Con el corazón en la mano (bloc msscc)

 

 

 

10 agosto 2007

 

 

 

TALLER DE FORMACIÓN DE EQUIPOS


 

TERCERA ETAPA: LA TAREA

 

 

 

 

 

Llega el momento de entrar en acción. El equipo elabora su plan de acción en respuesta a la lectura inicial de la realidad, de la Visión y de la Misión, en vistas a implantar el plan de pastoral, tomando en cuenta todas las tareas.

Para concretizar la tarea daremos los siguientes pasos:

Conocer la motivación espiritual de la misión: espiritualidad del servicio.

Definir el programa de vida y de acción en vistas a la planificación de la tarea.

 

 

Tema 20


ESPIRITUALIDAD DEL SERVICIO

 

 

I. Espiritualidad del servicio

 

Como cristianos en todo lo que vivimos y hacemos tenemos los ojos fijos en Jesús. Por eso, la motivación y el modelo a seguir en la realización de nuestra tarea es Jesucristo, que con su enseñanza y su manera de actuar nos dejó bien claro que Él vino a servir y no a ser servido.

 

Demos una mirada rápida al Evangelio y contemplemos a Jesús como Siervo de Dios y siervo de su pueblo.

 

1. "Yo estoy entre ustedes como el que sirve"

 

Leamos: Marcos 10,35-45

 

Vemos en esta lectura las discusiones por el poder y por la preferencia entre los discípulos de Jesús, en contraste con las actitudes y la enseñanza del Maestro.

 

Juan y Santiago se atreven a pedir para sí los primeros puestos y los demás apóstoles se indignan al oír esta petición. Tal conducta los ubica a todos, a los dos hermanos y a sus compañeros, en un mismo nivel de ambición y de lucha. Todos ellos se mueven todavía en el marco de dominio y sumisión que caracteriza a la sociedad que los rodea. Una sociedad de campesinos que se mantienen en el límite de la supervivencia, regida despóticamente por unos pocos privilegiados. En un tipo de sociedad semejante, el sueño del oprimido que tiene internalizada la imagen del amo, es siempre el mismo: tomar el lugar del privilegio, salir de la opresión oprimiendo a otros.

 

Es interesante notar que la respuesta de Jesús se enfrenta a la actitud de los apóstoles y de sus contemporáneos, ofreciendo como vía de salida un doble salto cualitativo que cambia radicalmente el estilo de la relación.

 

En un primer momento: Jesús invita a los dos peticionarios a asumir su responsabilidad. Si quieren ser los primeros tienen que ganarse el puesto con una actitud adulta y comprometida. Por eso les pregunta: ¿pueden beber el cáliz que yo voy a beber? Este primer salto cualitativo invita a los dos hermanos a pasar del favoritismo al compromiso, de la manipulación a la convivencia respetuosa, del infantilismo a la madurez responsable.

 

En segundo momento: Jesús mueve totalmente el piso a las actitudes ambiciosas de los suyos para apuntar directamente al estilo de radicalidad propia del Reino de Dios: "...el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el esclavo de todos..." (Mc. 10,43). Y refuerza su enseñanza con su propia ejemplo al asumir él mismo la actitud de servidor: "...tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir..." (Mc. 10,45). Es decir, el camino del Reino pasa por el servicio radical.

 

2. "Vete y haz tú lo mismo"

 

Leamos: Lucas 10,29-37

 

Un hombre en viaje de Jerusalén a Jericó cae en manos de ladrones que le dejan malherido a la vera del camino. Pasan por su lado, sin atenderle, un sacerdote y un levita. Pasa finalmente un samaritano que lo atiende, le brinda los primeros auxilios y lo lleva a la posada, dejándolo hasta su regreso al cuidado del posadero.

 

La relación de servicio la muestra el samaritano, quien atiende gratuitamente al herido, sana sus heridas y se preocupa de acompañarle hasta su recuperación.

 

El Evangelio desautoriza a los hombres del templo, a los representantes de la relación oficial con Dios y resalta la actitud de un semi-pagano, despreciable en el ambiente judío de la época, como la más acorde con la doctrina del Reino.

 

3. "Yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies..."

 

Leamos: Juan 13,1-15

 

La solemne proclamación que hace Jesús de su función de servidor encuentra una expresión práctica en el Evangelio de Juan (Cfr. Jn. 13). En el mismo contexto de la última cena en que los sinópticos colocan el rito eucarístico, Juan nos presenta un ejemplo de servicio radical: Jesús lavando los pies a sus discípulos.

 

El lavado de los pies era un trabajo de esclavos o de mujeres. Jesús lava los pies a los discípulos y con este gesto se opone diametralmente al estilo de los poderes opresores y destruye la imagen de un Dios soberano, lejano y opresor.

 

Podemos distinguir el nivel de desigualdad y privilegio en el que Pedro se sitúa, el nivel de igualdad radical de todos los que Jesús afirma y el nivel de entrega total y gratuidad de uno mismo a los demás.

