Madrid, 27 de
abril de 2007
"Atraídos
por el ejemplo de Jesús y sostenidos por su amor, muchos
cristianos, ya en los orígenes de la Iglesia,
testimoniaron su fe con el derramamiento de su sangre.
Tras los primeros mártires han seguido otros a lo largo
de los siglos hasta nuestros días"
(Benedicto
XVI).
Queridos hermanos:
Os
anunciamos con profunda alegría que, en el próximo otoño,
Dios mediante, tendrá lugar en Roma la beatificación de
498 hermanos nuestros en la fe, de los muchos miles que
dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la
persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo
XX. La Iglesia reconoce ahora solemnemente que murieron
como mártires, como testigos heroicos del Evangelio.
1. Los
mártires, signo de esperanza
En 1999, esta
Asamblea Plenaria de los obispos daba gracias a Dios por
los logros del siglo XX y pedía perdón por los pecados de
aquella centuria que llegaba a su fin. Entre los pecados
recordábamos las "violencias
inauditas" a las que el mundo,
Europa y España se vieron arrastradas por "ideologías
totalitarias, que pretendían hacer realidad por la fuerza
las utopías terrenas". Y dábamos
gracias a Dios, recordando, con Juan Pablo II, que
"al término del segundo milenio, la
Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires"
y que "el testimonio de miles de
mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y
violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y
del ateísmo".
Los mártires están por encima de las trágicas
circunstancias que los han llevado a la muerte. Con su
beatificación se trata, ante todo, de glorificar a Dios
por la fe que vence al mundo (cf. 1Jn 5,4) y que
trasciende las oscuridades de la historia y las culpas de
los hombres. Los mártires "vencieron en virtud de la
sangre del Cordero, y por la palabra del testimonio que
dieron, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte"
(Ap 12, 11). Ellos han dado gloria a Dios con su
vida y con su muerte y se convierten para todos nosotros
en signos de amor, de perdón y de paz. Los mártires, al
unir su sangre a la de Cristo, son profecía de redención y
de un futuro divino, verdaderamente mejor, para cada
persona y para la humanidad.
Por eso escribía Juan Pablo II: "quiero proponer a todos,
para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza
constituido por los numerosos testigos de la fe
cristiana que ha habido en el último siglo, tanto en
el Este como en el Oeste. Ellos han sabido vivir el
Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución,
frecuentemente hasta el testimonio supremo de la sangre.
Estos testigos, especialmente los que han afrontado el
martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos
pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de
la Iglesia; son para ella y para la humanidad como una
luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz
de Cristo [...]. Más radicalmente aún, demuestran que el
martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la
esperanza".
2. Los nuevos mártires de España
La beatificación que vamos a celebrar contribuirá a que no
se olvide el "gran signo de esperanza" que constituye el
testimonio de los mártires. De los del siglo XX en España,
479 han sido beatificados en once ceremonias a partir de
1987, y 11 de ellos son ya santos.
Casi quinientos han sido reunidos, esta vez, en una única
celebración. Y, como en las anteriores ocasiones, cada
caso ha sido estudiado por sí mismo con todo cuidado a lo
largo de años. Estos mártires dieron su vida, en diversos
lugares de España, en 1934, 1936 y 1937. Son los obispos
de Cuenca y de Ciudad Real, varios sacerdotes seculares,
numerosos religiosos "agustinos, dominicos y dominicas,
salesianos, hermanos de las escuelas cristianas, maristas,
distintos grupos de carmelitas, franciscanos y
franciscanas, adoratrices, trinitarios y trinitarias,
marianistas, misioneros de los Sagrados Corazones,
misioneras hijas del Corazón de María", seminaristas y
laicos, jóvenes, casados, hombres y mujeres. Las
biografías y fotografías de todos, y su relación con las
diócesis actuales, se encuentran en el libro titulado
Quiénes son y de dónde vienen. 498 mártires del siglo XX
en España.
Podemos destacar como rasgos comunes de estos nuevos
mártires los siguientes: fueron hombres y mujeres de fe y
oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en
la devoción a la Santísima Virgen; por ello, mientras les
fue posible, incluso en el cautiverio, participaban en la
Santa Misa, comulgaban e invocaban a María con el rezo del
rosario; eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron
que confesar su condición de creyentes; disponibles para
confortar y sostener a sus compañeros de prisión;
rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o
renunciar a su identidad cristiana; fueron fuertes cuando
eran maltratados y torturados; perdonaron a sus verdugos y
rezaron por ellos; a la hora del sacrificio, mostraron
serenidad y profunda paz, alabaron a Dios y proclamaron a
Cristo como el único Señor.
