempo
el Verbo del Padre eterno, tomada la carne de la debilidad humana,
se hizo semejante a los hombres" (DV 13).
La palabra divina "tiene vida y poder.
Es más aguda que cualquier espada
de dos filos; penetra hasta lo más íntimo de la persona, y somete
a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hb
4,12). En este sentido, no tengo inconveniente en que se lean otro
tipo de textos en determinadas celebraciones, incluso provenientes
de otras tradiciones religiosas. Pero la preeminencia absoluta
debe ser para la Sagrada Escritura; es la experiencia de la
Iglesia desde sus orígenes. Ya decía san Jerónimo: "el
desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo". Y
con la Biblia en la mano, no podremos celebrar cualquier cosa; por
ejemplo, la guerra o el aniquilamiento de los pobres.
Finalmente, nosotros celebramos a una
Persona viva y viviente, Jesucristo, y no los ciclos de la
naturaleza, acontecimientos míticos o un conjunto de valores. Él
es el eje de la liturgia, el celebrante principal:
"Para realizar una obra tan grande,
Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la
acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea
en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por el ministerio
de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz»,
sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con
su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza,
es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando
se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está
presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el
mismo que prometió: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos» [...]. Con razón, pues, se
considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a
su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo
Místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y los miembros, ejerce
el culto público íntegro" (SC 7).
La liturgia es una acción de Cristo, y
sus gestos, palabras y actitudes dan valor objetivo a nuestra
celebración.
Desde esta perspectiva, la categoría de
"memorial" es la clave de la objetividad de la liturgia. El
"memorial" no es un simple recuerdo de Jesús, como si lo
evocáramos como nuestro fundador; o la "representación" pedagógica
de su vida y milagros.
El memorial es la presencia actual de
Él mismo y de su pascua a través de los símbolos, y la
anticipación en ellos del Reino que se consumará cuando Él vuelva.
"Hoy" se hacen presenten el "ayer" y el "mañana"; "éste es el día
en que actuó el Señor" (Ps 117,24). Y esto no depende de nosotros,
sino de su promesa. Por esto la liturgia es una experiencia
objetiva, ya que no depende de nuestra voluntad ni de nuestras
fuerzas, sino del poder vivificante de la pascua del Señor.
Por otra parte, en aras de la
objetividad de la liturgia, es preciso valorar los siguientes
elementos:
a) La iteración: el ritmo ayuda a
interiorizar lo celebrado, convirtiéndolo en hábito y en actitud
de vida;
b) Estar con los demás hermanos: es la
experiencia concreta del Cuerpo de Cristo, que no es una
abstracción, sino que es mi prójimo, con rostros e historias
concretas, con toda su carga vital;
c) La humildad: es descalzarse como
Moisés ante la zarza ardiente; despojarse de seguridades y
suficiencias para que pude escuchar la voz del Amado; es tener
conciencia de hallarme ante algo mayor que yo, ante una
"experiencia liminar", de frontera;
d) Los testigos: son las personas que
me impactan por su profundidad religiosa que se trasluce, con
naturalidad, en pequeños detalles, sin afectación alguna:
cómo oran, cómo están en la celebración, cómo se relacionan con
los hermanos. Muchas veces se trata de gente sencilla y humilde,
pero tocada por la Palabra.
3. Una experiencia gozosa
La fiesta es una dimensión humana
básica, porque rompe con el ritmo de lo diario; de hecho, la
fiesta supone un cierto distanciamiento de lo cotidiano, en aras
de lo gratuito, de lo aparentemente inútil. El homo faber
cede el lugar al homo ludens. La fiesta es el espacio del
juego, donde los símbolos pueden lucir todas sus galas. Sin
fiesta, la persona humana se convierte en una pieza de un gran
mecanismo anónimo.
