Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

3 octubre 2007

 

 

 

DIOS PADRE


 

Formación Permanente 2007

 

 

 

 

 

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PARÁBOLAS DE JESÚS, PARÁBOLAS DEL REINO

 

 

Todos tenemos una idea más o menos aproximada de lo que es una parábola y hemos escuchado o leído muchas veces las parábolas de Jesús. Aunque no fue él su inventor (lee, por ejemplo, 2Sam 12,1-7), las utilizó abundantemente con una maestría nada común. Por eso vamos a  profundizar un poco más en este modo tan suyo de expresarse, mediante el cual hablaba de aquello que constituía su sueño y su proyecto: la buena noticia del Reino de Dios.

 

¿Qué es una parábola?

 

En sentido estricto, las parábolas son relatos breves, claros y creíbles. En sentido amplio también reciben este nombre proverbios, refranes, comparaciones y acertijos que se utilizan con el fin de comunicar alguna enseñanza.

 

Las parábolas usan un lenguaje figurado y tienen siempre un carácter metafórico. Eso significa que sirven para comparar dos realidades entre las cuales existe algún tipo de semejanza: la que encontramos en la narración y aquella otra a la que en realidad se refiere el relato. Aparentemente tratan de historias tomadas de la naturaleza o de la vida cotidiana: pastores que pierden ovejas, mujeres que barren su casa, agricultores que siembran sus campos... En realidad dirigen nuestra mirada hacia otro sitio. Hablan del Reino de Dios y nos invitan a imaginar cómo serían las cosas si Dios fuera el rey y todo se hiciera según su voluntad.

 

En consecuencia las parábolas necesitan siempre una interpretación, porque esconden un sentido que no aparece a primera vista y que es preciso encontrar. Si nos quedamos en la "historieta" nos perdemos lo más importante. Aunque pretenden atraer la atención de los oyentes, no son "cuentos de viejas" para entretener a los niños. Tampoco quieren enseñar buenas costumbres o dar normas de conducta. Están pensadas para hacer reflexionar y provocar en quienes las escuchan una decisión a favor o en contra del Reino que anuncian.

 

¿Con qué compararemos las parábolas?

 

Jesús nunca define con exactitud lo que es el Reino de Dios. Prefiere explicarlo con parábolas (Mc 4,30.34). Y es que para hablar del misterio de Dios y de su actuación en medio de la historia humana no valen los conceptos cerrados o demasiado precisos. Es mejor utilizar un lenguaje simbólico y abierto, capaz de mover a la vez el corazón y la cabeza, la inteligencia y los sentimientos. Ese mismo lenguaje es el apropiado para referirnos a las parábolas:

 

- Las parábolas son como una trampa. Se presentan como relatos sencillos e inofensivos que nos invitan a escucharlas confiadamente. Pero su misión es hacernos caer en cuanto nos descuidamos. Las parábolas nos atrapan y no nos dejan escapar. Nos obligan a reaccionar. Una vez que hemos entrado en ellas ya no podemos salir sin haber tomado partido.

 

- Las parábolas son como un espejo. Al principio se abren ante nuestros ojos como una ventana que nos invita a contemplar una historia casi siempre interesante o entretenida, pero con la que no tenemos nada que ver. Luego esa ventana se cierra y se convierte en un espejo que nos devuelve nuestra propia imagen y nos hace caer en la cuenta de que las parábolas se dirigen a nosotros.

 

- Las parábolas son como una pregunta que espera contestación. De hecho, muchas parábolas de Jesús comienzan por una interrogación (Lc 15,4) porque nos interpelan y esperan nuestra respuesta. Todas las parábolas son relatos incompletos necesitados de que, quien las escucha, escriba con su vida el último renglón. No están acabadas hasta que no provocan nuestra conversión.

 

- Las parábolas son como una balanza  en la cual sopesamos nuestra vida y nuestra manera de ver las cosas y a Dios mismo. Gracias a ellas podemos comprobar que nuestros criterios y nuestros valores no tienen nada que ver con los suyos. Nadie puede decir que ha entendido una parábola hasta que no transforma su corazón y le hace ver las cosas como Dios mismo las ve.

 

¿Cómo "funciona" una parábola?

 

La parábola es como una maquinaria compleja que quiere producir en quien la escucha un efecto determinado. Para ello debe poner en marcha ciertos resortes. La parábola "funciona" porque combina dos mecanismos aparentemente contrapuestos: el realismo  con el desconcierto; lo ordinario y lo extraordinario.

 

Las parábolas cuentan historias sacadas de la vida cotidiana, historias que podían resultar completamente familiares para la gente que las escuchaba de boca de Jesús. De ello se deduce que han sido pensadas, al menos en principio, para ayudar a comprender, para hacer asequible el mensaje que con ellas se quiere transmitir (Mc 4,33).

