Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

7 agosto 2007

 

 

 

DIOS PADRE


 

Formación Permanente 2007

 

 

 

 

 

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DIOS ES AMOR. CLAVES DE LECTURA PARA DESCUBRIR Y VIVIR UNA ANTROPOLOGÍA DEL CORAZÓN

 

 

La primera carta encíclica de Benedicto XVI nos sorprendió positivamente, por su afinidad con nuestra espiritualidad. No en vano ha sido llamada la encíclica del Corazón de Jesús. Recibimos gozosos este guiño que el papa, sin saberlo, ha hecho al carisma de nuestra congregación.

 

En este artículo, que resume la charla dada durante la semana de Artajona, incidiremos sobretodo en la antropología del corazón presente en la encíclica, como camino unitario para, desde el hombre, descubrir la presencia de Dios en todas las cosas. Al igual que la charla, el género literario de este artículo responde a lo que podríamos llamar "meditaciones piadosas": no es un análisis exhaustivo, sino un dejarse tocar por lo que dice el papa, abrir el corazón, dejar que resuene en nuestra propia vivencia espiritual, y atrevernos a pensar "desde" la encíclica, pero también "más allá" de ella.

 

 

La unidad del amor: eros y ágape

 

"El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quien es Dios y quienes somos nosotros" [2]. La dificultad que se plantea es que, por "amor", entendemos realidades muy diversas (amor a la patria, amor a la familia, amor a la profesión...). De manera paradigmática podemos reducir estas formas de amor a dos: amor humano de pareja, y amor de Dios.

 

¿Hay relación entre ambas formas de amor? Para ver la relación entre ambas, el papa analiza dos términos con los que se ha designado estas dos formas de amor: eros y ágape.

 

Eros era la forma con que preferentemente se hablaba de amor en la cultura helenista. Es el amor de atracción, el amor que quiere recibir del otro. Es el amor que se caracteriza de manera especial en la relación de pareja: es vida, ilusión, deseo, promesa de plenitud.

 

Ágape es, por el contrario, un amor de donación. Un amor espiritualizado que supera el deseo, y deviene entrega gratuita. "Ágape" era una palabra en desuso en la cultura clásica, pero que el cristianismo rescató y asumió para designar lo más característico del amor cristiano. Ágape es la palabra más utilizada en el NT para referirse a amor, mientras que eros es totalmente desechada.

 

¿Son dos formas de amor distintas? ¿Opuestas, tal vez? ¿O quizás hay unidad entre ambas formas de amor? El papa, en contra de una visión dualista que a veces a parecido tener carta de ciudadanía en el cristianismo, opta por una visión unitaria: ambas se refieren, bajo distintas acepciones, al único amor que proviene de Dios:

 

En el fondo, el amor es una única realidad, si bien con diversas dimensiones; según los casos, una u otra puede destacar más. [8]

 

Esta visión unitaria del amor descansa sobre tres fundamentos que podemos encontrar a lo largo de la encíclica:

 

1. Unidad del sujeto que ama. Es uno sólo, la misma persona, el que ama y es amado con amor humano y con amor divino. No podemos separar lo carnal de lo espiritual: la persona forma una unidad psicosomática:

 

Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. El epicúreo Gassendi, bromeando, se dirigió a Descartes con el saludo: "¡Oh Alma!". Y Descartes replicó: "¡Oh Carne!" Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor -el eros- puede madurar hasta su verdadera grandeza [5].

 

2. La unidad del amor en su fuente: el amor de Dios. La fe Bíblica se caracteriza por que Dios es Único y Creador de todo. La realidad humana ha sido querida por Dios, en todas sus dimensiones: también el amor de eros. Es verdad que este debe trascenderse y purificarse, pero forma parte de este amor que Dios nos tiene.

 

El amor es contemplado como un proceso: eros se transforma en ágape. El papa ve reflejado en el Cantar de los Cantares:

 

Según la interpretación hoy predominante (del Cantar de los Cantares), las poesías contenidas en este libro son originariamente cantos de amor, escritos quizás para una fiesta nupcial israelita, en la que se debía exaltar el amor conyugal. En este contexto, es muy instructivo que a lo largo del libro se encuentres dos términos diferentes para indicar el "amor". Primero, la palabra "dodim", un plural que expresa el amor todavía inseguro, en un estadio de búsqueda indeterminada. Esta palabra es reemplazada después por el término "ahabá", que la traducción griega del AT denomina, con un vocablo de fonética similar, "agapé", el cual, como hemos visto, se convirtió en la expresión característica para la concepción bíblica del amor. En oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, este vocablo expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca.

