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TALLER DE FORMACIÓN DE EQUIPOS
TERCERA ETAPA: LA TAREA

Llega el momento de entrar en acción. El equipo
elabora su plan de acción en respuesta a la lectura inicial de la
realidad, de la Visión y de la Misión, en vistas a implantar el
plan de pastoral, tomando en cuenta todas las tareas.
Para concretizar la tarea daremos los
siguientes pasos:
Conocer la motivación espiritual de la misión:
espiritualidad del servicio.
Definir el programa de vida y de acción en vistas a
la planificación de la tarea.
Tema 20
ESPIRITUALIDAD DEL SERVICIO
I. Espiritualidad del servicio
Como cristianos en
todo lo que vivimos y hacemos tenemos los ojos fijos en Jesús. Por
eso, la motivación y el modelo a seguir en la realización de
nuestra tarea es Jesucristo, que con su enseñanza y su manera de
actuar nos dejó bien claro que Él vino a servir y no a ser
servido.
Demos una mirada
rápida al Evangelio y contemplemos a Jesús como Siervo de Dios y
siervo de su pueblo.
1. "Yo
estoy entre ustedes como el que sirve"
Leamos: Marcos
10,35-45
Vemos en esta
lectura las discusiones por el poder y por la preferencia entre
los discípulos de Jesús, en contraste con las actitudes y la
enseñanza del Maestro.
Juan y Santiago se
atreven a pedir para sí los primeros puestos y los demás apóstoles
se indignan al oír esta petición. Tal conducta los ubica a todos,
a los dos hermanos y a sus compañeros, en un mismo nivel de
ambición y de lucha. Todos ellos se mueven todavía en el marco de
dominio y sumisión que caracteriza a la sociedad que los rodea.
Una sociedad de campesinos que se mantienen en el límite de la
supervivencia, regida despóticamente por unos pocos privilegiados.
En un tipo de sociedad semejante, el sueño del oprimido que tiene
internalizada la imagen del amo, es siempre el mismo: tomar el
lugar del privilegio, salir de la opresión oprimiendo a otros.
Es interesante notar
que la respuesta de Jesús se enfrenta a la actitud de los
apóstoles y de sus contemporáneos, ofreciendo como vía de salida
un doble salto cualitativo que cambia radicalmente el estilo de la
relación.
En un primer
momento: Jesús invita a los dos peticionarios a asumir su
responsabilidad. Si quieren ser los primeros tienen que ganarse el
puesto con una actitud adulta y comprometida. Por eso les
pregunta: ¿pueden beber el cáliz que yo voy a beber? Este primer
salto cualitativo invita a los dos hermanos a pasar del
favoritismo al compromiso, de la manipulación a la convivencia
respetuosa, del infantilismo a la madurez responsable.
En segundo momento:
Jesús mueve totalmente el piso a las actitudes ambiciosas de los
suyos para apuntar directamente al estilo de radicalidad propia
del Reino de Dios: "...el que quiera
llegar a ser grande entre ustedes, será el esclavo de todos..."
(Mc. 10,43). Y refuerza su enseñanza con su propia ejemplo al
asumir él mismo la actitud de servidor: "...tampoco
el Hijo del Hombre ha venido a ser servido, sino a servir..."
(Mc. 10,45). Es decir, el camino del Reino pasa por el servicio
radical.
2. "Vete
y haz tú lo mismo"
Leamos: Lucas
10,29-37
Un hombre en viaje
de Jerusalén a Jericó cae en manos de ladrones que le dejan
malherido a la vera del camino. Pasan por su lado, sin atenderle,
un sacerdote y un levita. Pasa finalmente un samaritano que lo
atiende, le brinda los primeros auxilios y lo lleva a la posada,
dejándolo hasta su regreso al cuidado del posadero.
La relación de
servicio la muestra el samaritano, quien atiende gratuitamente al
herido, sana sus heridas y se preocupa de acompañarle hasta su
recuperación.
El Evangelio
desautoriza a los hombres del templo, a los representantes de la
relación oficial con Dios y resalta la actitud de un semi-pagano,
despreciable en el ambiente judío de la época, como la más acorde
con la doctrina del Reino.
3. "Yo,
el Señor y el Maestro, les he lavado los pies..."
Leamos: Juan 13,1-15
La solemne
proclamación que hace Jesús de su función de servidor encuentra
una expresión práctica en el Evangelio de Juan (Cfr. Jn. 13). En
el mismo contexto de la última cena en que los sinópticos colocan
el rito eucarístico, Juan nos presenta un ejemplo de servicio
radical: Jesús lavando los pies a sus discípulos.
El lavado de los
pies era un trabajo de esclavos o de mujeres. Jesús lava los pies
a los discípulos y con este gesto se opone diametralmente al
estilo de los poderes opresores y destruye la imagen de un Dios
soberano, lejano y opresor.
Podemos distinguir
el nivel de desigualdad y privilegio en el que Pedro se sitúa, el
nivel de igualdad radical de todos los que Jesús afirma y el nivel
de entrega total y gratuidad de uno mismo a los demás.
