|
DIOS PADRE
Formación Permanente 2007

2
DIOS ES AMOR. CLAVES DE LECTURA PARA
DESCUBRIR Y VIVIR UNA ANTROPOLOGÍA DEL CORAZÓN
La primera carta encíclica de Benedicto XVI nos sorprendió positivamente, por su afinidad con nuestra
espiritualidad. No en vano ha sido llamada la encíclica del
Corazón de Jesús. Recibimos gozosos este guiño que el papa, sin
saberlo, ha hecho al carisma de nuestra congregación.
En este artículo, que resume la charla
dada durante la semana de Artajona, incidiremos sobretodo en la
antropología del corazón presente en la encíclica, como camino
unitario para, desde el hombre, descubrir la presencia de Dios en
todas las cosas. Al igual que la charla, el género literario de
este artículo responde a lo que podríamos llamar "meditaciones
piadosas": no es un análisis exhaustivo, sino un dejarse tocar por
lo que dice el papa, abrir el corazón, dejar que resuene en
nuestra propia vivencia espiritual, y atrevernos a pensar "desde"
la encíclica, pero también "más allá" de ella.
La unidad del
amor: eros y ágape
"El amor de Dios por nosotros es una
cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas
sobre quien es Dios y quienes somos nosotros" [2]. La dificultad
que se plantea es que, por "amor", entendemos realidades muy
diversas (amor a la patria, amor a la familia, amor a la
profesión...). De manera paradigmática podemos reducir estas
formas de amor a dos: amor humano de pareja, y amor de Dios.
¿Hay relación entre ambas formas de
amor? Para ver la relación entre ambas, el papa analiza dos
términos con los que se ha designado estas dos formas de amor:
eros y ágape.
Eros era la forma con que
preferentemente se hablaba de amor en la cultura helenista. Es el
amor de atracción, el amor que quiere recibir del otro. Es el amor
que se caracteriza de manera especial en la relación de pareja: es
vida, ilusión, deseo, promesa de plenitud.
Ágape es, por el contrario, un amor de
donación. Un amor espiritualizado que supera el deseo, y deviene
entrega gratuita. "Ágape" era una palabra en desuso en la cultura
clásica, pero que el cristianismo rescató y asumió para designar
lo más característico del amor cristiano. Ágape es la palabra más
utilizada en el NT para referirse a amor, mientras que eros es
totalmente desechada.
¿Son dos formas de amor distintas?
¿Opuestas, tal vez? ¿O quizás hay unidad entre ambas formas de
amor? El papa, en contra de una visión dualista que a veces a
parecido tener carta de ciudadanía en el cristianismo, opta por
una visión unitaria: ambas se refieren, bajo distintas acepciones,
al único amor que proviene de Dios:
En el fondo, el amor es una única
realidad, si bien con diversas dimensiones; según los casos, una u
otra puede destacar más. [8]
Esta visión unitaria del amor descansa
sobre tres fundamentos que podemos encontrar a lo largo de la
encíclica:
1. Unidad del sujeto que ama.
Es uno sólo, la misma persona, el que ama y es amado con amor
humano y con amor divino. No podemos separar lo carnal de lo
espiritual: la persona forma una unidad psicosomática:
Si el hombre pretendiera ser sólo
espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia
meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por
el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la
materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra
igualmente su grandeza. El epicúreo Gassendi, bromeando, se
dirigió a Descartes con el saludo: "¡Oh Alma!". Y Descartes
replicó: "¡Oh Carne!" Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el
hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual
forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden
verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo.
Únicamente de este modo el amor -el eros- puede madurar hasta su
verdadera grandeza [5].
2. La unidad del amor en su
fuente: el amor de Dios. La fe Bíblica se caracteriza por que
Dios es Único y Creador de todo. La realidad humana ha sido
querida por Dios, en todas sus dimensiones: también el amor de
eros. Es verdad que este debe trascenderse y purificarse, pero
forma parte de este amor que Dios nos tiene.
El amor es contemplado como un
proceso: eros se transforma en ágape. El papa ve reflejado en el
Cantar de los Cantares:
Según la interpretación hoy
predominante (del Cantar de los Cantares), las poesías contenidas
en este libro son originariamente cantos de amor, escritos quizás
para una fiesta nupcial israelita, en la que se debía exaltar el
amor conyugal. En este contexto, es muy instructivo que a lo largo
del libro se encuentres dos términos diferentes para indicar el
"amor". Primero, la palabra "dodim", un plural que expresa el amor
todavía inseguro, en un estadio de búsqueda indeterminada. Esta
palabra es reemplazada después por el término "ahabá", que la
traducción griega del AT denomina, con un vocablo de fonética
similar, "agapé", el cual, como hemos visto, se convirtió en la
expresión característica para la concepción bíblica del amor. En
oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, este vocablo
expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser
verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter
egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el
amor es ocuparse y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí
mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía
más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está
dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca.