 

El amor es un proceso,

 

un camino permenante, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí [...] hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios. [6]

 

Es una donación que tiene su máximo exponente en la cruz de Jesús, en su donación total por amor. Es precisamente su costado abierto la fuente de donde brota el amor: podemos amar porque hemos sido amados.

 

3. La naturaleza sacramental del amor. El amor humano no es algo desconectado del amor de Dios, sino su expresión visible, palpable. En el AT el amor humano ha servido para expresar el amor de Dios: testimonio de esto es el ya citado libro del cantar de los cantares, y las imágenes esponsales en algunos de los profetas. En el NT el amor de pareja viene a expresar la relación entre Cristo y su Iglesia.

 

¿En qué consiste este dinamismo sacramental? En considerar el amor humano como "materia" visible y palpable del amor de Dios significado eficazmente en él. El Sacramento sin materia no puede existir, no refleja nada. De ahí la necesidad de superar todo espiritualismo gnóstico que rechaza lo material. El amor de Dios, si no se expresa sacramentalmente, no puede llegar a nosotros.

 

El amor de pareja es la "materia" sacramental que remite al amor de Dios. No podemos despojar al sacramento de su materialidad, en contra de toda postura gnóstica que abogaría por lo simplemente "espiritual". Por este motivo tiene sentido que un libro como el cantar de los cantares haya sido incluido como libro inspirado: el amor humano nos remite "sacramentalmente" al amor de Dios. De ahí también el sentido profundamente cristiano del matrimonio.

 

 

La centralidad del amor concreto de Dios revelado en el Traspasado

 

Este proceso unitario que va asumiendo y purificando el amor humano nos lleva a descubrir el amor de Dios que ha sido derramado, desde el principio, sobre nosotros. Pero no es un proceso de abstracción, ni este amor divino es algo etéreo y puramente espiritual; todo lo contrario, es un amor encarnado, concreto en la humanidad entregada de Jesús:

 

La verdadera originalidad del NT no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos. [12]

 

La contemplación del Traspasado ocupa el lugar central de esta encíclica. En el es revelado el amor de Dios. A la vez, deviene la fuente por la que todos podemos amar, y el fundamento de lo que será el nuevo mandamiento biunitario: el amor a Dios y al prójimo como un único amor.

 

En el Traspasado se descubre este amor concreto, histórico, entregado de Dios. Es un amor "carnal", ya que el nos da su "cuerpo". Y como nos movemos en una antropología unitaria, sabemos que la entrega del cuerpo simboliza la de toda la persona. De aquí que la expresión de este amor queda simbolizada en el sacramento de la eucaristía, el cuerpo y la sangre entregados.

 

Es el Traspasado el que nos revela la profundidad de Dios, su dimensión trinitaria. La Trinidad no es algo pensado filosóficamente, sino un relación de amor descubierta en la cruz:

 

"Ves la Trinidad si ves el amor", escribió san Agustín. En las reflexiones precedentes hemos podido fijar nuestra mirada sobre el Traspasado (cf Jn 19,37; Zac 12,10), reconociendo el designio del Padre que, movido por el amor (cf Jn 3,16), ha enviado el Hijo único al mundo para redimir al hombre. Al morir en la cruz "como narra el evangelista", Jesús "entregó el espíritu" (cf Jn 19,30), preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría después de su resurrección (cf Jn 20,22). Se cumpliría así la promesa de los "torrentes de agua viva" que, por la efusión del Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf Jn 7,38-39). En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón con el corazón de Cristo y los mueve a amar a  los hermanos como Él nos ha amado, cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos (cf Jn 13,1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos nosotros. [19]

 

 

La unidad entre amor a Dios y amor al prójimo

 

Como hemos podido leer en la cita del párrafo anterior, el amor del Traspasado nos mueve a amar a nuestros hermanos: podemos amar porque hemos sido amados. Por eso el mandamiento nuevo no es una ley más, sino una respuesta agradecida, una transformación profunda en nuestro ser, que nos capacita para amar al prójimo.

