Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

13 agosto 2007

 

 

 

DIOS PADRE


 

Formación Permanente 2007

 

 

 

 

 

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LA EXPERIENCIA DE DIOS EN LA LITURGIA

 

 

Introducción

 

1. La experiencia religiosa cristiana es un acontecimiento interpersonal en el que intervienen tres actores: las tres Personas divinas, el individuo y la comunidad. En ella, pues, se da una sinergia en la que cada uno tiene experiencia de todos. La experiencia de Dios en la liturgia está protagonizada por estos tres mismos actores; por eso es, a la vez, personal y comunitaria, hace recia la propia fe y afianza la comunión con el cuerpo de los creyentes con una impronta trinitaria.

 

2. La experiencia litúrgica de la Trinidad es inseparable de la confesión de fe; lo expresa el clásico axioma de Próspero de Aquitania (s. IV) lex orandi, lex credendi. Participa en la celebración quien ha aceptado la fe apostólica -el Credo- que le ha sido predicada: la experiencia litúrgica de Dios está mediatizada por la fe eclesial. Ahora bien, la experiencia litúrgica tiene una tal densidad que se convierte en testimonio y en norma de la fe de la comunidad.

 

3. Por otra parte, la experiencia litúrgica está relacionada con la práctica de la vida cristiana -a la que el Catecismo de la Iglesia Católica llama bellamente vivir en Cristo-, a la oración personal y a la historia como ámbito dónde vivo y celebro mi fe desde mi relación íntima con Dios. Estos factores nos muestran que la experiencia de Dios en la liturgia es una "experiencia relativa", aunque la liturgia sea la cumbre y la fuente de la actividad de la Iglesia (SC 10). En efecto, no todo puede esperarse de la liturgia (SC 12), por más que sea el engarce entre la confesión de fe (ortodoxia) y la vida (ortopraxis).

 

4. En la experiencia litúrgica es preciso distinguir entre:

 

a) "Liturgia" y "celebración": son dos conceptos distintos, con sus matices propios, que habitualmente usamos indistintamente, aunque están, de suyo, inseparablemente ligados:

 

- Liturgia: es el culto cristiano en tanto que actitud vital de escucha y práctica de la Palabra de Dios, en el seno de la nueva Alianza sellada por la sangre de Cristo y realizada en la Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo. Por eso, la liturgia es una de las fuentes de la espiritualidad y de la vida moral. Los actores de la liturgia son, pues, la Trinidad y la Iglesia.

 

- Celebración: es el espacio donde esta actitud vital se hace acto simbólico, ritual y festivo. Su actor es la asamblea litúrgica, que implica necesariamente una comunidad concreta.

 

Esta distinción nos hace ver que, en la liturgia, no todo depende de nosotros, sino que hay que tener en cuenta la acción trinitaria. Es decir, la experiencia litúrgica de Dios está también mediatizada por su actuación en la celebración: la liturgia es una experiencia de gracia, del amor de Dios que se nos comunica.

 

b) "Experiencia real" y "experiencia psicológica". La experiencia real es el resultado final, el poso que deja la celebración litúrgica en nuestro corazón y en la vivencia de nuestra fe; a menudo permanece oculto y es imperceptible a corto plazo. La experiencia psicológica es la sensación, el impacto inmediato que puede provocar la celebración: emoción, alegría, paz ... e incluso rabia, frustración, aburrimiento, etc.

 

La experiencia real suele evidenciarse con posterioridad en la reflexión sobre la propia vida ante los acontecimientos-nudo: una boda, una profesión religiosa, una ordenación, etc. En todo caso, hay que tener en cuenta también el tema de la aridez o sequedad espiritual (no siento nada) y de la distracción (no puedo concentrarme), que atraviesan a menudo nuestra experiencia litúrgica.

 

5. La clave de inteligencia de la liturgia es el Reino de Dios, presente ya en la realidad y en la celebración bajo el velo de los símbolos. En el "hoy" la liturgia es experiencia real, prenda, aunque balbuciente, del Reino que está en vías de plenitud. Los sacramentos son nuestra experiencia más densa del Reino en la fase actual de la economía salvífica, de manera que, cuando el Reino llegue a su consumación, los sacramentos ya no serán necesarios. Así, pues, en la liturgia, se vive y se pretende vivir con más intensidad lo que es el Reino de Dios, según nos lo dibuja el prefacio de la solemnidad de Cristo Rey: El reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, Cuadro de texto:  
el reino de la justicia, el amor y la paz.