 

La actitud de Pedro contrasta con los gestos de Jesús. Pedro ha comprendido demasiado bien que la acción de Jesús al lavarle los pies invierte el orden de los valores establecidos. Pero cree que la desigualdad es legítima y necesaria. Se figura el reino mesiánico como una sociedad parecida a la antigua en la que, además, a él le corresponde un lugar de privilegio. Por eso no acepta la alternativa de Jesús, y cuando la acepta, sigue entendiéndola en categorías de dominio y sumisión.

 

Con típica mentalidad judía, traduce como lavado de purificación el gesto que Jesús, al ceñirse el delantal, había calificado claramente como un gesto de servicio. Pedro está dispuesto a obedecer aceptando el lavado ritual de manos y cabeza, pero no acaba de entender la invitación a imitar a Jesús en el gesto de lavar a otros los pies.

 

Frente a esa actitud de Pedro, Jesús reafirma la dignidad humana que implica la igualdad de todos. Si Pedro admite esa igualdad no puede estar con Jesús. "Si no quieres que te lave no tienes parte conmigo". En la sociedad que Jesús funda ya no hay amos ni esclavos. Jesús, Señor por definición, lava los pies a los suyos, haciéndose su servidor.

 

Con esto, la enseñanza de Jesús va más allá de esta igualdad fundamental y apunta de nuevo a una entrega radical. Pedro tiene que aceptar que Jesús, el Señor que le lava los pies, es el ejemplo de una comunidad de servidores y tiene que entender que si rechaza este rasgo distintivo de su grupo queda excluido de la unión con Jesús.

 

La iniciativa de servicio de Jesús crea un grupo de iguales que se hacen esclavos unos de otros por amor y adoptan el servicio a los demás como su norma de conducta válida para todo tiempo y lugar.

 

El señorío de Dios que es el señorío de Jesús, se percibe como una fuerza interior que mueve al discípulo a la imitación de maestro, haciéndose servidor hasta la entrega total: "Pues si yo, el Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros" (36).

 

4. Jesús es el Siervo doliente

 

Mateo nos presenta a Jesús curando en sábado a un hombre con la mano paralizada. Los fariseos reaccionan y quieren eliminarle, Jesús se retira prudentemente, pero muchos le siguen y él los cura a todos. Les manda enérgicamente que no lo descubran. En este contexto cita el evangelista el oráculo de Isaías sobre el siervo de Yahvé: "He aquí a mi siervo a quien elegí" (Mt. 12,18).

 

La imagen del siervo, como testimonia el mismo evangelista, define el mesianismo de Jesús y nos permite profundizar en el misterio de su vida y de su muerte.

 

"Tampoco el hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc. 10,45).

 

Esta interpretación de la vida y de la muerte de Cristo a la luz del canto del siervo fue común en el cristianismo primitivo. Así, por ejemplo, el mismo esquema de humillación-exaltación que habla Isaías 53, se repite en el Capítulo 2 de la Carta a los Filipenses.

 

El siervo carga sobre sus hombros el fardo de nuestra culpa para conquistar nuestra libertad.

 

Esta imagen de Jesús, como el siervo que da la vida, revela la fecundidad de nuestro sacrificio cuando seguimos los pasos del sacrificio de Jesús, es decir, cuando la entrega de nuestra vida se convierte en expresión suprema del servicio a los demás.

 

El don de la propia vida se repetirá una y otra vez hasta convertirse en actitud permanente. El sacrificio del siervo doliente es el gesto supremo que da sentido a nuestra donación. Nos estimula la fuerza de ese amor que al entregarse rescata la dignidad humana, inicia la reconciliación universal e introduce un principio de sanación en las heridas de nuestro entramado social (37).

 

La Eucaristía como actualización del sacrificio del siervo doliente es un constante reclamo a dar la vida por los demás, conforme al dicho del Señor: "hagan esto en conmemoración mía". En un extracto muy antiguo de la tradición de la Cena, se interpreta la auto donación de Jesús en previsión de su muerte como un servicio de amor. La misma tradición que ha llegado a nosotros como la comunión con Cristo conserva esta clave de interpretación. Si la  muerte de Jesús es entendida como el supremo servicio del que da la vida por los demás, nuestra configuración con Él pasa por la entrega de la propia vida en actitud de servicio.

 

 

II. La Iglesia, un pueblo de servidores

 

La Iglesia continua hoy la misión de Jesús Siervo. Por eso, la Iglesia es servidora de la humanidad. Ella descubre en el rostro de cada ser humano especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y sus dolores, el rostro de Cristo (Mt. 25,40), el hijo del hombre, y en el rostro de Cristo reconocemos el rostro del Padre celestial.

 

Se trata de servir al ser humano, en todas sus condiciones, debilidades y necesidades.

 

Como sabemos el Reino de Dios no hace acepción de personas e incluye en su invitación a todos los seres humanos. Desde el Magnificad a las Bienaventuranzas, desde las sentencias de Jesús en sus parábolas, todas las enseñanzas del Evangelio revelan dos tipos de receptores de la invitación al Reino de Dios: los que poseen y los desposeídos.