 

Desde ahora ya no hay diferenciación entre ambos mandamientos: no podemos amar a Dios sin amar al prójimo. El papa cita repetidas veces el capítulo 25 de Mateo: aquello que hicisteis a uno de estos más pequeños, me lo hicisteis a mí. Su identificación con el pobre y el que sufre desvela el profundo sentido de esta unidad en el amor. Lo que está en juego es la capacidad de amar: quien ama, ama tanto a Dios como al prójimo. La manera de amar a Dios sigue el mismo dinamismo sacramental que habíamos contemplado anteriormente: se expresa en el amor visible al pobre y al necesitado.

 

 

Un proceso de ida y vuelta

 

Estas tres claves de la encíclica nos muestran un proceso unitario en la revelación del amor que podríamos caracterizar como un camino de ida y vuelta. En primer lugar, hay una purificación del amor humano: el eros se trasciende y es asumido en el ágape, mostrándonos de manera sacramental el amor que Dios nos tiene. Pero este amor no es algo etéreo, sino que se concreta en la historia por medio de la encarnación del Hijo: en su humanidad entregada, descubrimos hasta donde llega su amor. Finalmente, este amor derramado sobre nosotros, nos transforma, y se revierte en un camino de retorno: el amor humano queda transformado. Podríamos decir, saliéndonos algo del texto, que el mismo eros queda transfigurado: ya no sólo somos seducidos por la atracción de la belleza de los cuerpos, sino también nos dejamos seducir por el pobre y el enfermo, descubriendo que es aun más profunda de lo que pensábamos esta interrelación entre el amor humano y el amor de Dios. Es un acierto el haber puesto como modelo de amor al prójimo a la Madre Teresa de Calcuta: ¿acaso no podemos ver en ella un "eros" transfigurado de tal manera que se deja seducir por los cuerpos llagados de los leprosos de Calcuta?

 

 

Pistas para vivir la plenitud del amor

 

En este último apartado, y a modo de conclusión, resumo cuatro pistas para poder llevar a la práctica las pistas que la comprensión de esta encíclica puede aportarnos a nuestra vida diaria, como misioneros de los Sagrados Corazones, para vivir en plenitud el amor.

 

1. Integrar la propia historia afectiva en nuestro itinerario espiritual. Hemos visto que el amor humano, el amor erótico, es purificado y elevado. Simboliza el amor entre Dios y su Pueblo, entre Jesús y la Iglesia. Aprovechar la experiencia de amar y ser amados, desde nuestra condición celibataria, no como un trauma, sino como una escuela en el aprendizaje del amor. No seremos capaces de descubrir el amor de Dios desde posturas rigoristas y frías, sino aprendiendo a ser afectuosos en nuestras relaciones. De lo que se trata es, en el fondo, de aprender a amar y ser amados para descubrir en nuestra vida el amor de Dios. La espiritualidad cálida de los Sagrados Corazones, esta manera de orar afectuosa que nos dejó el P. Fundador, van en esta línea.

 

2. Vivir la dimensión "erótica" del amor en nuestras comunidades. ¡No se asusten! Se trata simplemente de dejarnos seducir por la comunidad, de buscar y disfrutar nuestra vida junto con los hermanos. El calor comunitario, el gusto por estar juntos, gozando de los momentos de amistad, son el mejor modo de llegar a vivir la comunión fraterna. Son expresión visible de esta comunión.

 

3. Fundamentar la búsqueda de Dios en la humanidad de Jesús y en la experiencia de la Trinidad en nuestra propia vida. No estamos tocados por un amor etéreo, impalpable, sino por un amor concreto que se nos ha mostrado en la humanidad entregada de Jesús. El amor no puede ser verdaderamente universal si no ha pasado por ese amor concreto, con rostro propio, que nos ha sido dado en la entrega del hombre Jesús. Humanidad que, por la resurrección, sigue presente en medio de nosotros, de manera diversa a su presencia terrena, pero real: ¿acaso no decimos que somos su Cuerpo y que el es la Cabeza de la Iglesia? ¿Acaso no lo afirmamos como cabeza de toda la Creación? Es la presencia cósmica de la humanidad resucitada de Jesús, que, sin perder su identidad histórica (es el mismo Jesús que anduvo en Galilea) está presente en toda la realidad.

 

4. Tomarnos en serio el sacramento del hermano. Amor a Dios y amor al prójimo es un mismo mandamiento. En el hermano descubrimos a Jesús, de manera especial en los pobres y los que sufren, en los Traspasados, en quien descubrimos sacramentalmente el Traspasado.

 

 


 

 

Vicenç Miró Morey, M.SS.CC.