 

En este contexto, cabe tener en cuenta la experiencia de Dios en la liturgia de las otras religiones, que son caminos por los que gran parte de la humanidad se prende en la marcha del Reino (LG 16); la Pascua del Señor da valor salvador a estas religiones. Así, pues, no podemos recluirnos en nuestra experiencia litúrgica cristiana de Dios como si fuera la única posible y digna de tener en cuenta; las "semillas del Verbo" están esparcidas fuera de las fronteras visibles de la Iglesia Católica y de su liturgia.

 

En suma, en la liturgia tenemos experiencia del Dios liberador -del Dios-Pascua- que camina junto a su pueblo en su itinerario hacia su casa. Esta experiencia es lo que da sentido a la liturgia; de lo contrario, ésta se convierte en una manifestación del poder del clero y de sus grupos afines, como el protocolo que, en palabras de Jordi Pujol, es la "escenificación del poder".

 

Cabe decir que el ministerio que cada uno ejerce en la celebración incide en la experiencia de Dios que se tiene en ella, a pesar de que hay una experiencia básica -que yo entendería en términos de filiación y de hermandad-, compartida por todos los participantes en la liturgia.

 

 

i. espacios de articulación de la experiencia de dios en la liturgia

 

a) Los sacramentos: son los signos de la Presencia del Resucitado en el camino del Reino, y tienen su origen en los gestos salvadores de Jesús durante su vida terrena, que su Iglesia continúa.

 

b) La liturgia de las horas: nos muestra un Dios encarnado en el tiempo, que salva en la única historia humana, que "jamás duerme y siempre vigila" (Ps 120,4). Y nosotros correspondemos a su vigilancia paternal orando sin cesar, como nos mandó Jesús.

 

c) Los sacramentales: nos hacen vislumbrar un Dios presente en las cosas de cada día, un Dios cotidiano, ocupado en las pequeñas cosas de los hombres, un Dios comprometido con las realidades más simples, pero que tienen alguna densidad humana.

 

d) Los lugares de la celebración: las verdaderas piedras del templo de Dios son los cristianos, pero a menudo las piedras materiales hablan. Nuestro Dios se deja atrapar para ser más cercano, y nos habla a través de la belleza del arte y del ingenio humano.

 

 

ii. características específicas de la experiencia de dios en la liturgia

 

1. Una experiencia simbólica

 

En la actualidad es necesario llamar la atención sobre la trascendencia de los símbolos en la experiencia cristiana en general. A menudo los entendemos como simples ilustraciones de lo que pensamos y decimos; y hacemos como si lo importante fuese que hubiera muchos, simplemente seguidos, sin articulación alguna.

 

No obstante, los símbolos tienen una gran densidad humana (pregnancia): no solamente "expresan", sino que también "constituyen" y vertebran a la persona humana; la moldean.

 

En el caso de la experiencia litúrgica de Dios, los símbolos son las vías por las que Dios se muestra, se comunica y se encarna en la humanidad, dando valor a la corporeidad y a la materialidad como epifanía y lugar de encuentro con el Dios trascendente:

 

"El plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas" (DV 2).

 

El nº 2 de la DV nos da pistas sobre el papel del simbolismo litúrgico en la relación con Dios:

 

a) Su contexto es la autorrevelación amorosa de Dios a la humanidad, y no el mundo ideal de las ideas (Platón). Los símbolos litúrgicos nos remiten a un Ser personal, que tiene la voluntad de salvarnos y de que entremos en comunión con Él:

 

"Dios invisible, habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía" (DV 2).

 

b) Mediante los símbolos, es Dios mismo quien se nos hace presente en la celebración, haciendo pasar ante nosotros "toda su bondad" (Ex 33,19) y estableciendo con nosotros un diálogo. La liturgia es, pues, un acontecimiento dialogal en el que Dios nos comunica sus entrañas de salvación y nosotros le comunicamos a Él nuestra adhesión vital a su palabra y a su proyecto -el Reino-, y también nuestros gozos y esperanzas, nuestras tristezas y angustias (cfr. GS 1), es decir, le presentamos nuestra existencia toda para que sea transfigurada por la Pascua. La liturgia no es un movimiento unilateral de abajo hacia arriba. El doble sentido de la bendición es una prueba de ello: recibimos la bendición del Padre por el Hijo en el Espíritu, y nuestra alabanza -nuestro "bien-decir" de Dios- se dirige al Padre por el Hijo en el Espíritu.