El amor es un proceso,
un camino permenante, como un salir del
yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí [...]
hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el
descubrimiento de Dios. [6]
Es una donación que tiene su máximo
exponente en la cruz de Jesús, en su donación total por amor. Es
precisamente su costado abierto la fuente de donde brota el amor:
podemos amar porque hemos sido amados.
3. La naturaleza sacramental del
amor. El amor humano no es algo desconectado del amor de Dios,
sino su expresión visible, palpable. En el AT el amor humano ha
servido para expresar el amor de Dios: testimonio de esto es el ya
citado libro del cantar de los cantares, y las imágenes esponsales
en algunos de los profetas. En el NT el amor de pareja viene a
expresar la relación entre Cristo y su Iglesia.
¿En qué consiste este dinamismo
sacramental? En considerar el amor humano como "materia" visible y
palpable del amor de Dios significado eficazmente en él. El
Sacramento sin materia no puede existir, no refleja nada. De ahí
la necesidad de superar todo espiritualismo gnóstico que rechaza
lo material. El amor de Dios, si no se expresa sacramentalmente,
no puede llegar a nosotros.
El amor de pareja es la "materia"
sacramental que remite al amor de Dios. No podemos despojar al
sacramento de su materialidad, en contra de toda postura gnóstica
que abogaría por lo simplemente "espiritual". Por este motivo
tiene sentido que un libro como el cantar de los cantares haya
sido incluido como libro inspirado: el amor humano nos remite
"sacramentalmente" al amor de Dios. De ahí también el sentido
profundamente cristiano del matrimonio.
La centralidad del amor concreto de
Dios revelado en el Traspasado
Este proceso unitario que va asumiendo
y purificando el amor humano nos lleva a descubrir el amor de Dios
que ha sido derramado, desde el principio, sobre nosotros. Pero no
es un proceso de abstracción, ni este amor divino es algo etéreo y
puramente espiritual; todo lo contrario, es un amor encarnado,
concreto en la humanidad entregada de Jesús:
La verdadera originalidad del NT no
consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que
da carne y sangre a los conceptos. [12]
La contemplación del Traspasado ocupa
el lugar central de esta encíclica. En el es revelado el amor de
Dios. A la vez, deviene la fuente por la que todos podemos amar, y
el fundamento de lo que será el nuevo mandamiento biunitario: el
amor a Dios y al prójimo como un único amor.
En el Traspasado se descubre este amor
concreto, histórico, entregado de Dios. Es un amor "carnal", ya
que el nos da su "cuerpo". Y como nos movemos en una antropología
unitaria, sabemos que la entrega del cuerpo simboliza la de toda
la persona. De aquí que la expresión de este amor queda
simbolizada en el sacramento de la eucaristía, el cuerpo y la
sangre entregados.
Es el Traspasado el que nos revela la
profundidad de Dios, su dimensión trinitaria. La Trinidad no es
algo pensado filosóficamente, sino un relación de amor descubierta
en la cruz:
"Ves la Trinidad si ves el amor",
escribió san Agustín. En las reflexiones precedentes hemos podido
fijar nuestra mirada sobre el Traspasado (cf Jn 19,37; Zac 12,10),
reconociendo el designio del Padre que, movido por el amor (cf Jn
3,16), ha enviado el Hijo único al mundo para redimir al hombre.
Al morir en la cruz "como narra el evangelista", Jesús "entregó el
espíritu" (cf Jn 19,30), preludio del don del Espíritu Santo que
otorgaría después de su resurrección (cf Jn 20,22). Se cumpliría
así la promesa de los "torrentes de agua viva" que, por la efusión
del Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf Jn
7,38-39). En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que
armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a
los hermanos como Él nos ha amado, cuando se ha puesto a lavar los
pies de sus discípulos (cf Jn 13,1-13) y, sobre todo, cuando ha
entregado su vida por todos nosotros. [19]
La unidad entre amor a Dios y amor
al prójimo
Como hemos podido leer en la cita del
párrafo anterior, el amor del Traspasado nos mueve a amar a
nuestros hermanos: podemos amar porque hemos sido amados. Por eso
el mandamiento nuevo no es una ley más, sino una respuesta
agradecida, una transformación profunda en nuestro ser, que nos
capacita para amar al prójimo.