La actitud de Pedro
contrasta con los gestos de Jesús. Pedro ha comprendido demasiado
bien que la acción de Jesús al lavarle los pies invierte el orden
de los valores establecidos. Pero cree que la desigualdad es
legítima y necesaria. Se figura el reino mesiánico como una
sociedad parecida a la antigua en la que, además, a él le
corresponde un lugar de privilegio. Por eso no acepta la
alternativa de Jesús, y cuando la acepta, sigue entendiéndola en
categorías de dominio y sumisión.
Con típica
mentalidad judía, traduce como lavado de purificación el gesto que
Jesús, al ceñirse el delantal, había calificado claramente como un
gesto de servicio. Pedro está dispuesto a obedecer aceptando el
lavado ritual de manos y cabeza, pero no acaba de entender la
invitación a imitar a Jesús en el gesto de lavar a otros los pies.
Frente a esa actitud
de Pedro, Jesús reafirma la dignidad humana que implica la
igualdad de todos. Si Pedro admite esa igualdad no puede estar con
Jesús. "Si no quieres que te lave no
tienes parte conmigo". En la sociedad
que Jesús funda ya no hay amos ni esclavos. Jesús, Señor por
definición, lava los pies a los suyos, haciéndose su servidor.
Con esto, la
enseñanza de Jesús va más allá de esta igualdad fundamental y
apunta de nuevo a una entrega radical. Pedro tiene que aceptar que
Jesús, el Señor que le lava los pies, es el ejemplo de una
comunidad de servidores y tiene que entender que si rechaza este
rasgo distintivo de su grupo queda excluido de la unión con Jesús.
La iniciativa de
servicio de Jesús crea un grupo de iguales que se hacen esclavos
unos de otros por amor y adoptan el servicio a los demás como su
norma de conducta válida para todo tiempo y lugar.
El señorío de Dios
que es el señorío de Jesús, se percibe como una fuerza interior
que mueve al discípulo a la imitación de maestro, haciéndose
servidor hasta la entrega total: "Pues
si yo, el Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes
deben lavarse los pies unos a otros"
(36).
4. Jesús es el
Siervo doliente
Mateo nos presenta a
Jesús curando en sábado a un hombre con la mano paralizada. Los
fariseos reaccionan y quieren eliminarle, Jesús se retira
prudentemente, pero muchos le siguen y él los cura a todos. Les
manda enérgicamente que no lo descubran. En este contexto cita el
evangelista el oráculo de Isaías sobre el siervo de Yahvé:
"He aquí a mi siervo a quien elegí"
(Mt. 12,18).
La imagen del
siervo, como testimonia el mismo evangelista, define el mesianismo
de Jesús y nos permite profundizar en el misterio de su vida y de
su muerte.
"Tampoco el hijo del
hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como
rescate por muchos" (Mc. 10,45).
Esta interpretación
de la vida y de la muerte de Cristo a la luz del canto del siervo
fue común en el cristianismo primitivo. Así, por ejemplo, el mismo
esquema de humillación-exaltación que habla Isaías 53, se repite
en el Capítulo 2 de la Carta a los Filipenses.
El siervo carga
sobre sus hombros el fardo de nuestra culpa para conquistar
nuestra libertad.
Esta imagen de
Jesús, como el siervo que da la vida, revela la fecundidad de
nuestro sacrificio cuando seguimos los pasos del sacrificio de
Jesús, es decir, cuando la entrega de nuestra vida se convierte en
expresión suprema del servicio a los demás.
El don de la propia
vida se repetirá una y otra vez hasta convertirse en actitud
permanente. El sacrificio del siervo doliente es el gesto supremo
que da sentido a nuestra donación. Nos estimula la fuerza de ese
amor que al entregarse rescata la dignidad humana, inicia la
reconciliación universal e introduce un principio de sanación en
las heridas de nuestro entramado social (37).
La Eucaristía como actualización del sacrificio del siervo
doliente es un constante reclamo a dar la vida por los demás,
conforme al dicho del Señor:
"hagan
esto en conmemoración mía".
En un extracto muy antiguo de la tradición de la Cena, se
interpreta la auto donación de Jesús en previsión de su muerte
como un servicio de amor. La misma tradición que ha llegado a
nosotros como la comunión con Cristo conserva esta clave de
interpretación. Si la muerte de Jesús es entendida como el
supremo servicio del que da la vida por los demás, nuestra
configuración con Él pasa por la entrega de la propia vida en
actitud de servicio.
II. La Iglesia, un pueblo de servidores
La Iglesia continua
hoy la misión de Jesús Siervo. Por eso, la Iglesia es servidora de
la humanidad. Ella descubre en el rostro de cada ser humano
especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y sus
dolores, el rostro de Cristo (Mt. 25,40), el hijo del hombre, y en
el rostro de Cristo reconocemos el rostro del Padre celestial.
Se trata de servir
al ser humano, en todas sus condiciones, debilidades y
necesidades.
Como sabemos el
Reino de Dios no hace acepción de personas e incluye en su
invitación a todos los seres humanos. Desde el Magnificad a las
Bienaventuranzas, desde las sentencias de Jesús en sus parábolas,
todas las enseñanzas del Evangelio revelan dos tipos de receptores
de la invitación al Reino de Dios: los que poseen y los
desposeídos.
