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PROCLAMA
con motivo de la beatificación
de los mártires del Coll
(28 octubre 2007)

Os invitamos a uniros a
nuestra acción de gracias a Dios. A suplicarle que la sangre de
nuestros mártires sea semilla de nuevos cristianos en nuestra
Iglesia.
Les aseguramos que no
nos mueve ningún tipo de revanchismo. Antes bien, queremos
aprovechar la oportunidad para hacer examen de conciencia y
evaluar cuáles son nuestras alianzas. Pedimos perdón, humildemente,
por las veces que la Iglesia no estuvo de parte de los pobres y
descuidó el ministerio de reconciliación universal que le
correspondía.
Tampoco nos
avergonzamos de rendir homenaje a quienes dieron la vida en el
seguimiento de Jesús de Nazaret, que es la prueba de amor más
grande. Ni ellos ni ellas murieron por ninguno de los bandos
enfrentados, sino con la esperanza de entrar en la patria que Dios
tiene reservada a los agentes de paz. Reconocemos públicamente que
nuestros hermanos y hermanas fueron víctimas del odio a una forma
de ser Iglesia que ellos no representaban. Eran gente humilde y
enfermiza, de aquellos débiles que el mundo ignora. Enterrados en
la periferia marginada de la metrópoli, vivían dedicados a la
evangelización, al cuidado de los enfermos y a alfabetizar a los
hijos de los obreros. Como un rebaño de ovejas inocentes,
sacrificadas por los pecados del mundo, murieron perdonando,
aceptando una condena injusta y sin apelación para que otro mundo
fuese posible, el mundo más justo que hoy podemos construir.
No negaremos la memoria de otros caídos
o desaparecidos, sino que ―como
María al pie de la cruz, como las madres argentinas, rwandesas o
afganas de los calvarios de hoy―
ayudaremos a recoger la sangre de todas las víctimas, a bajarlas
de la cruz y a reivindicar justicia para los pobres. Aquí, en
nuestra patria, demasiado enfrentada todavía, y en el tercer
mundo, donde estamos presentes como misioneros y evangelizadores
de la Buena Nueva de la Paz.
Proclamamos un Cristo
que es víctima y reconciliación, de ninguna manera ideología
impuesta a nadie. Comprometámonos, según nuestras fuerzas, a
acabar con la vergüenza de que, en el siglo XXI y dondequiera,
encontremos todavía mártires como los del Coll, víctimas de
pretendidos cristianos, más amigos del orden y del lucro que de la
justicia. Que, imitando a nuestros mártires, podamos llegar a la
santidad, que es cumplir la voluntad del Padre.
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