Desde ahora ya no hay diferenciación
entre ambos mandamientos: no podemos amar a Dios sin amar al
prójimo. El papa cita repetidas veces el capítulo 25 de Mateo:
aquello que hicisteis a uno de estos más pequeños, me lo hicisteis
a mí. Su identificación con el pobre y el que sufre desvela el
profundo sentido de esta unidad en el amor. Lo que está en juego
es la capacidad de amar: quien ama, ama tanto a Dios como al
prójimo. La manera de amar a Dios sigue el mismo dinamismo
sacramental que habíamos contemplado anteriormente: se expresa en
el amor visible al pobre y al necesitado.
Un proceso de ida y vuelta
Estas tres claves de la encíclica nos
muestran un proceso unitario en la revelación del amor que
podríamos caracterizar como un camino de ida y vuelta. En primer
lugar, hay una purificación del amor humano: el eros se trasciende
y es asumido en el ágape, mostrándonos de manera sacramental el
amor que Dios nos tiene. Pero este amor no es algo etéreo, sino
que se concreta en la historia por medio de la encarnación del
Hijo: en su humanidad entregada, descubrimos hasta donde llega su
amor. Finalmente, este amor derramado sobre nosotros, nos
transforma, y se revierte en un camino de retorno: el amor humano
queda transformado. Podríamos decir, saliéndonos algo del texto,
que el mismo eros queda transfigurado: ya no sólo somos seducidos
por la atracción de la belleza de los cuerpos, sino también nos
dejamos seducir por el pobre y el enfermo, descubriendo que es aun
más profunda de lo que pensábamos esta interrelación entre el amor
humano y el amor de Dios. Es un acierto el haber puesto como
modelo de amor al prójimo a la Madre Teresa de Calcuta: ¿acaso no
podemos ver en ella un "eros" transfigurado de tal manera que se
deja seducir por los cuerpos llagados de los leprosos de Calcuta?
Pistas para vivir la plenitud del
amor
En este último apartado, y a modo de
conclusión, resumo cuatro pistas para poder llevar a la práctica
las pistas que la comprensión de esta encíclica puede aportarnos a
nuestra vida diaria, como misioneros de los Sagrados Corazones,
para vivir en plenitud el amor.
1. Integrar la propia historia
afectiva en nuestro itinerario espiritual. Hemos visto que el
amor humano, el amor erótico, es purificado y elevado. Simboliza
el amor entre Dios y su Pueblo, entre Jesús y la Iglesia.
Aprovechar la experiencia de amar y ser amados, desde nuestra
condición celibataria, no como un trauma, sino como una escuela en
el aprendizaje del amor. No seremos capaces de descubrir el amor
de Dios desde posturas rigoristas y frías, sino aprendiendo a ser
afectuosos en nuestras relaciones. De lo que se trata es, en el
fondo, de aprender a amar y ser amados para descubrir en nuestra
vida el amor de Dios. La espiritualidad cálida de los Sagrados
Corazones, esta manera de orar afectuosa que nos dejó el P.
Fundador, van en esta línea.
2. Vivir la dimensión "erótica" del amor en nuestras comunidades. ¡No se asusten! Se trata
simplemente de dejarnos seducir por la comunidad, de buscar y
disfrutar nuestra vida junto con los hermanos. El calor
comunitario, el gusto por estar juntos, gozando de los momentos de
amistad, son el mejor modo de llegar a vivir la comunión fraterna.
Son expresión visible de esta comunión.
3. Fundamentar la búsqueda de
Dios en la humanidad de Jesús y en la experiencia de la Trinidad
en nuestra propia vida. No estamos tocados por un amor etéreo,
impalpable, sino por un amor concreto que se nos ha mostrado en la
humanidad entregada de Jesús. El amor no puede ser verdaderamente
universal si no ha pasado por ese amor concreto, con rostro
propio, que nos ha sido dado en la entrega del hombre Jesús.
Humanidad que, por la resurrección, sigue presente en medio de
nosotros, de manera diversa a su presencia terrena, pero real:
¿acaso no decimos que somos su Cuerpo y que el es la Cabeza de la
Iglesia? ¿Acaso no lo afirmamos como cabeza de toda la Creación?
Es la presencia cósmica de la humanidad resucitada de Jesús, que,
sin perder su identidad histórica (es el mismo Jesús que anduvo en
Galilea) está presente en toda la realidad.
4. Tomarnos en serio
el sacramento del hermano.
Amor a Dios y amor al prójimo es un mismo mandamiento. En el
hermano descubrimos a Jesús, de manera especial en los pobres y
los que sufren, en los Traspasados, en quien descubrimos
sacramentalmente el Traspasado.
|