 

Por tanto, los símbolos litúrgicos no expresan primordialmente "valores" (amistad, amor, justicia, paz...), sino que muestran una realidad personal, la de Dios y la nuestra; si acaso, engendran dichos valores en orden a la construcción del Reino. De esta manera, para entrar cabalmente en este mundo simbólico que es la liturgia, es preciso tener fe en este Dios personal; de ahí que, quienes no la tienen, no pueden participar en la celebración, ¡ni siquiera por motivos de protocolo o por solidaridad! Naturalmente, esto no significa que haya que echar a nadie de nuestra asamblea litúrgica, sino que debemos tener claro que uno acude a ellas movido por la fe que nos suscita la llamada del Señor mediante la predicación de su Palabra. Los cristianos no somos gente con una idéntica opinión o que compartimos unos valores semejantes, sino que tenemos una sola fe.

 

Por otra parte, los símbolos litúrgicos están jerarquizados; los hay más densos y menos densos, aunque todos remiten a la Pascua. Algunos de entre los más significativos son:

 

- el agua: muestra el poder regenerador y vivificador de Dios;

- el pan y el vino: dan fe del poder de comunión de Dios, que nos hace una sola cosa con él y entre nosotros, haciéndonos participar de su propia vida y misión;

- la luz: revela el poder iluminador y guiador de Dios;

- el aceite: evoca el poder sanador de Dios, capaz de reorientar mi vida.

 

En todo caso, es necesaria una iniciación al simbolismo litúrgico, que es un cometido que corresponde a la catequesis -mistagogía-, porque no es cierto que los símbolos hablen por sí mismos; su expresividad está inscrita en un contexto determinado y en el seno de un grupo de iniciados en los "misterios". Quienes se inician, deben recorren un camino jalonado por etapas, para que sea posible una verdadera asimilación personal de lo que los símbolos contienen y significan. Y la iniciación simbólica corre pareja a la iniciación a la oración personal, donde el cristiano trabaja, confirma y ensancha su íntima relación con el Dios viviente del que ha hecho memoria en comunidad celebrando los sacramentos:

 

"Con todo, la participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto, el cristiano, llamado a orar en común debe, no obstante, entrar también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún, debe orar sin tregua, según enseña el Apóstol" (SC 12).

 

La categoría de "misterio" vertebra la experiencia simbólica de Dios en la liturgia. Ordinariamente, entendemos por "misterio" lo que está oculto, lo desconocido, que nos atrae o nos produce rechazo o miedo, incluso con un cierto morbo. El misterio se termina cuando es desvelado.

 

En cambio, entendemos aquí por "misterio" lo inabarcable e inagotable; éste es el sentido del simbolismo litúrgico. Nosotros no hemos contemplado a Dios cara a cara, pero Jesús nos lo ha revelado: Dios es Amor (1Jn 4,8). Él mismo, Jesús, es "imagen de Dios invisible" (Col 1,15) y por Él sabemos cómo actúa Dios: como un abbá (Mt 6,9). Y conocemos sus planes: el Reino.

 

Lo que subraya el simbolismo litúrgico es que Dios es mayor que nosotros, que actúa soberanamente con su poder transformador en la persona humana de una manera ilimitada. Además, otro aspecto del misterio de Dios es que actúa en lo escondido de nuestro ser, más allá de nuestra conciencia refleja.

 

De este misterio se desprende que, en la liturgia, no todo depende de nosotros en orden a su eficacia; no basta que la celebración esté bien preparada para que nos provoque un impacto espiritual. A veces, las que han sido preparadas apresuradamente nos tocan el corazón. Esto significa que -y ésta es la actitud clave ante el misterio que acontece ante nosotros- en las celebraciones tenemos que "abandonarnos", "dejarnos llevar" y "hacer" por Dios que se nos comunica por medio de los símbolos.

 

2. Una experiencia objetiva

 

Entendemos por "experiencia objetiva" lo opuesto a lo meramente individual (una experiencia sólo mía), porque sería una experiencia intransferible; y también por lo opuesto a lo meramente psicológico (sólo lo pienso yo o así se me ocurre), porque podría tratarse de algo irracional, de un sueño, de un brote de locura. De hecho, la primera acusación que se hace a los místicos y a los profetas es que están locos.

 

Cuando hablamos de "experiencia objetiva" de Dios en la liturgia, nos referimos a una experiencia que se puede discernir, evaluar, compartir y aquilatar a partir de una serie de elementos objetivadores.

 

El primero de ellos es la confesión de la Trinidad que se nos ha revelado en la Palabra de Dios y a la que invocamos frecuentemente en la liturgia: nos santiguamos en su nombre, y nos dirigimos a ella en las oraciones. Pero sobre todo es la Trinidad quien actúa, misteriosamente, en la celebración transformando los corazones de los participantes e incidiendo en la humanidad y en la creación.

