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LOS MÁRTIRES DEL
COLL
Pasión y muerte

El conflicto
estalló y Barcelona resultó el escenario más encarnizado de la
lucha. El P. Francisco Reynés, al frente de la Casa del Coll,
temió por su vida y la de los suyos. Decidió que urgía salir
cuanto antes de la Casa-santuario.
Él se trasladó a
una casa del centro de la ciudad. Los PP. Simón Reynés y Miguel
Pons, junto con el Hno. Mayol, transcurrieron largas horas en el
huerto de una tienda cercana llamada El Pagès. Por su
parte, el Hno. Pablo Noguera se había refugiado en la Torre
Blanca, donde le esperaban mayores angustias y brutales
torturas.
El martes 21
aparece en la crónica martirial que nos ocupa una señora
solidaria, generosa, valiente y desinteresada: Doña Prudencia
Cañellas. Sabiendo muy bien lo que significaba albergar a los
sacerdotes en su casa, les ofreció su residencia, Torre Alzina.
Creyó la señora que, al estar situada a mayor distancia del templo
que la tienda donde estaban, ello garantizaría mejor la seguridad
de los religiosos.
En su nuevo
refugio continuaron su ministerio sacerdotal en circunstancias
especialmente graves. A lo largo de estas angustiosas horas
recurrieron frecuentemente a la oración. Y en la última
celebración eucarística del jueves quisieron sumir todas las
hostias pues equivocadamente creían próxima la partida hacia
Mallorca.
Sin mayores
reservas paseaban por el jardín, no obstante el peligro de ser
observados y denunciados. Les exhortaron a ser más cautos, pero
respondieron que, si se presentaban los milicianos para llevarlos
consigo, ni huirían, ni se defenderían.
Llegamos de este
modo al fatídico jueves, día 23. No tardó en llegar un camión
repleto de milicianos en busca de los religiosos. Primero
registraron otra residencia contigua, Torre Vila. Los
milicianos transpiraban miedo por los poros y, temiendo encontrar
resistencia, disparaban a mansalva. Obligaron a los que cuidaban
del lugar a salir fuera. Incluso a uno de sus hijos que padecía
vómitos de sangre y llegó a pedir que lo mataran con tal de acabar
con sus dolencias y con los maltratos de que era objeto.
Descubiertos y
fusilados
Los milicianos
hicieron un cuidadoso registro de la vivienda tratando de
encontrar a los religiosos. Revisaron todas las salas y
destruyeron cuanto pudiera relacionarse con la fe, aunque no
robaron nada. En vista del fracaso, pasaron a la Torre Alzina
para llevar a cabo sus propósitos sanguinarios.
Los paramilitares
acordonaron el edificio. Tocaron a la puerta. La Sra. Cañellas
quiso abrir ella personalmente. Un grupo de afiliados a la C.N.T.
le preguntó si alojaba a tres sacerdotes. Respondió que sí, a lo
cual la conminaron a que bajasen inmediatamente.
Los tres
religiosos no vacilaron tratando de salvaguardar a la Sra.
Cañellas. Se puso a la cabeza el P. Simón Reynés, le siguió el P.
Miguel Pons y el Hno. Mayol. Luego también bajaron ambas señoras.
Atravesaron un pequeño comedor y al llegar a un portal que daba al
jardín, donde se encontraban los hombres de la C.N.T., fueron
abundantemente tiroteados.
El P. Simón cayó
en una esquina del jardín, de pronunciada pendiente. Los tiradores
se ensañaron con él. Le desfiguraron totalmente el rostro. De ahí
que posteriormente no le fotografiaran en el Policlínico como sí
hicieron con sus dos compañeros y con tantos otros religiosos
muertos en circunstancias semejantes. El P. Pons cayó asesinado
sobre el mismo portal que daba al jardín. Por su parte, el Hno.
Mayol recibió unos disparos en el estómago y se desplomó entre la
cocina y el comedor.
Las dos señoras, horrorizadas, pudieron
bajar hasta el jardín. Los milicianos les instaron, bajo amenaza
de muerte, a guardar silencio sobre lo ocurrido.
Todavía retumbaban las amenazas de los
hombres armados en sus oídos cuando subieron a la primera planta y
se abrazaron. Lentamente recobraron la serenidad. Bajaron de nuevo
para observar el macabro espectáculo de los hombres fusilados.
Percibieron signos de vida en el Hno. Mayol.
Otra vez se
presentaron los milicianos. Prendieron inmediatamente a la señora
Cañellas pretextando que debía ser interrogada. Observando que el
Hno. Mayol todavía agonizaba, le remataron asestándole unos tiros
en la cabeza. Bajo amenazas de muerte, y con el revólver en el
pecho, la Sra. Roca tuvo que acompañar a los milicianos a cada una
de las dependencias de la casa. Las registraron y destruyeron con
saña cuanto se relacionara con la religión. Todo esto sucedía
hacia las siete de la tarde. Cerca ya de las once llegó una
ambulancia que recogió los cadáveres y los trasladó al
Policlínico.
Simultáneamente a
la tragedia que vivieron los Misioneros de los SS.CC. y quienes
les acogieron heroicamente, otras escenas se desarrollaban en la
ciudad convulsionada. El Hno. Pablo Noguera se había refugiado en
la Torre Blanca. Su camino hacia el martirio sería más
penoso. Lo acompañarían hacia el mismo diversas religiosas y la
Sra. Prudencia Cañellas, la valiente mujer que había acogido a sus
hermanos de Congregación.
A las Hnas.