La categoría de "fiesta" ha sido
recuperada para la liturgia en los últimos decenios, en la
práctica no siempre con la debida densidad. Debemos partir de la
base de que el gozo en la liturgia tiene como raíz la experiencia
de la Pascua del Señor, no la constatación de nuestros propios
éxitos. Por eso mismo, aunque la alegría cristiana debe traducirse
en la liturgia en forma de cantos y danzas, incluso en aplausos,
este gozo es mayormente una dimensión interior que se transluce en
serenidad, por la certeza de que uno está salvado en virtud de la
sangre del Señor. Y así lo celebramos en la liturgia.
Además, la alegría celebrativa de los cristianos es un eco del gozo de los redimidos
del que habla el libro del Apocalipsis (Ap 18,20; 22,3-5). Es la
fiesta de quienes han pasado por la gran tribulación y han lavado
sus túnicas blancas en la sangre del Cordero (Ap 7,14). Por este
motivo, nuestra alegría no es fruto de la frivolidad, la
despreocupación o la inconciencia frente a la dura realidad de la
vida. Al contrario, nosotros cantamos al Señor "en tierra extraña"
(Ps 136,4), desde la cruz y contemplando al Traspasado en los
traspasados; cantamos porque tenemos la certeza de que el Reino
crece en lo oculto como la semilla de mostaza. Acudimos, pues, a
la celebración "cansados del duro bregar" (Unamuno), mas sabiendo
que "los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de
alegría" (Ps 125,5).
La alegría es una obra del
Espíritu Santo que trabaja en nuestros corazones y, por tanto, es
una gracia del Resucitado que nos ama: "Yo os amo como el Padre me
ama a mí; permaneced, pues, en el amor que os tengo [...]. Os
hablo así para que os alegréis conmigo y vuestra alegría sea
completa" (Jn 15,9.11).
Pablo VI, en la exhortación
apostólica Gaudete in Domino (1975), nos advierte que "la
alegría pascual no es solamente la de una transfiguración posible;
es la de una nueva presencia de Cristo resucitado, dispensando a
los suyos el Espíritu para que habite en ellos. Así el Espíritu
Paráclito es dado a la Iglesia como principio inagotable de su
alegría de esposa de Cristo glorificado" (n. 3).
La eucaristía es el espacio
privilegiado donde están presentes y actuantes Cristo y su
Espíritu. Por este motivo, la categoría de "banquete" es la que vertebra la gozosa experiencia de Dios en la liturgia.
La imagen del banquete es usada
frecuentemente en la Escritura: es el lugar de la comunión entre
Dios y su pueblo, y de los miembros de éste entre sí. Por ejemplo,
en las bodas de Caná se anuncia la nueva alianza por la sangre del
Señor (Jn 2,1-12). Y es un banquete lo que nos espera al final de
los tiempos, en la plenitud del Reino (Lc 22,16).
La eucaristía es un banquete donde
Cristo es el anfitrión, el servidor y la propia comida. Y siempre
que queremos reconocernos como discípulos suyos recordamos sus
palabras: "haced esto en memoria mía". Porque "donde dos o más
están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt
18,20).
Esta viva y vivificante presencia del
Señor entre nosotros y la certeza que tenemos de ella, ahuyenta
todo temor y nos abre la fuente del gozo sin medida. Porque, en
definitiva, lo que la liturgia nos quiere transmitir es que no
seguimos a un difunto o a un fantasma, sino a Aquel a quien las
mujeres y los apóstoles vieron, atónitos y llenos de alegría,
después de la resurrección: "¡Maestro!"; "¡Es el Señor"! (Jn
20,16; 21,7). Sí, es Jesús bendito, el Cristo, el Hijo de Dios
vivo (Mt 16,16), el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo
(Jn 1,29), camino, verdad y vida (Jn 14,6), el buen Pastor que nos
conduce a las aguas de la vida (Ps 22,2), que no nos llamó
siervos, sino amigos (Jn 15,15).
La liturgia no es un mero desarrollo
ritual, más o menos bien ejecutado; es encuentro entre Dios y la
persona humana, donde la alegría es el tono: Dios se alegra de
recuperar a quien creía muerto, y nosotros de comprobar que el
Padre no nos abandonó al imperio de la muerte. Gozo por gozo hasta
que le veamos, cara a cara, sin velos, en su casa.
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