 

A los que poseen se les pide cambiar su estructura de valores y se les ofrece optar por un modelo donde el mundo es al revés, porque en el se invierte el sentido de las relaciones. Se les invita a entrar como iguales en un esquema revolucionario en el que los primeros son los últimos, los obreros cobran un mismo salario por trabajos desiguales, los pequeños son reconocidos como privilegiados, los marginados se sienten incluidos y los desposeídos gozan del banquete destinado a los invitados importantes.

 

A los desposeídos, se les proclama futuros poseedores del Reino y se le pide que se conviertan a la esperanza. Dios está en el camino de su liberación y les impulsa a reconocer la propia dignidad y a respetar la dignidad ajena, los llama a compartir la misma mesa proclamando el gozo de haber sido amados y los invita a un perdón repetido e incondicional.

 

Podemos afirmar que en un marco de inclusión en el que se llama a todos, es evidente la preferencia por los pequeños, los pobres, los enfermos y los que sufren y en general por todos los destituidos.

 

Esta opción preferencial por el pobre, por el débil, por el último, atraviesa toda la Biblia, hasta encontrar en Jesús su expresión más radical.

 

1. El servicio como actuación del Reino de Dios

 

El anuncio del Reino no es la mera proclamación de una doctrina, sino la invitación a adoptar un modo de vida que conlleva, por lo mismo, unas consecuencias prácticas. La actitud del servidor y la práctica de servir que Jesús anuncia están íntimamente ligadas a esa realización del Reino de Dios y son la expresión más significativa de su aceptación.

 

Jesús se enfrenta al anti-reino. En un mundo rural y despojado, donde impera la opresión política, religiosa, familiar y social, donde los pobres y los marginados llevan todas las de perder, los leprosos y otros enfermos son excluidos de la convivencia, los pequeños son abusados y las mujeres despreciadas, la predicación del Reino proclama un cambio radical del modelo de relaciones y tiene los efectos de una revolución que amenaza a los sistemas establecidos.

 

La conversión radical consiste en adoptar libremente la actitud del esclavo, en considerar a los demás como superiores, en aferrarse paradójicamente a los últimos puestos y en optar por una vida de servicio desde una actitud de amor.

 

El Reino ofrece su expresión radical, cuando en el uso supremo de la libertad nos hacemos servidores los unos de los otros, cuando afirmamos la dignidad humana por la vocación de una entrega generosa a los demás, cuando, paradójicamente, nos hacemos todos más iguales en la medida en que reconocemos a los otros como superiores.

 

2.La enseñanza de la Iglesia

 

El Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen Gentium, habla de "la llamada universal a la santidad" para todos los bautizados lo que es una invitación a expresar la propia existencia en una dimensión de servicio radical que consiste en el dar la vida por los demás.

 

Desde esta nueva perspectiva las funciones cobran una fisonomía diferente. Cada cristiano esta llamado a servir en la medida de sus dones y capacidades y los distintos servicios en acto, cuando son reconocidos por la comunidad, pueden convertirse en ministerios.

 

Ahora bien, el servicio a los demás de cada bautizado, actuando según la medida personal, es el camino normal de su entrega radical. Cada persona, o cada grupo en el que las personas se reúnan para un mismo servicio, enriquece a la comunidad desde aquella perspectiva que le es peculiar y al hacerlo da sentido a su vida en el ejercicio de la caridad.

 

Con todo hay que afirmar que los distintos dones recibidos por los creyentes, ni en sus formar personales ni en las comunidades, agotan las posibilidades de servicio de la Iglesia. La Iglesia entera, llamada a ser servidora por la acción del Espíritu, es ministerial y debe permanecer en estado de servicio.

 

3. Movidos por el amor

 

Las relaciones en la Iglesia se fundan en la caridad, en el amor de un Dios trinitario que se comunica a los seres humanos y en el amor entre seres humanos que se inspira y se alimenta en el mismo amor de Dios. La caridad es el florecimiento del amor de Dios en el corazón de cada ser humano a favor de los seres humanos, sus hermanos y hermanas.

 

La realidad de ser Iglesia de comunión requiere un redescubrimiento de la caridad en el centro de la vida cristiana. Hay comunión cuando el amor de Dios que se nos manifestó en Jesucristo, se activa en cada uno y se comparte en la comunidad.

 

El amor de Dios «derramado en nuestros corazones» urge un proceso de crecimiento interior hasta llevarnos a la medida de la plenitud de Cristo. A lo largo de la vida la intensidad de nuestra relación teologal crece en la medida en que aumenta nuestra entrega a los demás y con ella crece la comunión de la Iglesia. Dar la vida los unos por los otros en el servicio mutuo y dar la vida los unos con los otros en el servicio al mundo, nos convierte en instrumentos vivos del amor de Dios derramado en nuestros corazones.

 


 

 

Juan José Genovard Clar, M.SS.CC.