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En
esta mañana me gustaría aportar algo que pudiéramos seguir
comentando, puesto que toca las raíces de la santidad, que
debería ser la causa de nuestra vida. De alguna manera la
causa de los santos debería ocupar toda nuestra vida.
Me
gustaría precisar que el título que nos han propuesto como
orientación de nuestras reflexiones y de nuestro compartir
es muy pertinente. La provocación ha de salir de la vida
santa. Esto nos alejará de otras provocaciones posibles.
Pueden darse casos en los cuales algún católico pueda
sentirse provocado por determinadas realidades ambientales
que considera anticristianas. Esta provocación no tiene qué
ver con la que ahora queremos ir despertando.
Tampoco sería cristiana la incitación dirigida a grupos que
se posicionan claramente contra determinadas formas de ver y
de pensar de los cristianos. En otras religiones estas
posturas provocadoras se dan, pero un cristiano no las
podría justificar nunca, en nombre de quien se entregó
libremente, cuando le buscaron. Jesús no fue al sanedrín ni
al palacio de Herodes ni de Pilatos. Y bien sabía dónde
estaban y qué se fraguaba allí. La iglesia primitiva se
opuso firmemente a la provocación de la muerte en nombre de
Cristo.
No
sólo esto, provocar una agresión es moralmente un pecado
grave. Provocar una muerte es más horrible aún. Hasta ha
llegado a la Liturgia de las Horas un texto maravilloso de
San Ireneo, ciertamente mártir, que resalta cómo Dios es
glorificado por la vida de la persona humana.
Entenderemos mejor esta actitud si somos profundamente
creyentes, y si vamos más allá de la defensa de unas
doctrinas o de un modo de entender el cristianismo, reducido
a una forma de organizar la sociedad con leyes
confesionales. La causa de Cristo es más seria y profunda.
Por esto no podemos elegir ser mártires o no. El martirio es
un don de Dios. El martirio es la maduración de una vida de
amor, y no de un entusiasmo desaforado. Es un testimonio que
da el mártir, no un alegato que impone. Es una gracia, no un
fruto de una presunción de la propia fe y de las propias
fuerzas. Jesús recordó que
en
la
prueba será el Espíritu que hablará por nosotros, no
nosotros que crearemos nuestro propio discurso.
El
martirio se vive en un clima de adoración, no de presunción.
Surge en un ambiente de gracia y no como manifestación de la
libre expresión.
Provocar, por tanto, en nuestro caso se entiende en términos
de atracción, invitación, incitación, y no de exaltación
airada de los sentimientos.
Como
la santidad cristiana no la hemos inventado nosotros,
conviene que sepamos de dónde viene, para que conozcamos su
estilo posible en vistas a la provocación.
1. La santidad
como
don
Quisiera entrar en algo que ya se dijo anteriormente: ¿Es
posible provocar desde la santidad? ¿Sirve de algo provocar?
Para
responder a estos interrogantes, considero que deberíamos
empezar por plantearnos algo básico: la santidad tiene una
raíz antropológica en la Creación de Dios. Si la santidad no
pudiera brotar desde la misma constitución humana tendríamos
que preguntar ¿Quién debe ser santo? Y ¿Quién debe provocar
la santidad? Hasta deberíamos preguntarnos qué sentido
tuvieron las reflexiones de Pedro en casa del centurión
Cornelio, cuando el Espíritu le mostró que Dios no hace
acepción de personas, por lo cual le es agradable todo el
que vive según su conciencia (Hch 10,34-35). Es una
experiencia apostólica recogida por la constitución
Lumen
Gentium
del
concilio Vaticano II, que da a la salvación
―es
decir a la santidad―
un alcance que llega a toda la humanidad.1
De aquí que la llamada universal a la santidad, recordada
por el mismo concilio, no es un voluntarismo ni la
pretensión de unos ilusos, sino que radica en el mismo
proyecto de Dios.
El
Creador hizo las cosas bien. Hasta el Génesis lo resalta,
como si Dios se autoexaminara ante su obra. El varón y la
mujer son la mejor obra de Dios. También desde el aspecto
sexuado. La santidad es su destino. De aquí que nuestra
reflexión alcanza una dimensión ecuménica, que afecta a la
convivencia dentro de la iglesia. Este aspecto es
nuevo entre
nosotros; pero no podemos desaprovechar unas nuevas
posibilidades, aunque nosotros a veces prefiramos que el
desarrollo social camine por otras sendas. Nuestras
parroquias pueden hacer un proyecto actualizado de pastoral,
a partir de la colaboración con otras iglesias, y hasta con
otras religiones en vistas a promover, a mostrar una
santidad provocadora. La bondad sembrada por el Padre puede
hermanarnos más que no las peleas, rencillas y complejos.