3. Testigos de Dios y de la humanidad nueva
El martirio es el signo más auténtico de la Iglesia de
Jesucristo: una Iglesia formada por hombres, frágiles y
pecadores, pero que saben dar testimonio de su fe vigorosa
y de su amor incondicional a Jesucristo, anteponiéndolo
incluso a la propia vida. Dado que los mártires son
personas de todos los ámbitos sociales, que han pasado su
existencia haciendo el bien y que han sufrido y han muerto
renunciando a salvar su vida y perdonando a quienes los
maltratan, nos sitúan ante una realidad que supera lo
humano y que nos invita a reconocer la fuerza y la gracia
de Dios actuando en la debilidad de la historia humana.
El misterio del martirio es inseparable de la misión que
Dios da a cada persona y en él se realiza el designio de
la Providencia (cf. Is 53,10). En Jesús culmina
toda la serie de perseguidos por aquellos a los que habían
sido enviados (cf. Mt 23,31ss), y de Jesús arranca
todo un creciente discipulado que no puede correr una
suerte distinta a la de su Maestro (cf. Jn 15,20;
16,1ss). En los discípulos revive Jesús su martirio (cf.
Hch 9,4ss; Col 1,24) y para ellos la muerte
es ganancia (cf. Flp 1,29). En la Iglesia, las
persecuciones son signo y condición de la victoria
definitiva de Cristo y de los suyos: poseen un significado
escatológico, aparecen como un adelanto del juicio y de la
instauración completa del Reino (cf. 1 Pe 4,17-19),
y preludian el triunfo de la vida sobre la muerte y el
nacimiento de unos cielos nuevos y una tierra nueva (cf.
Ap 6,9ss; 7,13-17; 11,11s; 20,4ss).
4. Una hora de gracia
La beatificación que vamos a celebrar es una hora de
gracia para la Iglesia que peregrina en España y para toda
la sociedad. Os invitamos a prepararos bien para esta
fiesta y a participar en ella de modo que se convierta
para todos en un nuevo estímulo para la renovación de la
vida cristiana. Lo necesitamos de modo especial en estos
momentos en los que, al tiempo que se difunde la
mentalidad laicista, la reconciliación parece amenazada en
nuestra sociedad.
Los mártires, que murieron perdonando, son el mejor
aliento para que todos fomentemos el espíritu de
reconciliación.
Que por el testimonio y la intercesión de los mártires se
avive y fortalezca nuestra condición de creyentes, de
discípulos y amigos del Señor, que vino al mundo para dar
testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37; cf. Ap
1,5; 3,14); que perdonó a sus perseguidores (cf. Lc
22,51.81; 23,34); que ofreció su sangre como precio de la
redención salvífica (cf. Heb 9,22), y que, elevado
en la cruz, atrae a todos hacia Él (Jn 12,32).
Que por el testimono y la intercesión de los mártires se
vigorice nuestra esperanza y se encienda nuestra caridad.
Ellos, movidos por la esperanza de la Vida eterna,
supieron anteponer a su propia vida el amor y la
obediencia a la ley evangélica, la ley nueva del amor más
grande y promotora de la dignidad y la libertad de cada
persona. Los mártires son testigos supremos de la Verdad
que nos hace libres.
5. Peregrinación a Roma y preparación
Invitamos y animamos a todos los que puedan a acudir a
Roma para la fiesta de la beatificación. Allí, junto a los
sepulcros de los mártires Pedro y Pablo, y los de tantos
otros de la primera hora del cristianismo, daremos gloria
a Dios por los nuevos mártires de España.
Informaos en vuestras parroquias, centros religiosos o en
vuestras diócesis sobre el modo en que podáis incorporaros
a la peregrinación a Roma. No dejéis de participar en las
actividades que se organicen para prepararse
espiritualmente a la beatificación y en los actos de
acción de gracias, tanto si vais a ir a Roma como si no
podéis hacerlo.
Oremos ya desde ahora por los frutos de esta beatificación
que, con la gracia de Dios y la intercesión de la Virgen
María, auguramos abundantes para todos:
Oh Dios, que enviaste a tu Hijo,
para que muriendo y resucitando
nos diese su Espíritu de amor.
Nuestros hermanos,
mártires del siglo XX en España,
mantuvieron su adhesión a Jesucristo
de manera tan radical y plena
que les permitiste derramar su sangre por Él.
Danos la gracia y la alegría de la conversión
para asumir las exigencias de la fe;
ayúdanos, por su intercesión,
y por la de María, Reina de los mártires,
a ser siempre artífices de reconciliación en la sociedad y
a promover una viva comunión
entre los miembros de tu Iglesia en España;
enséñanos a comprometernos, con nuestros pastores,
en la nueva evangelización
haciendo de nuestras vidas
testimonios eficaces del amor a Ti y a los hermanos.
Te lo pedimos por Jesucristo,
el Testigo fiel y veraz,
que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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