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LOS MÁRTIRES DEL
COLL
Epílogo

Cuatro religiosos ―entre
otros muchos― cayeron abatidos
por las balas en aquella locura colectiva que fue la guerra civil
del año 1936. Con ellos, dos religiosas que velaban en la cabecera
de los enfermos y enseñaban a los niños las primeras letras.
También una señora capaz de morir por ceder un rincón de la casa a
unos clérigos acosados. La tragedia hermanó a los caídos con lazos
de sangre.
Los testigos que
convivieron con los protagonistas de esta historia, o les
conocieron de cerca, ofrecen un testimonio sin fisuras: se trataba
de personas sencillas, sin ambiciones y sin iniciativas de grandes
vuelos. En general cabe hablar de personas retraídas, tímidas y en
algún caso hasta de débil complexión.
Vivían en el
anonimato en un barrio obrero y periférico de Barcelona. Los
religiosos presbíteros se dedicaban a ministerios pastorales más
bien modestos: catequesis a los niños, celebración de
sacramentos... Los coadjutores realizaban tareas domésticas y
llevaban a cabo cuanto se les encomendaba. Seguían de cerca el
patrón del buen religioso de la época: disciplinado, recto en toda
situación, cumplidor de las Reglas.
Por su parte las
religiosas franciscanas trasnochaban para velar a los enfermos que
las solicitaban. O ponían todo su empeño en entretener, a la vez
que enseñar, a los pequeños que les confiaban los padres
trabajadores a lo largo del día. Y la Sra. Prudencia, mujer de
delicados sentimientos, atendió de mil amores a su esposo
tuberculoso, impartió catequesis en lugares necesitados e inventó
mil maneras de recoger fondos a favor de los más humildes.
Apenas si este
puñado de creyentes era conocido más allá del pequeño círculo en
que se desenvolvía. ¿Cómo podían provocar reacciones enconadas,
repletas de odio y venganza? ¿En qué manantiales bebieron sus
asesinos para acumular tanta saña contra personas tan
ostensiblemente inocuas?
Sólo se comprende
el asesinato si los verdugos apuntaban a una causa, una idea y
una fe que se hallaba más allá de los nombres y apellidos de los
ajusticiados. Los MM.SS.CC., las Hnas. Franciscanas y la Señora
Prudencia eran meros símbolos. Sin embargo, los milicianos no
dispararon contra símbolos ni ideas, sino contra seres de carne y
hueso, débiles e indefensos. No destrozaron una abstracción, sino
el corazón y el cerebro de unas personas que nada tenían que
reprocharse. Si querían acabar con individuos favorables a la
injusticia y el despotismo, se equivocaron a todas luces. No eran
ellos los genuinos representantes de este sector.
Los mártires del
barrio de El Coll conforman un hermoso legado patrimonial para
quienes formamos parte de sus institutos y sabemos de su historia.
Este grupo hermanado por las balas y la sangre habla con
elocuencia acerca de lo que importa en la vida, de los objetivos
últimos. Unos eran religiosos presbíteros, otros religiosos
coadjutores. Dos de los componentes habían profesado como
religiosas Franciscanas. Había una laica. Siguieron diversos
caminos, tuvieron diferentes tareas, desempeñaron roles disímiles.
Presbíteros o no,
laicos o clérigos, varones o mujeres, todos mostraron el mismo
empeño en ser fieles a su conciencia y dar la mano al prójimo. Al
final no rehuyeron entregar la vida por el Amado y enterrarse como
grano de trigo en el surco.
Personas como las
que nos ocupan dan credibilidad a la Iglesia. Los mártires son
necesarios ―como "era necesario
que muriera el Hijo del Hombre"―
para demostrar que la evangelización, la lucha y el compromiso de
la Iglesia no permanece al nivel de las meras palabras. Hay
momentos en la vida que de nada sirven las caretas. Todo se juega
a una carta. Los hechos son entonces enormemente aleccionadores.
Admitamos que el
lastre de la Iglesia ―siempre
santa y pecadora― enturbiara la
situación y que los victimarios alegaran pretextos para llevar
adelante sus impulsos incendiarios y para disparar los gatillos de
sus fusiles. Lo cierto es que la voluntad de dar la vida por una
causa constituye un argumento inapelable de la propia sinceridad y
de la más estricta coherencia. Y, si la causa del martirio es
Jesús de Nazaret, entonces los creyentes permanecemos orantes en
silencio. Admiramos a los fusilados y damos gracias a Dios.
Las páginas del
libro, bien que mal, cuentan estos hechos. Son la crónica de una
tragedia que desbordó en orgía de sangre. Desgranan la sencillez y
el anonimato de los protagonistas. De personas totalmente ajenas a
planteamientos políticos o estrategias militares, que se
encontraron atrapadas en unas coordenadas de espacio y tiempo. No
rehuyeron decir que sí. Amaron con el mayor amor posible.
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