Pablo mismo repite que la plenitud está en el Cristo, y en
Rm 8, nos advierte que en toda la creación repercute esta
plenitud.
La santidad
transciende el mismo cristianismo, puesto que el Creador
sembró bien y no mal. Volvamos a la comprobación de Pedro.
2. El
poder de la Iglesia es el poder de su santidad
Entonces, la
Iglesia emerge en medio de este espacio que posibilita la
santidad con una oferta sacramental, significativa y con
claros trazos comunitarios.
En este
contexto, la santidad eclesialmente reconocida es siempre
una llamada, que podemos entender como provocación, si
usamos el lenguaje con el que se expresa la convocatoria de
esta Mesa Redonda.
El
testimonio de Pedro es una confirmación de que toda persona
está abierta a la santidad. Por esto, la Iglesia llamando a
la santidad, no se dirige al vacío, sino que tiene la
seguridad de que Dios suscitará respuestas a su testimonio
de palabra y de vida. Si hablamos de una provocación a la
santidad, sabemos que toda persona tiene la capacidad de ser
provocada a la santidad.
Nos provoca
el Santo, y su manifestación corporal, que es su Cristo,
porque podemos ser atraídos por él.2
De aquí
surge una confianza eclesial en la obra de Dios. Pedro
vuelve a ser el testimonio: "Ahora veo...". La santidad es
don, no tanto logro humano. Evidentemente, el don si no se
recibe no fructifica. Pero, en medio del pragmatismo de
nuestros días, es decir, también nuestro, es más importante
descubrir a Dios como provocador de la santidad, que no
nosotros mismos. Pobres de nosotros, si fuéramos los
principales actores. No somos pantallas interpuestas entre
Dios y la humanidad.
Y por ahí va
la historia de Jesús. Los Evangelios presentan su nacimiento
como una atracción: id al pesebre; corrieron, etc. Son
expresiones que orientan por dónde se mueve la santidad del
Santo.
La autoridad
de Jesús, tantas veces reconocida por la gente y los
discípulos, no venía del templo, ni de la escuela, ni de una
secta, sino de su riqueza interior. No en vano Lucas le
presenta como lleno del Espíritu que le empuja al desierto y
luego entra en la sinagoga, y anuncia que el profeta
encuentra el cumplimiento en Él.
La fuerza
atractiva de Jesús, su provocación, se encuentra en cada
llamada al discipulado. Su palabra y sus obras causan
admiración en las multitudes. La secuencia de palabras y
hechos de Jesús que presenta el evangelista Mateo acaban con
expresiones de admiración que salían de multitudes que no
eran cristianas.
De aquí que,
como ya lo advirtió en tiempos modernos el cardenal J.
Newman, la santidad es la característica más poderosa de la
Iglesia.3
Si nos
preguntamos por qué razones la sociedad del Imperio Romano
fue ingresando en una religión perseguida, la respuesta será
ésta: la Iglesia presentaba a Cristo, como respuesta nueva
al mundo. La Iglesia, en tres siglos, desde la
insignificancia llegó a implantarse, en unas circunstancias
hostiles, que hasta a veces condujeron a la sangre. Su poder
estaba en la novedad de Cristo. Su humildad, es decir, su
humanidad, su cercanía.
3. La santidad como carisma para el mundo de hoy
La santidad
es un bien frágil. Frágil porque depende de una acogida
libre. Su productividad no puede ser cuantificada. Su
atracción no es compatible con una mentalidad inmediatista.
La santidad no es un logro de un día.
Pero este
bien es para nuestra humanidad. Dios sigue amándola, no
solamente porque no hay otra, sino porque es su obra. Y Dios
quiere consumar lo que empezó.
La santidad
hoy será frágil, porque puede expresarse en formas
inteligibles, pero que dejan libre a la persona.
Posiblemente hoy tengamos que vivir más según el modelo de
Lc 5,36, que invita a "ser misericordiosos, como el Padre es
misericordioso", que es el equivalente de Mt 5,48, "sed
perfectos, como el Padre es perfecto". La correspondencia es
clara, y hasta el mismo Mt 5,45, nos recuerda cómo el Padre
hace salir el sol sobre justos y pecadores.
El mensaje
de la misericordia, en una sociedad crispada puede ser una
alternativa que pueda ofrecer la Iglesia. Ahora bien,
trabajar a partir de la misericordia nos parece poco
productivo. Además, preferimos pasar por cualquier ignominia
menos por la de parecer tontos. Pero quizá en esto deberemos
romper como la valoración social de muchas actitudes y de
muchas capacidades. La capacidad de ser misericordiosos como
el Padre puede ser una provocación máxima.