 

Otro elemento objetivador de nuestra experiencia litúrgica de Dios es la comunidad, el marco donde celebramos la salvación. Esto significa, para empezar, una manera de celebrar que se remonta al Señor mismo: "Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez os he transmitido..." (1Cor 11,23). Se trata de una tradición constituida por palabras, gestos, símbolos, ritos y textos que cada generación se apropia, recrea y enriquece desde su lugar de encarnación. La comunidad confronta nuestra vivencia de Dios y nuestra manera de celebrar; este control de calidad no sólo corresponde al ministerio ordenado, porque todos formamos el Cuerpo de Cristo.

 

Sin la comunidad celebrante, la experiencia de Dios se desvanece en los pliegues de mi "yo", corriendo el riesgo de convertirme en un "iluminado". Y esto vale también para los ministros ordenados, que no sólo están "al frente" de la comunidad, sino también dentro de ella. Quienes han recibido el sacramento del orden, tienen el peligro de entenderse a sí mismos como un grupo autosuficiente, que todo lo sabe y a nadie precisa; es una forma insidiosa de idolatría.

 

La comunión litúrgica con la comunidad va más allá del mero cumplimiento de las normas litúrgicas: empieza y termina en el amor concreto. La liturgia nos enseña a amar a mis "concelebrantes" y a ser solidarios con ellos.

 

La Palabra proclamada en la liturgia es otro criterio objetivante de mi experiencia de Dios. La Palabra expresa lo que Dios "piensa" sobre la humanidad, revelado por Jesús:

 

"En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable condescendencia de la sabiduría eterna, "para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha usado teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque la palabra de Dios expresada con lenguas humanas se ha hecho semejante al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres" (DV 13).

 

La palabra divina "tiene vida y poder. Es más aguda que cualquier espada de dos filos; penetra hasta lo más íntimo de la persona, y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hb 4,12). En este sentido, no tengo inconveniente en que se lean otro tipo de textos en determinadas celebraciones, incluso provenientes de otras tradiciones religiosas. Pero la preeminencia absoluta debe ser para la Sagrada Escritura; es la experiencia de la Iglesia desde sus orígenes. Ya decía san Jerónimo: "el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo". Y con la Biblia en la mano, no podremos celebrar cualquier cosa; por ejemplo, la guerra o el aniquilamiento de los pobres.

 

Finalmente, nosotros celebramos a una Persona viva y viviente, Jesucristo, y no los ciclos de la naturaleza, acontecimientos míticos o un conjunto de valores. Él es el eje de la liturgia, el celebrante principal:

 

"Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por el ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» [...]. Con razón, pues, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y los miembros, ejerce el culto público íntegro" (SC 7).

 

La liturgia es una acción de Cristo, y sus gestos, palabras y actitudes dan valor objetivo a nuestra celebración.

 

Desde esta perspectiva, la categoría de "memorial" es la clave de la objetividad de la liturgia. El "memorial" no es un simple recuerdo de Jesús, como si lo evocáramos como nuestro fundador; o la "representación" pedagógica de su vida y milagros.

 

El memorial es la presencia actual de Él mismo y de su pascua a través de los símbolos, y la anticipación en ellos del Reino que se consumará cuando Él vuelva. "Hoy" se hacen presenten el "ayer" y el "mañana"; "éste es el día en que actuó el Señor" (Ps 117,24). Y esto no depende de nosotros, sino de su promesa. Por esto la liturgia es una experiencia objetiva, ya que no depende de nuestra voluntad ni de nuestras fuerzas, sino del poder vivificante de la pascua del Señor.

 

Por otra parte, en aras de la objetividad de la liturgia, es preciso valorar los siguientes elementos:

 

a) La iteración: el ritmo ayuda a interiorizar lo celebrado, convirtiéndolo en hábito y en actitud de vida;

 

b) Estar con los demás hermanos: es la experiencia concreta del Cuerpo de Cristo, que no es una abstracción, sino que es mi prójimo, con rostros e historias concretas, con toda su carga vital;

 

c) La humildad: es descalzarse como Moisés ante la zarza ardiente; despojarse de seguridades y suficiencias para que pude escuchar la voz del Amado; es tener conciencia de hallarme ante algo mayor que yo, ante una "experiencia liminar", de frontera;

 

d) Los testigos: son las personas que me impactan por su profundidad religiosa que se trasluce, con naturalidad, en pequeños detalles, sin afectación alguna: cómo oran, cómo están en la celebración, cómo se relacionan con los hermanos. Muchas veces se trata de gente sencilla y humilde, pero tocada por la Palabra.