A los que poseen se
les pide cambiar su estructura de valores y se les ofrece optar
por un modelo donde el mundo es al revés, porque en el se invierte
el sentido de las relaciones. Se les invita a entrar como iguales
en un esquema revolucionario en el que los primeros son los
últimos, los obreros cobran un mismo salario por trabajos
desiguales, los pequeños son reconocidos como privilegiados, los
marginados se sienten incluidos y los desposeídos gozan del
banquete destinado a los invitados importantes.
A los desposeídos,
se les proclama futuros poseedores del Reino y se le pide que se
conviertan a la esperanza. Dios está en el camino de su liberación
y les impulsa a reconocer la propia dignidad y a respetar la
dignidad ajena, los llama a compartir la misma mesa proclamando el
gozo de haber sido amados y los invita a un perdón repetido e
incondicional.
Podemos afirmar que
en un marco de inclusión en el que se llama a todos, es evidente
la preferencia por los pequeños, los pobres, los enfermos y los
que sufren y en general por todos los destituidos.
Esta opción
preferencial por el pobre, por el débil, por el último, atraviesa
toda la Biblia, hasta encontrar en Jesús su expresión más radical.
1. El servicio
como actuación del Reino de Dios
El anuncio del Reino
no es la mera proclamación de una doctrina, sino la invitación a
adoptar un modo de vida que conlleva, por lo mismo, unas
consecuencias prácticas. La actitud del servidor y la práctica de
servir que Jesús anuncia están íntimamente ligadas a esa
realización del Reino de Dios y son la expresión más significativa
de su aceptación.
Jesús se enfrenta al
anti-reino. En un mundo rural y despojado, donde impera la
opresión política, religiosa, familiar y social, donde los pobres
y los marginados llevan todas las de perder, los leprosos y otros
enfermos son excluidos de la convivencia, los pequeños son
abusados y las mujeres despreciadas, la predicación del Reino
proclama un cambio radical del modelo de relaciones y tiene los
efectos de una revolución que amenaza a los sistemas establecidos.
La conversión
radical consiste en adoptar libremente la actitud del esclavo, en
considerar a los demás como superiores, en aferrarse
paradójicamente a los últimos puestos y en optar por una vida de
servicio desde una actitud de amor.
El Reino ofrece su
expresión radical, cuando en el uso supremo de la libertad nos
hacemos servidores los unos de los otros, cuando afirmamos la
dignidad humana por la vocación de una entrega generosa a los
demás, cuando, paradójicamente, nos hacemos todos más iguales en
la medida en que reconocemos a los otros como superiores.
2.La enseñanza de
la Iglesia
El Concilio Vaticano
II en la Constitución Lumen Gentium, habla de "la
llamada universal a la santidad" para
todos los bautizados lo que es una invitación a expresar la propia
existencia en una dimensión de servicio radical que consiste en el
dar la vida por los demás.
Desde esta nueva
perspectiva las funciones cobran una fisonomía diferente. Cada
cristiano esta llamado a servir en la medida de sus dones y
capacidades y los distintos servicios en acto, cuando son
reconocidos por la comunidad, pueden convertirse en ministerios.
Ahora bien, el
servicio a los demás de cada bautizado, actuando según la medida
personal, es el camino normal de su entrega radical. Cada persona,
o cada grupo en el que las personas se reúnan para un mismo
servicio, enriquece a la comunidad desde aquella perspectiva que
le es peculiar y al hacerlo da sentido a su vida en el ejercicio
de la caridad.
Con todo hay que
afirmar que los distintos dones recibidos por los creyentes, ni en
sus formar personales ni en las comunidades, agotan las
posibilidades de servicio de la Iglesia. La Iglesia entera,
llamada a ser servidora por la acción del Espíritu, es ministerial
y debe permanecer en estado de servicio.
3. Movidos por el
amor
Las relaciones en la
Iglesia se fundan en la caridad, en el amor de un Dios trinitario
que se comunica a los seres humanos y en el amor entre seres
humanos que se inspira y se alimenta en el mismo amor de Dios. La
caridad es el florecimiento del amor de Dios en el corazón de cada
ser humano a favor de los seres humanos, sus hermanos y hermanas.
La realidad de ser
Iglesia de comunión requiere un redescubrimiento de la caridad en
el centro de la vida cristiana. Hay comunión cuando el amor de
Dios que se nos manifestó en Jesucristo, se activa en cada uno y
se comparte en la comunidad.
El amor de Dios «derramado en nuestros corazones» urge un proceso
de crecimiento interior hasta llevarnos a la medida de la plenitud
de Cristo. A lo largo de la vida la intensidad de nuestra relación
teologal crece en la medida en que aumenta nuestra entrega a los
demás y con ella crece la comunión de la Iglesia. Dar la vida los
unos por los otros en el servicio mutuo y dar la vida los unos con
los otros en el servicio al mundo, nos convierte en instrumentos
vivos del amor de Dios derramado en nuestros corazones.
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