En el ritmo
litúrgico de estas semanas, nos encontramos con una oración
sorprendente, en el domingo 26 del tiempo ordinario. En ella
reconocemos que la gran demostración del poder de Dios es su
misericordia. Esto no lo podemos decir de nadie más. Es un
camino histórico que nadie más quiere recorrer. Ir de
misericordioso en un mundo tan competitivo no tiene
rentabilidad alguna. Es la productividad de la vida según el
Espíritu. Espíritu que es aliento, que es viento, que es
impulso. Pero frágil.
En una época
histórica en la que van desapareciendo los soportes
políticos y sociales para la Iglesia, nuestra alternativa no
proviene de los poderes de este mundo. La alternativa
cristiana siempre emana del Evangelio. A veces uno tiene la
sensación de que vamos disminuyendo en número y poder.
Pasamos por pruebas de relegación social. Hasta hay quienes
apuntan a que la Iglesia pasa por una prueba de persecución.
En esta situación la provocación a la santidad pasa por la
misericordia, y también por un cierto toque de realismo.
Hablar de persecución, cuando nos hemos reunido cien
personas sin ningún obstáculo ni control, sería hiperbólico.
Si la Iglesia en todas sus manifestaciones puede organizarse
libremente, disfrutar de medios
de
evangelización que van desde la sala, el librito, el
audiovisual, la televisión, y además ciertas actividades
reciben dineros públicos, será difícil que hallemos un
diccionario que nos asegure que esto entra en una
persecución. Bien otra fue la situación de los que
padecieron, y hoy vamos viendo que son reconocidos como
mártires, no porque gritaron y provocaron, sino porque
murieron misericordiosamente, perdonando.
En
este sentido, nuestras causas de canonización pueden ofrecer
un testimonio inapreciable a nuestra sociedad. En estas
personas fieles a Jesucristo hasta el extremo, sea por la
fidelidad cotidiana, sea por el martirio, brilla la bondad,
la solidaridad, la fraternidad. Por esto, en la publicidad
que hacemos de su virtud, podemos destacar el valor de sus
vidas como modelos de santidad, de una santidad que sirve
también para que seamos personas de nuestro mundo, que
amamos nuestro mundo, como obra de Dios y como casa de la
humanidad.
Para
acelerar procesos, podemos caer en la tentación de cultivar
en exclusiva el valor intercesor de los siervos de Dios. Es
un escollo que hemos de evitar. Es bien cierto que en
determinados momentos de las causas de canonización aquello
que se pide, es un milagro. Entonces podemos caer en una
propaganda de baja calidad espiritual, favoreciendo el
curacionismo, la propensión a buscar gracias de una forma un
poco automática, como si dictáramos a Dios lo que ha de
hacer, etc.
Pero
si somos personas con espíritu evangélico, con capacidad de
discernir los signos de los tiempos, apostaremos por un
servicio de la santidad a más largo plazo. No nos
deslumbraremos con nuestra causa, sino con la causa de
Cristo. Entonces, retornaremos al modelo de la santidad
misericordiosa. En él está la alternativa provocadora de la
Iglesia. Es decir, la alternativa de nuestra santidad, de la
de los otros. Es una provocación muy frágil; pero es la
única posible y querida por Dios.
En nuestro
mundo secularizado el testimonio misericordioso conserva
todo su vigor y es perfectamente inteligible. Otros modelos
de santidad reconocidos por la Iglesia pueden ser hoy menos
perceptibles o hasta resulten extraños. Cada época tiene sus
valores y sus antivalores. Pero la misericordia permanece.
(Pp. 301-309)
1 Me permito remitirme a algo que escribí en
AMENGUAL I BATLE, J.,
L'Església com a Poble de Déu. Notes d'Eclesiologia, (Lucus
5),
Mallorca
1993, pp. 177-179.
2
AMENGUAL I BATLE,
J.,
La
atracción del Padre y la fe en Cristo,
Ed.
Mensajero, Bilbao 1973 y en "Una iglesia reunida por la
pastoral de la atracción", en ORTEGA, J. L. (ed.)
Y la Iglesia también. Elogio de la BAC
a la Iglesia en tiempos de inclemencia,
BAC 2000. 37 Madrid 2002, pp. 37-38.
3
Ibid., pp. 242-267;
NEWMAN, J. H.,
The Via Media, II, ed.
MOZLEY, A.,
Letters and Correspondence of John
Henry Newman During his Life in English Church,
London 1903, p. 422;
LATOURELLE, R.,
Cristo y la Iglesia signos de
Salvación, Salamanca 1971,
pp. 25-27, 329-369.
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