 

3. Una experiencia gozosa

 

La fiesta es una dimensión humana básica, porque rompe con el ritmo de lo diario; de hecho, la fiesta supone un cierto distanciamiento de lo cotidiano, en aras de lo gratuito, de lo aparentemente inútil. El homo faber cede el lugar al homo ludens. La fiesta es el espacio del juego, donde los símbolos pueden lucir todas sus galas. Sin fiesta, la persona humana se convierte en una pieza de un gran mecanismo anónimo.

 

La categoría de "fiesta" ha sido recuperada para la liturgia en los últimos decenios, en la práctica no siempre con la debida densidad. Debemos partir de la base de que el gozo en la liturgia tiene como raíz la experiencia de la Pascua del Señor, no la constatación de nuestros propios éxitos. Por eso mismo, aunque la alegría cristiana debe traducirse en la liturgia en forma de cantos y danzas, incluso en aplausos, este gozo es mayormente una dimensión interior que se transluce en serenidad, por la certeza de que uno está salvado en virtud de la sangre del Señor. Y así lo celebramos en la liturgia.

 

Además, la alegría celebrativa de los cristianos es un eco del gozo de los redimidos del que habla el libro del Apocalipsis (Ap 18,20; 22,3-5). Es la fiesta de quienes han pasado por la gran tribulación y han lavado sus túnicas blancas en la sangre del Cordero (Ap 7,14). Por este motivo, nuestra alegría no es fruto de la frivolidad, la despreocupación o la inconciencia frente a la dura realidad de la vida. Al contrario, nosotros cantamos al Señor "en tierra extraña" (Ps 136,4), desde la cruz y contemplando al Traspasado en los traspasados; cantamos porque tenemos la certeza de que el Reino crece en lo oculto como la semilla de mostaza. Acudimos, pues, a la celebración "cansados del duro bregar" (Unamuno), mas sabiendo que "los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría" (Ps 125,5).

 

La alegría es una obra del Espíritu Santo que trabaja en nuestros corazones y, por tanto, es una gracia del Resucitado que nos ama: "Yo os amo como el Padre me ama a mí; permaneced, pues, en el amor que os tengo [...]. Os hablo así para que os alegréis conmigo y vuestra alegría sea completa" (Jn 15,9.11).

 

Pablo VI, en la exhortación apostólica Gaudete in Domino (1975), nos advierte que "la alegría pascual no es solamente la de una transfiguración posible; es la de una nueva presencia de Cristo resucitado, dispensando a los suyos el Espíritu para que habite en ellos. Así el Espíritu Paráclito es dado a la Iglesia como principio inagotable de su alegría de esposa de Cristo glorificado" (n. 3).

 

La eucaristía es el espacio privilegiado donde están presentes y actuantes Cristo y su Espíritu. Por este motivo, la categoría de "banquete" es la que vertebra la gozosa experiencia de Dios en la liturgia.

 

La imagen del banquete es usada frecuentemente en la Escritura: es el lugar de la comunión entre Dios y su pueblo, y de los miembros de éste entre sí. Por ejemplo, en las bodas de Caná se anuncia la nueva alianza por la sangre del Señor (Jn 2,1-12). Y es un banquete lo que nos espera al final de los tiempos, en la plenitud del Reino (Lc 22,16).

 

La eucaristía es un banquete donde Cristo es el anfitrión, el servidor y la propia comida. Y siempre que queremos reconocernos como discípulos suyos recordamos sus palabras: "haced esto en memoria mía". Porque "donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).

 

Esta viva y vivificante presencia del Señor entre nosotros y la certeza que tenemos de ella, ahuyenta todo temor y nos abre la fuente del gozo sin medida. Porque, en definitiva, lo que la liturgia nos quiere transmitir es que no seguimos a un difunto o a un fantasma, sino a Aquel a quien las mujeres y los apóstoles vieron, atónitos y llenos de alegría, después de la resurrección: "¡Maestro!"; "¡Es el Señor"! (Jn 20,16; 21,7). Sí, es Jesús bendito, el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29), camino, verdad y vida (Jn 14,6), el buen Pastor que nos conduce a las aguas de la vida (Ps 22,2), que no nos llamó siervos, sino amigos (Jn 15,15).

 

La liturgia no es un mero desarrollo ritual, más o menos bien ejecutado; es encuentro entre Dios y la persona humana, donde la alegría es el tono: Dios se alegra de recuperar a quien creía muerto, y nosotros de comprobar que el Padre no nos abandonó al imperio de la muerte. Gozo por gozo hasta que le veamos, cara a cara, sin velos, en su casa.

 

 

 


 

 

Gabriel Seguí i Trobat, M.SS.CC.