 

Pero en las parábolas siempre hay algo que no coincide con el sentido común, con la lógica humana, con lo previsible y razonable. Cuando menos lo esperamos surge en ellas un rasgo, un gesto o una acción que sorprende y llama la atención. Por ejemplo, no es normal que un pastor mínimamente sensato abandone 99 ovejas en el desierto para ir a buscar una sola que se perdió, ni que un sembrador desperdicie su semilla echándola entre piedras y cardos.

 

Son precisamente estos datos chocantes e inesperados los que nos invitan a la reflexión. Es en estas extrañezas donde se encuentra lo novedoso de la parábola. Son como señales de alerta que nos advierten sobre su sentido auténtico. Son el lugar adecuado para buscar la clave de su mensaje. Ante estas paradojas no tenemos más remedio que preguntarnos: ¿Qué sentido tiene esta historia? Y descubrimos entonces que sus protagonistas no actúan como nosotros, que nos hablan de "otra cosa".

 

Por eso, el que es incapaz de abrirse a la lógica de Dios, no entenderá jamás las parábolas. Si las parábolas no transforman nuestro corazón, se convertirán para nosotros en relatos oscuros, enigmáticos e indescifrables. Nos veremos así alineados con "los de fuera", es decir con aquellos que, encerrados en su propia lógica, no sintonizan con la buena noticia del Reino (Mc 4,10-12).

 

¿De qué Dios nos hablan las parábolas?

 

Ya lo hemos dicho. Las parábolas hablan de la "lógica de Dios". De su manera de ser y de actuar. De un Dios que quiere hacer presente su Reino, pero no desde nuestras expectativas. Las parábolas nos presentan a un Dios "sorprendente" que no "cuadra" con nuestros esquemas. Es el Dios "religiosamente incorrecto" que Jesús reveló con su palabra y con su vida.

 

Por eso, en el fondo, las parábolas no hacen sino "explicar" a Jesús, "justificar" su comportamiento que para tantos resultaba absolutamente escandaloso (Lc 15,1-3). Por eso, si no entendemos a Jesús, si no comulgamos con las razones profundas que movieron su vida, tampoco entenderemos las parábolas. En definitiva, es Jesús mismo quien se esconde detrás de ellas. Él es la verdadera y gran parábola de Dios. En el relato de su vida se nos revela el corazón del Padre.

 

Las parábolas, por tanto, nos obligan a "entrar en crisis" para revisar nuestra imagen de Dios. Y en ese sentido contienen un poderoso antídoto contra esa tendencia idolátrica tan innata que consiste en hacernos un Dios "a nuestra imagen y semejanza", lo cual tergiversa radicalmente la afirmación bíblica del Génesis (Gn 1, 27). El Dios bíblico es aquel nos cree capaces de ser como él, lo cual supone gran confianza en el ser humano: "Sed santos como yo soy santo" (Lv 11,44-45 y par.). Una frase que Jesús "traduce" desde su propia experiencia de la gratuidad de Dios: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6,36 en una versión más "acertada" que Mt 5,48).

 

El Dios de las parábolas, que es el Dios de Jesús, el Padre misericordioso, nos exige desterrar de nuestro imaginario esos ídolos que a veces nos hemos fabricado -o nos han impuesto- vete tú a saber con qué oscuras intenciones: el Dios del temor, de la estricta justicia, del castigo, del respeto escrupuloso a las normas, de la coacción... En el fondo, un Dios muy "masculino", excesivamente ligado a una cultura patriarcal y a los valores vinculados a ella. El Dios que se revela en las parábolas no se impone desde el poder, sino que atrae desde el amor. Su Reino no se manifiesta en grandes gestas y prodigios sino que crece misteriosamente pero con gran eficacia desde lo pequeño, como un grano de mostaza.

 

El Dios de las parábolas es el Pastor que busca la oveja perdida, el Sembrador que esparce su semilla con generosidad, el Agricultor que tiene paciencia con su higuera estéril, el Amo generoso que distribuye sus bienes entre sus siervos, el Patrón que no se sujeta a lo razonable a la hora de entregar la paga a sus trabajadores, el Rey que invita a todos a su banquete, el Padre que perdona hasta lo imperdonable (un padre muy maternal...)... Incluso cuando aparece como Juez no responde a lo que cabría esperar. Su ley es el amor y la única actitud con la que no cabe enfrentarse a su juicio es el miedo (cfr. Mt 25,14-30). El Dios de las parábolas es un Dios que tiene corazón.

 

Ese es el Dios que Jesús nos "contó" a través de toda su vida y muy especialmente a través de las parábolas. Por eso, cuando las escuchamos o las leemos, lo primero que tenemos que hacer es acoger esa "buena noticia" con la misma sorpresa, con el mismo agradecimiento y con la misma alegría con la que aquel mercader se entusiasmó al encontrar la perla más hermosa que jamás había visto (Mt 13, 44-46). Sólo después de ese encuentro podremos poner de verdad las manos en el arado del Reino y entrar en su dinámica. Lo contrario es querer empezar a construir la casa sin sentarnos antes a calcular los medios que tenemos para ello. Seremos el hazmerreír de todo el mundo.

 

 

Emilio Velasco Triviño, M.SS.CC.