Franciscanas, anteriormente aludidas, una vez apresadas, las
llevaron al Comité de la F.A.I. Fueron atormentadas y ultrajadas,
según contó luego un sacerdote, joven estudiante en la época. Lo
supo por los comentarios atendibles y repetidos que recogió en la
barriada, donde vivía por entonces. Las Hnas. de la Compañía de
Sta. Teresa de Jesús acabaron también en este lugar, tras ser
apresadas a media mañana del día 23 mientras caminaban por
Vallcarca. Las cuatro religiosas y el Hno. Pablo Noguera se
encontraron, pues, reunidos en el mismo edificio en las últimas
horas de sus vidas.
El Hno. Pablo
estaba sumido en un intenso silencio. Las religiosas lo creyeron
jesuita, al menos en un primer momento. Tenía las manos atadas a
la espalda, su aspecto era muy joven, estuvo siempre con los ojos
bajos y no dijo ni una palabra. Impactó a las Hnas. una tal
actitud, contó luego Sor Joaquina Miguel.
El grupo de las
cuatro religiosas y el Hno. Pablo tuvo que sufrir la rabia, el
desprecio y el sadismo de los milicianos que los habían apresado.
Al iniciarse la tarde del 23 de julio, los colocaron en el patio,
en fila, diciéndoles que los iban a fusilar, mientras enarbolaban
las armas. Las burlas y maltratos eran todavía más pesados para
con el joven Pablo. Lo amenazaban con echarle por un barranco. El
simulacro de ejecución se repitió a lo largo de varias horas. Las
ametralladoras apuntaban a la cabeza, al pecho, al estómago.
Luego, en una
habitación que hizo las veces de cárcel, colocaron juntas a las
religiosas, y al Hno. Pablo un tanto distanciado. Las municiones
que allá guardaban las lanzaban, de vez en cuando, a puñados,
sobre la cara de los cinco cautivos. Seguían amenazando con
disparar las ametralladoras y con golpes mortales en la cabeza.
Todo ello en unas escenas que ilustran la poca dignidad mostrada
por los guardianes de tan indefensos e inocuos presos. ¿Rezáis,
eh? Pues como sigáis haciéndolo os meteremos la bayoneta
por la boca. Ya estáis enteradas.
Al parecer
llegaban órdenes contradictorias, una de ellas de que no había que
fusilar al grupo. Se suspendió el simulacro y, por un momento,
cristalizó un hálito de esperanza. En un momento dado separaron a
los presos y los llevaron a diversas casas cercanas. Al Hno. Pablo
lo condujeron al Casal Català, bien custodiado.
Ametrallados en
la oscuridad
Al anochecer un
camión fue recogiendo al grupo anteriormente dispersado. Se
reencontraron las dos Hnas. franciscanas, las religiosas de la
Compañía de Sta. Teresa y el Hno. Pablo Noguera. Se agregó
una nueva víctima: la Sra. Prudencia Cañellas, la viuda que había
alojado a los Misioneros asesinados en su propia casa. El camión
partió raudo, atravesando calles y zonas despobladas. Los
milicianos paraban de vez en cuando y charlaban. Luego
reemprendían la marcha. Lo cual angustiaba al máximo a los
prisioneros.
El vehículo llegó
a un descampado. Situaron al grupo en un recodo de la carretera
que conduce al Tibidabo, llamado la Rebassada. Un entrante
de la montaña hace las veces de paredón. Lugar propicio para
aquellos asesinatos que requerían del silencio y las sombras.
Primero fue
obligado a descender del camión el Hno. Pablo. Luego los demás. A
las Hnas. Mercedes y Joaquina, de la Compañía de Sta. Teresa,
junto con Sor Catalina, franciscana, las situaron en la cuneta que
daba a la montaña. A Sor Micaela, también franciscana, a la Sra.
Cañellas y al Hno. Pablo los pusieron igualmente en fila, y de
espaldas a la carretera, pero en la otra cuneta. El pelotón de
fusilamiento, cinco o seis hombres situados en medio, ametrallaron
a los religiosos.
La Hna. Joaquina,
que no había sido herida de muerte, al desplomarse tras la primera
descarga fingiéndose muerta, atendió a su compañera. Tampoco Sor
Catalina recibió impactos mortales del tiroteo. Aun cuando alguien
acudió de nuevo al lugar con el propósito de rematar a las
víctimas y darles el tiro de gracia, el hecho es que las Hnas.
Joaquina y Catalina lograron abandonar el lugar con mucho esfuerzo
y sufrimiento.
Sor Catalina fue a
casa de una conocida a la que había atendido como enfermera. Pero,
por las presiones de su marido y su hijo, ésta no le permitió la
entrada, pues arriesgaba su vida y la de los suyos. Sí le ofreció
algo de beber. La curó, le vendó las heridas y le proporcionó una
silla en el jardín, donde pasó el resto de la noche. La Hna.
comunicó la noticia de los fusilamientos y le dio a la señora una
medalla que había recogido del pecho de Dña. Prudencia con el fin
de hacerla llegar a su hermano. Luego la Señora contactó con un
pariente miliciano que trabajaba en el Comité para que llevara a
Sor Catalina al Hospital Clínico para curarla. De hecho la
llevaron a la muerte.
Sor Joaquina se
refugió en una casa de campesinos (masia) y luego pasó a
Portugal gracias a las gestiones del cónsul de este país. Conservó
en su cuerpo las múltiples cicatrices que le infligieron. Gracias
a ella sabemos muchos de estos detalles.
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